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 LAS CARTAS DE DON MANUEL

Tal lo veo, así lo narro

 MANUEL RUBIO

 

 

FOTO: MANUEL RUBIO

Tal lo veo, así lo narro, si es que los contenidos suplementarios, me permiten explicar mejor cuanto llevo en mente.

 

Las tortugas desovan, en  las arenas cercanas a las playas, cubriéndolas acto seguido, con la misma arena. Y allí dejan  sus crías a su suerte. Pasado un tiempo de incubación, las que se han salvado de los depredadores y otros accidentes, a la hora de ver la luz, como una explosión, todas, al mismo tiempo, arrancan hacia el agua en una carrera desigual: las más fuertes, las que más vida tienen, llegaran antes, salvándose del acoso de las aves marinas, mientras otro porcentaje de ellas, sus fuerzas, las abandonaran y quedarán a merced del sol y de las aves rapaces, que terminaran con ellas.

 

Si narro esto, es porque contemplo al hombre, dentro de la sociedad, corriendo en una misma dirección, la del bien individual, y el de la felicidad, -de la que ya hube hablado la semana pasada-, sin detenerse a mirar, quien corre junto a él, solo tendrá la vista puesta en esa meta, siempre fija, como fin primordial. Esto  suele ocurrir, en mayor  o menor escala, según el concepto, que cada cual tenga  de la vida, de acuerdo con la educación que haya recibido y experiencias adquiridas que es lo que hace, se obre de forma diferente. Sin embargo, está comprobado que  cada uno de nosotros, tomará una ruta distinta, según le vaya yendo, para lograrlo. Me explico, el individuo, ya de por si ególatra, se centra en si mismo, ,  y tiende a emanciparse de la sociedad en la que vive, en cuanto la ocasión le es propicia, cuando obligado está, formar parte de ella, y tener faenas comunes que desarrollar con sus homólogos, o sea tener una  relación plena de correspondencia, que le facilite mejorar tanto su nivel de nivel como el de la sociedad en la que vive, contribuyendo en beneficio del bien común de la sociedad, incluyéndose él. Y sin embargo, tenderá a disgregarse de este cometido, en cuanto, la ocasión le sea propicia, para su propio bienestar particular, incluso, si pudiera, impondrá su iniciativa propia y desechará las ideas de los demás; debiendo de ser, muy iguales sus pareceres, para ensamblar criterios  y  presentar  un frente común. Yo pienso, que lo que les conduce a obrar de tal manera,  entre otras causas, es la de  romper toda atadura que le obligue a estar sujeto a unas normas que la sociedad impone  y  con las que él no está conforme.

 

Observemos a los líderes políticos, los que rigen este país, una derecha y una izquierda, cada una, deseosa de salvaguardar “sus principios fundamentales”. Todos brindando por el bienestar y prometiendo  llevar a buen fin a la Nación y a sus ciudadanos, en un  pleno y álgido apogeo que satisfaga necesidades y ambiciones de todos, algo así como, la panacea de la felicidad, bienestar  y seguridad de la Nación, pero  cada uno de  ellos, por separado, ocultará lo que verdaderamente mueve sus pensamientos, que no exteriorizarán, porque como digo, pertenecen casi todos a ambiciones e intereses propios, de poder, político, económicos y otros fines. Convicciones heredadas o adquiridas a lo largo de su vida, en el seno de su familia, y el entorno en el que ha vivido, un ego especial adquirido, cuantas veces de desaire, por aquellos que no apoyan sus conjeturas, “que como el hombre de la calle, acostumbrado está a ello,  no le presta la debida atención”. Y a pesar de que una mayoría de, estos líderes, son conscientes de las pocas probabilidades que tienen de alcanzar la meta que se proponen, siembran su parcela de quimeras, para saciar la imaginación de quienes les escuchan. Un trabajo insensato y mezquino, en el que ni ellos mismo, son conscientes de sus actos,  porque en esa ambiciosa carrera, obligado por su entorno o por impulsos emocionales obra de una manera súbita e irreflexiva.

 

Cuando, nosotros, la gente del pueblo, nos creemos seguros de estar apoyando unas determinadas ideologías o doctrinas políticas, que las creemos amoldadas a nuestro criterio, de improviso, un día, nos damos cuenta, que éstas tienen, algunas más fisuras, de las que uno pensaba, por donde escapan sus mejores consignas, ya que, la montura o soporte en las que se han basado, (han edificado), no tiene cimientos estables, y tienden a tambalearse todo su contenido.

