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Un arbitraje
sabio, es mucho más eficaz, que un sacrificio de seres humanos, para conseguir
un objetivo que se cree justo.
En la
democracia, creímos haber elegido la persona más idónea para gobernar, por el
número de sus votantes, que lo eligieron.

Hoy meditando sobre la
gran confusión reinante en todo el orbe de nuestro planeta, me hizo reflexionar,
si todo ello se debiera a la falta de talento de aquellos que rigen nuestros
destinos. A continuación, pensé, de qué y quienes se valen estos, para llegar a
conseguir, tales cargos y qué meritos aportaron para ocuparlos. No quepa duda,
que suelen ser los más vivos e inteligentes de la sociedad, y la mayoría de las
veces, los más ansiosos de poder y no por ello los más virtuosos. Como tal
conclusión no llegó a satisfacer mi mente, he reparado, en el hombre sabio, como
el mortal garante de la historia, capaz de realizar estos trabajos con más tacto
y prudencia. Pues cuando han regido o reinado, un pueblo, éstos han demostrado
ser los más idóneos para este cometido. Por lo que, me gustaría dar mi opinión
particular, sobre lo que pienso sobre ello y que significa para mi la palabra
sabio.
Pero, antes, de llegar
a ello, sería necesario, que estuviésemos de acuerdo en no confundir la
palabra sabio, con la de intelectual. En el primero, la palabra sabio tiene
un significado más amplio y diferente que en la del segundo: más aún, para mi
forma de ver, aquél, aprecia con nitidez y clara luz, lo que este otro, con su
intelecto quizás no llegue a obtener, dedicado exclusivamente al cultivo de las
ciencias y las letras, en este caso su entendimiento, es todo un gran provisión
de información equivalente a conocer y estar bien informado en materias
especificas. ¿Pero hasta qué punto las desarrolla con eficacia y lucidez?
El sabio, sin embargo, suele
ser persona prudente controlador de sus acciones y determinaciones, atento con
quien departe, porque, escucha con reserva y en silencio, a la vez, observador,
de palabras y gestos de sus interlocutores, a los que descubre con facilidad y
llegada la hora de emitir un juicio, para no incurrir en error, procurará no
obrar precipitadamente; y si abstenerse tuviese, porque, le asiste en ese
momento, la razón de guardar silencio, se mantendrá sigiloso en espera de
reunir más información y datos para cuando haya de emitir un juicio.
Procurará estar aconsejado
o asistido por intelectuales capacitados en la materia que maneje, para
que le cercioren, asistan, aconsejen, sin dejarse llevar por las presiones o
impulsos de estos últimos. Aún así, siempre le quedará la duda, como ya he
dicho. Procurando en todo momento, ser cauto con sus decisiones y respuestas.
Encontrar al hombre sabio
y virtuoso, como a una persona honesta en pensamientos, entre
nosotros, es dificultoso, suelen tener sus parcelas cercanas el uno al otro, por
lo que, a menudo se les confundirán, ya que, para llegar al terreno del
primero, habrá tenido que haber pisado antes, la del virtuoso.
La sabiduría, es la luz, que
conduce a las personas, por el sendero recto y les lleva a conocer con más
claridad y bondad todo aquello que no alcanzamos a entender los demás. La virtud
principal del sabio, está en “saber que no sabe nada”. Éste es el perfil,
que se nos ofrece de este personaje, tan sencillo como honesto y a veces
puro, que le hace a uno tener, un buen concepto de estos pensadores tan
llenos de ciencia infusa, sobre la realidad y verdad de las cosas. Un
conocimiento y percepción más exacto de de todo, será el medio que nos ayudará
a alcanzar la sabiduría y poder, para así, llegar a ser
seres más perfectos.
Lejos del mundanal bullicio de
las ciudades, en cotas altas, allí, se erigirá, el hombre sabio. Y por el
hecho de reconocer en todo momento, lo poco que sabe, ya que se lo exige su
humilde condición, dudará de sus mismas conjeturas, por lo que nunca conocerá,
hasta donde alcanzan sus conocimientos. Por ende, permanecerá prudente y
discreto en palabras, pero, con una visión más clara y real de la vida y del
futuro, que la de cualquier otro humano que se crea iluminado o que lo domina
todo.
Escaso está el mundo de estos
seres, difíciles de hallar, por los pocos que existen y siempre aislados del
ruido que producen los soberbios, ambiciosos y ansiosos de poder. El sabio,
pertenece a una clase privilegiada, obra con humanidad y el germen del saber
siempre está patente en él, instruyendo a todo aquél que se lo solicite y
considere que lo merece e ilustrando al ignorante. Alimentado, de la fuente
del saber, él, por anticipado, reconoce que nunca llegará a saciar su sed de
aprender y sin embargo, en (la) busca de ello, seguirá insistiendo.
La sabiduría, ese más alto
conocimiento que se puede poseer, es lo más valorado en el hombre. Sus
conclusiones, siempre basadas en razonamientos reales de peso son capaces de
convencer a los que les siguen (escuchan). Elocuente por naturaleza y pródigo
en la enseñanza, expone con lógica y arte de cuanto sabe. Mientras su verbo no
deje de razonar y sus criterios sean expuestos con claridad, por encima de
todo miedo o amenaza reinante, será una fuente de saber, para aquellos
que le sigan.
En cada época de la historia
de la filosofía son presentados estos eminentes personajes de forma distinta, en
concordancia a sus medios y valores de la época en la que vivieron y fijaron su
atención. Citas, proverbios y máximas nos van quedando a través de los
tiempos de todos ellos. Sabios clásicos, de Grecia y de Sión, de los cuales,
solo me detendré en uno de ellos del siglo 550 A.C. al que llamaran, Tales de
Mileto, por ser el primero, que intento dar una explicación física del
universo. Y aquí concluyo, con el deseo de que algún día el mundo, sea regido
por esta clase de personas a cambio de esos otros, que llevando están al mundo a
la perdición y al caos, por esa falta de virtudes, personas deshonestas y
corruptas, salidas de un mundo materialista, cuyo principal objetivo es el
bienestar, aunque sea a costa de vidas humanas y otras practicas escabrosas que
ya conocemos.
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