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 LAS CARTAS DE DON MANUEL

Dulces

 MANUEL RUBIO CERVILLA

 

 

FOTO: MANUEL RUBIO

Aun, quedan residuos en mi memoria, de aquel día en que siendo aún niño, me llevaron a visitar un obrador de pastelería, y de cómo percibí por primera vez, el aroma que producían, aquellos ingredientes, que a los pasteles se le añadían, tales como canela piñones, almendras fritas y otras especies aromáticas. Aquella sensación, nunca la olvidaría, como la observación que le hice a nuestro guía.: “De la suerte que tenían aquellos operarios, por tener tan cerca los pasteles y poderlos comer en cualquier momento”; replicándome este asesor: “Que lo primero que hacían, cuando un aprendiz entraba, era dejarle comer cuanto se le apetecía, de forma, que si no moderaba su apetito, en un sólo día, tan harto quedaría, que no volvería a probarlos, nunca más”. Luego, me lo explicaría yo mismo, al pasar el tiempo con otras experiencias vividas.

 

Porque dulce, dulce como la miel, como amargas también son, muchas de las vivencias que sufrimos a lo largo de nuestra existencia. Y como dijo aquel gran poeta, (más o menos) “a un rico tarro de miel, cien mil moscas acudieron, y todas dentro murieron, presas de patas en él…”. Y si cierto es, que el sabor dulce, se vuelve amargo y, el amargo, sin embargo, nunca se volverá dulce, sino que dejará una sensación agridulce, dentro de nosotros, difícil de borrar.  Así lo hemos aprendido y lo comprobamos de aquellas experiencias, que a lo largo de la vida, hemos ido adquiriendo, cuando al beber el dulce sabor de lo  bello y lo hermoso, en demasía, nos ha embriagado, y dejado después, “un  posible” mal sabor de boca.

 

Son nuestros sentidos, los que, los clasifican aceptan o rechazan, tales sensaciones. De principio el sabor dulce será más fácil de digerir, el amargo, por el contrario más difícil de tolerar, llegando este último, a ser, un estigma o trastorno sensacional, difícil de superar.

 

Volamos, a veces ciegos sobre aquello, dulce o fácil, como las moscas lo hacían alrededor de la rica miel, hasta que nos posamos en ella, la bebemos y  saturamos y cuando levantar el vuelo queremos, ya es tarde, no podemos, cuando tantas otras bellas flores por libar, aún quedaban.

 

¡Qué hermoso, es la vida, cuando el hombre, libre se siente, y bebe el cáliz de lo bello, viéndose integrado en ello. Como hermoso es, yo diría, el que estando lleno de amor, su corazón le late con alegría y lo anuncia a todo clamor!

 

Cayendo, corre sin parar, la lenta y frágil arena de un recipiente a otro hasta que la providencia, la frena. Es el triste reloj de la vida, que atentamente nos vigila como se consume la vida y se pierden días, en vanas orgías. Hombres,  apresados por el vicio, que, vacíos, pierden sus rumbo y vagan por etéreos espacios, fatuos, frívolos, dando tumbos Sin  saberlo, ellos, han bebido copas repletas de nada, cuando el precioso liquido, libre, corría, como la cascada.

 

¡Ignorante!, ¡gente poco sabia¡ que viendo el liquido correr, no lo llegaron ni a percibirlo y ahora gimen con rabia, porque no lo pudieron libarlo.


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