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“Cuando más cuidadosamente observamos, percibimos
con mayor claridad; pensamos más rectamente; recordamos con mayor fidelidad; es
más viva nuestra imaginación y más sanos nuestros juicios” (Maudsley)
Dedico este comentario a mis antiguos colegas y
amigos de trabajo, que aún vivan y hayan sabido traspasar con optimismo la
madurez.

Que nadie se alarme ni acongoje, pues de sobra
sabido es, por todos, lo que significa longevidad y lo que a uno le trae
consigo y más cuando la vida anterior, ha sido magnánima con uno, y ahora de
propina nos alarga los años de existencia, para que sigamos en la tierra.
Época, esta otra, en la que, el aspecto y piel de
las personas, serán, las que muestren este cambio, que ejerce el paso del tiempo
sobre ellas. Cuando no, acompañada de ciertas enfermedades, anomalías y otras
deficiencias. La mujer, sobre todo, mostrará otros signos más característicos
propios de ella, como son los padecimientos de diabetes, dolores de cabeza,
migrañas, hipertensión y ansiedad, a veces, todos ellos tan fuertes, que las
lleva a un estado de desesperación e intento de suicidio- Por lo que creo, no
sea el miedo exactamente, lo que les induce a pensar de tal forma, sino el
sufrimiento creciente que amordaza su cuerpo.
El envejecimiento, es algo que no puede detenerse
por completo, por ser muchos los mecanismos empleados en este proceso de
desgaste de la maquinaria del cuerpo, como son la reducción de proliferación de
toda clase de células del cuerpo y alteraciones de metabolismo y secreción de
ciertas anti hormonas y otras alteraciones en los órganos.
Preocuparse de la vejez, es un triste y emotivo
acto de reflexión, que a todo ser viviente provisto de juicio, le produce
preocupación cuando recapacita sobre ello y se autoanaliza comparando su salud
y dinámica de ahora con las de otros tiempos pasados y advierte diferencias
sustanciales. Y más, cuando ha tenido antes, una vida plena y saludable.
Comediógrafos y novelistas, han sabido llevar este
drama al publico, con cierta sátira burlesca, aunque ya el mismo público,
antes, para defenderse de ese profunda aprensión que produce este cambio, ha
deseado darle un nuevo giro tratándolo con bravuconería, para disimular de
tal forma, el miedo que siente por envejecer.
Menda, la he respetado siempre, y ahora más, que
en cierto modo, me veo dentro de ella, percibiéndola, tal es, y observando a la
vez, el impacto que produce en otras personas, que les aterra enfrentarse a
ella.
Mientras todo ello, no repercuta en la condición
física y anímica de la persona que sufre este desgarre, propio de la
naturaleza, considero a la vejez, como un intruso que desea fastidiar nuestros
últimos días. No hay edad exacta, para fijarla. Cuando una persona ya ha entrado
en esta etapa de declive biológico, lo marca su aspecto físico y emocional. Los
hay, quienes la fijan en 50 años, otros, antes o bien después, pero yo diría,
cuando el individuo, empieza a declinar, sea la edad que sea, y su
aparato locomotor ya no le responde. Falta de alegría, esperanza y perdido
quizás haya, todo proyecto de futuro. Llegado este invierno lúgubre para el
hombre, triste, largo o corto, según se catalogue su duración, hay que tener en
cuenta, que ya no dará paso a otras estaciones más benignas. A partir de aquí,
tendrá que adaptarse y conformarse con lo que este destino fatídico, le quiera
reservar.
Más dura será la vejez, algo he comentado,
cuando, antes, se ha disfrutado de una vida plena de hermosura, salud, y
bienestar físico y se le ha dado al cuerpo, un excesivo culto, porque, una vez
entrado en esta a fase de la vida, la vejez, nos mostrará, lo vanamente que nos
hemos comportado, perdiendo el tiempo, por haberle dado demasiado culto a la
diosa de la belleza.
La vida, es el tesoro más preciado, por supuesto
que tenemos, al cual nos agarramos, con fuerza, hasta que se esfuma, en este
caso, de forma lenta.