 

Todo “portavoz” o difusor de propaganda política,  proviene del seno de una familia, donde se han practicado ciertas costumbres heredadas, indistintamente del método educativo que se le haya dado, porque, en la práctica, lo que ha estado mamando, ha sido otra cosa muy diferente y hasta a veces contraria, a lo que se les ha deseado inculcar en los centros que se les ha formado. Se les habló de unas virtudes y recto amor de proceder (amor,  piedad, y caridad), como base de sus creencias religiosas y conducta moral, sin embargo, por el contrario,  recogieron aquello otro, que vieron o se practicaron en el seno de su familia, cuantas veces odio, desprecio e indiferencia, hacia ciertos sectores o personas, todo debido, a ese mal ejemplo dado por sus mayores, a los cuales  copiaron,  sin llegar a ser conscientes de que lo que se enseñaba, no concordaba con lo que practicaba. Visten el traje “nuevo de los días de fiesta” pero por dentro, van hechos girones. Los hemos visto en muchos de ellos, cuando han actuado en  guerras y otros escenarios de la vida pública, mostrándonos sus malas condiciones y defectos, que siempre, ocultos estuvieron bajo una capa o sonrisa falsa de dignidad, soberbia, e intereses personales, que supieron esconder. Cuantas veces han empleado violencia e ira contra aquellos que les son “incómodos”, cuando se les educaba en un ambiente de ética y moral cristiana y se les señalaba como fin fundamental el amor al prójimo y de que todos somos  hermanos. Ocurriendo, en muchos  casos, que para eludir responsabilidades o cargos de conciencia, se  amparan en aquellos, que los conducían, -por supuesto del mismo pelaje- y así, justifican sus acciones perversas, alegando estar cumpliendo órdenes.

 

Mostraron la otra cara de la moneda, con palabras seductoras, llenas de talento, y dignidad fingida, cuando las que debiera haber empleado debieron ser  otras, de veracidad y acompañadas de un ejemplar comportamiento y recto proceder a la hora de impartir justicia y aplicarla. En una palabra, las personas debieran mostrarse tal sonsin ambages ni florituras, ni disfraces, si no más sencillas y naturales, sobre todo con sentimientos nobles, capaces de entender a los demás y  convivir con ellos.

 

¡Difícil!, ¿Verdad? de hallar personas perfectas capaces de desempeñar un cargo dignamente, en una sociedad, que hace agua por todos los costados Parece una utopía pensar así, hermano, pero no lo sería, si luchásemos y mejorásemos nuestro comportamiento y forma de vivir, para qué en un corto futuro, quienes nos rijan, lleguen a ser mejores que aquellos otros,  que lo hicieron tiempos pasados, de forma tan catastrófica. La historia está llena de indignidades e injusticias, de quienes amaron el poder y la plata, por encima de toda otra obligación, de la que debieron ser acreedores. La del  bien común.

 

Y atando cabos, para que la cuerda tenga la correcta dimensión, diría yo, que nadie es, lo que aparenta ser, ni siquiera consecuente con lo que promete de corazón, porque llegada la hora de plasmar su compromiso, será el otro yo oculto, quien intervenga y maneje a este otro  personaje, en el que un día se depositó toda confianza. Seres sin rostro, que  a veces solo suele mostrar destellos de quien debieron haber sido. Y aparte de que  ya de por si, la persona, es todo un enigma difícil de descifrar y definir, nunca llegaremos a conocerlos, ni siquiera a los más cercanos.

 

Una leyenda más que una historia, es esta, la de Diógenes, el cual, no es que haya sido para mi una ejemplar vida de hombre sabio y virtudes, por sus pensamientos y clase de vida, más bien tal lo veo, un hombre loco como el mismo se definiera un cínico por antonomasia, que si nos ha llamado la atención, fuera por aquella ocurrencia que tuvo con la lámpara, cuando caminando por una de las plazas de Atenas buscaba un hombre, y aunque le dijeron, que la ciudad estaba llena de hombres, el contestó diciendo: un hombre de verdad, uno que viva (camine) por si mismo y no pertenezca al rebañoUn cínico, que se consideraba ciudadano del mundo, por sentirse éste, como si fuera su propia casa. Téngase en cuenta que este hombre que creyó buscar la virtud, por este camino, vivió en plena calle, dentro de un tonel, como los animales, donde desarrollaba todas sus necesidades. Y es que este mal de Diógenes, el de la basura, puede que exista en “muchas casas”.

 

Por eso, si usted, alguna vez oliese mal, apártese de inmediato, para que este mal olor no le encharque los pulmones.


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