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 LAS CARTAS DE DON MANUEL

¡Qué tiempos aquellos!

 MANUEL RUBIO

 

 

“Cuando más cuidadosamente observamos, percibimos con mayor claridad; pensamos más rectamente; recordamos con mayor fidelidad; es más viva nuestra imaginación y más sanos nuestros juicios” (Maudsley)

 

Dedico este comentario a mis antiguos colegas y amigos de trabajo, que aún vivan y hayan sabido traspasar con optimismo la madurez.

 

FOTO: MANUEL RUBIO

Que nadie se alarme ni acongoje, pues de sobra sabido es, por todos,  lo que significa longevidad y lo que a uno le trae consigo y más cuando  la vida anterior, ha sido magnánima con uno, y ahora de propina nos alarga  los años de existencia, para que sigamos en la tierra.

 

Época, esta otra, en la que, el aspecto y  piel de las personas, serán, las que muestren este cambio, que ejerce el paso del tiempo sobre ellas. Cuando no, acompañada de ciertas enfermedades, anomalías y otras deficiencias. La mujer, sobre todo,  mostrará otros signos más característicos propios de ella, como son los  padecimientos de diabetes, dolores de cabeza, migrañas, hipertensión y ansiedad, a veces, todos ellos tan fuertes, que las lleva a un estado de desesperación e intento de  suicidio- Por lo que creo, no sea el miedo exactamente, lo que les induce a pensar de tal forma, sino el sufrimiento creciente que amordaza  su cuerpo.

 

El envejecimiento, es algo que no puede detenerse por completo, por ser muchos los mecanismos empleados en este proceso de desgaste de la maquinaria del cuerpo, como son la reducción de proliferación de toda clase de células del cuerpo y alteraciones de metabolismo y secreción de ciertas anti hormonas y otras alteraciones en los órganos.

 

Preocuparse de la vejez, es un triste y emotivo acto de reflexión, que a todo ser viviente provisto de juicio, le produce preocupación cuando recapacita sobre ello y se autoanaliza comparando su salud y dinámica de ahora con las de otros tiempos pasados y advierte diferencias sustanciales. Y más, cuando ha tenido antes, una vida plena y saludable.

 

Comediógrafos y novelistas, han sabido llevar este drama al publico, con cierta sátira burlesca,  aunque ya el mismo público, antes, para defenderse de ese profunda aprensión que produce este cambio, ha deseado darle un nuevo giro  tratándolo  con  bravuconería, para disimular  de tal forma, el miedo que siente por envejecer.

 

Menda, la he respetado siempre, y ahora más, que en cierto modo, me veo dentro de ella, percibiéndola, tal es, y observando a la vez,  el impacto que produce en otras personas, que les aterra enfrentarse a ella.

 

Mientras todo ello, no repercuta en la condición física y anímica de la persona que sufre este desgarre, propio  de la naturaleza, considero a la vejez, como un intruso que desea fastidiar nuestros últimos días. No hay edad exacta, para fijarla. Cuando una persona ya ha entrado en esta etapa de declive  biológico, lo marca su aspecto físico y emocional. Los hay, quienes la fijan en 50 años, otros, antes o bien después, pero yo diría,  cuando el individuo,  empieza a declinar, sea la edad que sea, y su aparato locomotor ya no le responde. Falta de alegría, esperanza y perdido quizás haya, todo proyecto de futuro. Llegado este invierno lúgubre para el  hombre, triste, largo o corto, según se catalogue su duración, hay que tener en cuenta, que ya no dará paso a otras estaciones más benignas. A partir de aquí,  tendrá que adaptarse y conformarse con lo que este destino fatídico, le quiera reservar.

 

Más dura será la vejez, algo he comentado, cuando, antes, se ha disfrutado de una vida plena de hermosura, salud, y bienestar físico y se le ha dado al cuerpo, un excesivo culto, porque, una vez entrado en esta a fase de la vida, la vejez, nos mostrará, lo vanamente que nos hemos comportado, perdiendo el tiempo, por haberle dado demasiado culto a la diosa de la belleza.

 

La vida, es el tesoro más preciado, por supuesto que tenemos, al cual nos agarramos, con fuerza, hasta que se esfuma, en este caso, de  forma lenta.    

