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Tal lo veo, así lo narro, si es que los contenidos
suplementarios, me permiten explicar mejor cuanto llevo en mente.
Las tortugas desovan, en las arenas cercanas a
las playas, cubriéndolas acto seguido, con la misma arena. Y allí dejan sus
crías a su suerte. Pasado un tiempo de incubación, las que se han salvado de los
depredadores y otros accidentes, a la hora de ver la luz, como una explosión,
todas, al mismo tiempo, arrancan hacia el agua en una carrera desigual: las
más fuertes, las que más vida tienen, llegaran antes, salvándose del acoso
de las aves marinas, mientras otro porcentaje de ellas, sus fuerzas, las
abandonaran y quedarán a merced del sol y de las aves rapaces, que terminaran
con ellas.
Si narro esto, es porque contemplo al hombre,
dentro de la sociedad, corriendo en una misma dirección, la del bien individual,
y el de la felicidad, -de la que ya hube hablado la semana pasada-, sin
detenerse a mirar, quien corre junto a él, solo tendrá la vista puesta en esa
meta, siempre fija, como fin primordial. Esto suele ocurrir, en mayor o menor
escala, según el concepto, que cada cual tenga de la vida, de acuerdo con la
educación que haya recibido y experiencias adquiridas que es lo que hace, se
obre de forma diferente. Sin embargo, está comprobado que cada uno de nosotros,
tomará una ruta distinta, según le vaya yendo, para lograrlo. Me explico,
el individuo, ya de por si ególatra, se centra en si mismo, , y tiende a
emanciparse de la sociedad en la que vive, en cuanto la ocasión le es propicia,
cuando obligado está, formar parte de ella, y tener faenas comunes que
desarrollar con sus homólogos, o sea tener una relación plena de
correspondencia, que le facilite mejorar tanto su nivel de nivel como el de la
sociedad en la que vive, contribuyendo en beneficio del bien común de la
sociedad, incluyéndose él. Y sin embargo, tenderá a disgregarse de este
cometido, en cuanto, la ocasión le sea propicia, para su propio bienestar
particular, incluso, si pudiera, impondrá su iniciativa propia y desechará las
ideas de los demás; debiendo de ser, muy iguales sus pareceres, para ensamblar
criterios y presentar un frente común. Yo pienso, que lo que les conduce a
obrar de tal manera, entre otras causas, es la de romper toda atadura que le
obligue a estar sujeto a unas normas que la sociedad impone y con las que él
no está conforme.
Observemos a los líderes políticos, los que rigen
este país, una derecha y una izquierda, cada una, deseosa de salvaguardar “sus
principios fundamentales”. Todos brindando por el bienestar y prometiendo
llevar a buen fin a la Nación y a sus ciudadanos, en un pleno y álgido apogeo
que satisfaga necesidades y ambiciones de todos, algo así como, la panacea de la
felicidad, bienestar y seguridad de la Nación, pero cada uno de ellos, por
separado, ocultará lo que verdaderamente mueve sus pensamientos, que no
exteriorizarán, porque como digo, pertenecen casi todos a ambiciones e intereses
propios, de poder, político, económicos y otros fines. Convicciones
heredadas o adquiridas a lo largo de su vida, en el seno de su familia, y el
entorno en el que ha vivido, un ego especial adquirido, cuantas veces de
desaire, por aquellos que no apoyan sus conjeturas, “que como el hombre de la
calle, acostumbrado está a ello, no le presta la debida atención”. Y a pesar de
que una mayoría de, estos líderes, son conscientes de las pocas probabilidades
que tienen de alcanzar la meta que se proponen, siembran su parcela de quimeras,
para saciar la imaginación de quienes les escuchan. Un trabajo insensato y
mezquino, en el que ni ellos mismo, son conscientes de sus actos, porque en
esa ambiciosa carrera, obligado por su entorno o por impulsos emocionales obra
de una manera súbita e irreflexiva.
Cuando, nosotros, la gente del pueblo, nos creemos
seguros de estar apoyando unas determinadas ideologías o doctrinas políticas,
que las creemos amoldadas a nuestro criterio, de improviso, un día, nos damos
cuenta, que éstas tienen, algunas más fisuras, de las que uno pensaba, por donde
escapan sus mejores consignas, ya que, la montura o soporte en las que se han
basado, (han edificado), no tiene cimientos estables, y tienden a tambalearse
todo su contenido.