Alguna que otra vez me he referido a una tal “Tía
María” como esa mujer adulta, esclava voluntaria, de su trabajo dentro del
hogar, que debido a razones psicológicas y de educación, cuando alcanza la
vejez, se vuelve más ordenada y responsable, porque su dignidad y pudor, a ello
le obliga. Siendo aquí, cuando decimos, se han vuelto incordiosas o de mal
carácter.
En todas las familias las hay, porque lo que les
hace ser así, son los estragos que la vejez les produce. Una enfermedad
potencialmente mortal, que de forma encubierta aparece con el nombre de otras
dolencias más comunes, que les acarrea ese carácter agrio y díscolo, que
muestran las mujeres, cuando reaccionan; tales serían, la hipertensión,
diabetes, angina de pecho, migrañas, reumatismo, neurosis, ansiedad,
depresión y otros padecimientos, ya citados. Como heroínas, allí, a sus
obligaciones se afianzarán, cogidas al mástil de su embarcación, para permanecer
estas damas valerosamente y con gran moral de luchan hacia adelante, amor
propio, a pesar del mar revuelto que las vapulea y las aflige. Al parecer en las
labores domesticas, nunca se jubila el ama de casa y allá aguantan hasta que
fallecen.
El hecho de ser creyente, o no, a mi entender,
cambia por completo el concepto que de la existencia se tiene. Los habemos,
quienes creemos en un Dios, dador de vida, de bienes y dones, asumiendo este
concepto sobre la temporalidad en la se fija la vida de cada cual en la tierra
y la de la esperanza de una vida inmortal después. Sin embargo, por el
contrario, los agnósticos con otra concepción de la existencia muy distinta
esos otros, se las tendrán que ver duras, para soportar este trago del
envejecimiento a pensar suyo, porque lo único bueno conocido, ven, como toca a
su fin. Las tinieblas la oscuridad, saben que borrara todo vestigio de vida.
Y volviendo al creyente, éste, por el contrario,
sentirá cierta serenidad y paz a la hora de admitir este trance, una droga,
como se dice, que palia la agonía de la muerte y disminuye el dolor en la que
estén sumergidos, padecimiento que nos acompaña a unos y otros, desde el
mismo momento que se nace. Y que si bien, los sufrimientos, dan paso a pequeños intervalos de júbilo que mostramos cuando estamos alegres, no dejará de ser,
una especie de gotero de la una felicidad light, momentos agradables,
una medicina que nos hace olvidar las penas pasadas, por unos instantes.
La vejez, se muestra impávida, y su paso, será
inmutable y llevadero. ¿Pero cuál será el final de cada uno de nosotros?: Nadie
lo sabe, pero si que influirá la calidad de vida que se haya llevado
anteriormente. El afortunado o desafortunado, que comprenda la finalidad que
tiene la vida, puede hacer de la suya, su gran obra maestra.
Me quedaría por añadir, aquello otro, que suele
decirse sobre la vejez: Que es una carga difícil de sobre llevar, para nuestros
familiares o allegados, el encontrarse con estas abuelas o abuelos, personas, a
las que se ven obligadas moralmente a cuidar de ellas.
Ciertas institutos y corporaciones, velan para que
el jubilado, tenga una mejor calidad de vida, pero la realidad la conocemos,
que apenas se hace nada por ellos, quedando tan solo en eso, en proyectos y
promesas, como aquella masa del pastelero, que la mueve, la agita, y
vierte
sus polvos conservantes, sin llegar a cocerla. Cierto es, que la pediatría ha
progresado, y los mayores se sienten algo más atendidos, pero por otro lado,
verdad también es, que se sienten muchos mas solos. Antes moría junto a los
suyos, sin muchos medios y si, no muchas atenciones, que hoy en día, que lo
suelen hacer en hospicios, casas de cuidado, u otros centros, siempre que
estas residencias, no salgan ardiendo. Otros en sus domicilios, llevaran
colgado al cuello pulsador telefónico o radio, para en caso de pedir auxilio,
tenerlos al instante. Después de todo, comparados con tiempos anteriores, que
más se le puede ofrecer a un longevo anciano.
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