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Aun, quedan residuos en mi memoria, de aquel día
en que siendo aún niño, me llevaron a visitar un obrador de pastelería, y de
cómo percibí por primera vez, el aroma que producían, aquellos ingredientes, que
a los pasteles se le añadían, tales como canela piñones, almendras fritas y
otras especies aromáticas. Aquella sensación, nunca la olvidaría, como la
observación que le hice a nuestro guía.: “De la suerte que tenían aquellos
operarios, por tener tan cerca los pasteles y poderlos comer en cualquier
momento”; replicándome este asesor: “Que lo primero que hacían, cuando un
aprendiz entraba, era dejarle comer cuanto se le apetecía, de forma, que si no
moderaba su apetito, en un sólo día, tan harto quedaría, que no volvería a
probarlos, nunca más”. Luego, me lo explicaría yo mismo, al pasar el tiempo con
otras experiencias vividas.
Porque dulce, dulce como la miel, como amargas
también son, muchas de las vivencias que sufrimos a lo largo de nuestra
existencia. Y como dijo aquel gran poeta, (más o menos) “a un rico tarro de
miel, cien mil moscas acudieron, y todas dentro murieron, presas de patas en
él…”. Y si cierto es, que el sabor dulce, se vuelve amargo y, el amargo, sin
embargo, nunca se volverá dulce, sino que dejará una sensación agridulce, dentro
de nosotros, difícil de borrar. Así lo hemos aprendido y lo comprobamos de
aquellas experiencias, que a lo largo de la vida, hemos ido adquiriendo, cuando
al beber el dulce sabor de lo bello y lo hermoso, en demasía, nos ha
embriagado, y dejado después, “un posible” mal sabor de boca.
Son nuestros sentidos, los que, los clasifican
aceptan o rechazan, tales sensaciones. De principio el sabor dulce será más
fácil de digerir, el amargo, por el contrario más difícil de tolerar, llegando
este último, a ser, un estigma o trastorno sensacional, difícil de superar.
Volamos, a veces ciegos sobre aquello, dulce o
fácil, como las moscas lo hacían alrededor de la rica miel, hasta que nos
posamos en ella, la bebemos y saturamos y cuando levantar el vuelo queremos, ya
es tarde, no podemos, cuando tantas otras bellas flores por libar, aún quedaban.
¡Qué hermoso, es la vida, cuando el hombre, libre
se siente, y bebe el cáliz de lo bello, viéndose integrado en ello. Como hermoso
es, yo diría, el que estando lleno de amor, su corazón le late con alegría y lo
anuncia a todo clamor!
Cayendo, corre sin parar, la lenta y frágil arena
de un recipiente a otro hasta que la providencia, la frena. Es el triste reloj
de la vida, que atentamente nos vigila como se consume la vida y se pierden
días, en vanas orgías. Hombres, apresados por el vicio, que, vacíos, pierden
sus rumbo y vagan por etéreos espacios, fatuos, frívolos, dando tumbos Sin
saberlo, ellos, han bebido copas repletas de nada, cuando el precioso liquido,
libre, corría, como la cascada.
¡Ignorante!, ¡gente poco sabia¡ que viendo el
liquido correr, no lo llegaron ni a percibirlo y ahora gimen con rabia, porque
no lo pudieron libarlo.
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