Todo “portavoz” o difusor de propaganda política,
proviene del seno de una familia, donde se han practicado ciertas costumbres
heredadas, indistintamente del método educativo que se le haya dado,
porque, en la práctica, lo que ha estado mamando, ha sido otra cosa muy
diferente y hasta a veces contraria, a lo que se les ha deseado inculcar en los
centros que se les ha formado. Se les habló de unas virtudes y recto amor de
proceder (amor, piedad, y caridad), como base de sus creencias religiosas y
conducta moral, sin embargo, por el contrario, recogieron aquello otro, que
vieron o se practicaron en el seno de su familia, cuantas veces odio,
desprecio e indiferencia, hacia ciertos sectores o personas, todo debido,
a ese mal ejemplo dado por sus mayores, a los cuales copiaron, sin llegar
a ser conscientes de que lo que se enseñaba, no concordaba con lo que
practicaba. Visten el traje “nuevo de los días de fiesta” pero por dentro, van
hechos girones. Los hemos visto en muchos de ellos, cuando han actuado en
guerras y otros escenarios de la vida pública, mostrándonos sus malas
condiciones y defectos, que siempre, ocultos estuvieron bajo una capa o sonrisa
falsa de dignidad, soberbia, e intereses personales, que supieron esconder.
Cuantas veces han empleado violencia e ira contra aquellos que les son
“incómodos”, cuando se les educaba en un ambiente de ética y moral cristiana y
se les señalaba como fin fundamental el amor al prójimo y de que todos somos
hermanos. Ocurriendo, en muchos casos, que para eludir responsabilidades o
cargos de conciencia, se amparan en aquellos, que los conducían, -por
supuesto del mismo pelaje- y así, justifican sus acciones perversas,
alegando estar cumpliendo órdenes.
Mostraron la otra cara de la moneda, con palabras
seductoras, llenas de talento, y dignidad fingida, cuando las que debiera haber
empleado debieron ser otras, de veracidad y acompañadas de un ejemplar
comportamiento y recto proceder a la hora de impartir justicia y aplicarla.
En una palabra, las personas debieran mostrarse tal son, sin ambages
ni florituras, ni disfraces, si no más sencillas y naturales, sobre todo con
sentimientos nobles, capaces de entender a los demás y convivir con ellos.
¡Difícil!, ¿Verdad? de hallar personas
perfectas capaces de desempeñar un cargo dignamente, en una sociedad, que hace
agua por todos los costados Parece una utopía pensar así, hermano, pero no lo
sería, si luchásemos y mejorásemos nuestro comportamiento y forma de vivir, para
qué en un corto futuro, quienes nos rijan, lleguen a ser mejores que aquellos
otros, que lo hicieron tiempos pasados, de forma tan catastrófica. La historia
está llena de indignidades e injusticias, de quienes amaron el poder y la plata,
por encima de toda otra obligación, de la que debieron ser acreedores. La del
bien común.
Y atando cabos, para que la cuerda tenga la
correcta dimensión, diría yo, que nadie es, lo que aparenta ser, ni siquiera
consecuente con lo que promete de corazón, porque llegada la hora de plasmar su
compromiso, será el otro yo oculto, quien intervenga y maneje a este otro
personaje, en el que un día se depositó toda confianza. Seres sin rostro, que a
veces solo suele mostrar destellos de quien debieron haber sido. Y aparte de
que ya de por si, la persona, es todo un enigma difícil de descifrar y definir,
nunca llegaremos a conocerlos, ni siquiera a los más cercanos.
Una leyenda más que una historia, es esta, la de
Diógenes, el cual, no es que haya sido para mi una ejemplar vida de hombre sabio
y virtudes, por sus pensamientos y clase de vida, más bien tal lo veo, un
hombre loco como el mismo se definiera un cínico por antonomasia, que si nos ha
llamado la atención, fuera por aquella ocurrencia que tuvo con la lámpara,
cuando caminando por una de las plazas de Atenas buscaba un hombre, y
aunque le dijeron, que la ciudad estaba llena de hombres, el contestó
diciendo: un hombre de verdad, uno que viva (camine) por si
mismo y no pertenezca al rebaño… Un cínico, que se consideraba
ciudadano del mundo, por sentirse éste, como si fuera su propia casa. Téngase en
cuenta que este hombre que creyó buscar la virtud, por este camino, vivió en
plena calle, dentro de un tonel, como los animales, donde desarrollaba todas sus
necesidades. Y es que este mal de Diógenes, el de la basura, puede que exista en
“muchas casas”.
Por eso, si usted, alguna vez oliese mal, apártese
de inmediato, para que este mal olor no le encharque los pulmones.
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