 

Alguna que otra vez me he referido a una tal  “Tía María” como esa mujer adulta, esclava voluntaria, de su trabajo dentro del hogar, que debido a razones psicológicas y de educación, cuando alcanza la vejez, se vuelve más ordenada y responsable, porque su  dignidad y pudor, a ello le obliga. Siendo aquí, cuando decimos, se han vuelto incordiosas  o de mal carácter.

 

En todas las familias las hay, porque lo que les hace ser así, son los estragos que  la vejez les produce. Una enfermedad potencialmente mortal, que de forma encubierta aparece con el nombre de otras dolencias  más comunes, que les acarrea ese carácter agrio y díscolo, que muestran las mujeres, cuando reaccionan; tales serían,  la hipertensión, diabetes, angina de pecho, migrañas, reumatismo, neurosis, ansiedad, depresión y otros padecimientos, ya citados. Como heroínas, allí, a sus obligaciones se afianzarán, cogidas al mástil de su embarcación, para permanecer estas damas valerosamente y con  gran moral de luchan hacia adelante, amor propio, a pesar del mar revuelto que las vapulea y las aflige. Al parecer en las labores domesticas, nunca se jubila el ama de casa y allá aguantan hasta que fallecen.

 

El hecho de ser creyente, o no, a mi entender, cambia por completo el concepto que de la existencia se tiene. Los habemos, quienes creemos  en un Dios, dador de vida, de bienes y dones,  asumiendo este concepto sobre la  temporalidad en la se fija la vida de cada cual en la tierra y la de  la esperanza de una vida inmortal después. Sin embargo, por el contrario, los  agnósticos con otra concepción de la existencia muy distinta esos otros, se las tendrán que ver duras, para soportar este trago del envejecimiento a pensar suyo, porque lo único bueno conocido,  ven,  como toca a su fin. Las tinieblas la oscuridad, saben que borrara todo vestigio de vida.

 

Y volviendo al creyente, éste, por el contrario, sentirá cierta serenidad y  paz a la hora de admitir este trance, una droga, como se dice, que palia la agonía de la muerte y  disminuye el dolor en la que estén sumergidos,  padecimiento que nos acompaña a unos y otros,  desde el mismo momento que se nace. Y que si bien, los sufrimientos, dan paso a pequeños intervalos de júbilo  que mostramos cuando estamos alegres, no dejará de ser, una especie de gotero  de la una felicidad light, momentos agradables, una medicina que nos hace olvidar las penas pasadas, por unos instantes.

 

La vejez, se muestra impávida, y su paso, será inmutable y llevadero. ¿Pero cuál será el final de cada uno de nosotros?: Nadie lo sabe, pero si que influirá la calidad de vida que se haya llevado anteriormente. El afortunado o desafortunado, que comprenda la finalidad que tiene la vida, puede hacer de la suya, su gran obra maestra.

 

Me quedaría por añadir, aquello otro, que suele decirse sobre la vejez: Que es una carga difícil de sobre llevar, para nuestros familiares o allegados, el encontrarse con estas abuelas o abuelos, personas, a las que se ven  obligadas moralmente a cuidar de ellas.

 

Ciertas institutos y corporaciones, velan para que el jubilado, tenga una mejor calidad de vida, pero la realidad la conocemos,  que apenas se hace nada por ellos, quedando tan solo en eso, en proyectos y promesas, como  aquella  masa del pastelero, que la mueve, la agita, y vierte sus polvos conservantes, sin llegar a cocerla. Cierto es, que la pediatría  ha progresado, y los mayores  se sienten algo más atendidos, pero por otro lado, verdad también es, que  se sienten muchos  mas solos. Antes moría junto a los suyos, sin muchos medios y si, no muchas  atenciones, que hoy en día,  que  lo suelen hacer en  hospicios,  casas de cuidado, u otros centros, siempre  que estas residencias, no salgan ardiendo. Otros en sus domicilios,   llevaran colgado al cuello pulsador telefónico o radio, para  en caso de pedir auxilio, tenerlos al instante. Después de todo, comparados con tiempos anteriores, que más se le puede ofrecer a un longevo anciano.


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