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Si la razón tiene una ética, pienso yo, que la
imaginación debería tenerla también, cuando el hombre sigue desarrollándola como
lo ha estado haciendo hasta ahora, como un compromiso, que ha regido su
conducta. La invención, creo yo, es hija de la imaginación y los
conocimientos adquiridos, una facultad del hombre, en constante evolución,
cuando se la estimula, tanto, que a veces puede llegar a darle forma o contenido
histórico a mitos e historias fascinantes.
Escritos prácticos, la mayoría de las veces, sobre
dragones y otros monstruos que en ciertas épocas de la vida han llegado a calar
profundamente en el crédulo espíritu vano de las personas, para convertirse en
genuinas leyendas de ciertas épocas.
Desde el momento que el homo empezó a ser
consciente, de los peligros que le acechaban, como también de lo indefenso que
se hallaba ante cualquier peligro, tuvo que encontrar un medio, para luchar
contra el miedo que dentro de él se engendraba, teniendo, para ello, que sacar de su imaginación, seres quiméricos, que lo protegieran, como fueron dioses,
creencias y mitos de todas las modalidades, aliviando así, ese terror que
sentía.
Hoy, sobre ello estaba cavilando, cuando se me ha
ocurrido, sacar a la luz, uno de esos dragones o serpientes de siete cabezas,
que tenemos en libros de mitología o narraciones oralmente heredadas, pero,
exclamé, porque no inventarme yo uno de primera mano, que pueda manejarlo a mi
antojo, siempre que lo haga con precaución, ya que se tratan de bichos raros,
y muy peligrosos.
El que me ha salido de la manga, se llama
Serpiente de las siete Cabezas, con residencia en el corazón de la tierra,
junto a sus servidores, otros siete perros apocalípticos, de colmillos afilados
por cuyas bocazas manan espuma hirviendo. Canes, que, reciben los nombres de
los siete pecados capitales: Luxuria, Gula, Avaritia, Acidia, Ira, Invidia y
Superbia. Cada uno de ellos, al servicio de una de las cabezas de este
Ofidio Dorado. Siete canes, que cuando salen a la superficie de la tierra, lo
hacen para nutrir a la Gran Serpiente, de victimas inocentes, y tiernos
infantes que arrebatan del mismo seno de sus madres y son devorados, ante su
presencia, para a continuación, servírselos a las respectivas cabezas, del
insaciable dragón.
Cuando, creado fue el mundo y con él, cuanto
existe, “los dioses”, eligieron de entre las bestias salvajes, un espécimen, que
remoldaron y perfeccionaron, para convertirlo en hombre, otorgándole un plus
de dones y beneficios superiores al resto de la fauna animal, con el fin de
acercarlo más a ellos. Cuando creyeron haberlo conseguido, o sea completado
su obra; que así hubiese sido, de no habérsele dado plenos poderes de
libertad y determinación a éste ser tan incompleto, como exiguo, en sabiduría,
para resolver sus problemas por si mismo, sin otra asistencia, o poderes
extras, que las de sus propios miembros y reducido cerebro, dejáronle
abandonado a su suerte y en condiciones muy precarias, sobre esta inhóspito
planeta.
Pies y manos fueron desarrollándose, al lento
y mismo tiempo, que lo hacía su inteligencia, hasta llegar lo que es hoy. Lo
que ocurrió y no lo sé, bien y más me valdría no llegar a saberlo, que acto de
desacato este cometió, (seguro que sin ser consciente de ello), para que
les causara tanta ira a sus dioses, como para llegar a olvidarse de él y al
mismo tiempo abrieran las puertas del infierno al dragón, en donde lo tenían
recluido, para que castigase al hombre, tan severamente, como hasta ahora, lo
están haciendo.
“Culpable” junto a toda su estirpe, crece y se
transforma la especie, a la vez, que se multiplica, pero no, para bien de la
humanidad, sino para ese ofidio de las siete cabezas, que sigue atormentando
a sus descendientes, sirviéndose de sus siete perros.
Por lo que no escapará nunca el hombre, de la
implacable ira de los dioses, aunque intuyera una estratagema, que acabar
pudiera, primero, con lo siete perros guardianes, y después con el dragón, pues
tendría que aprovechar un descuido de quienes lo remoldaron, para llevar a cabo
tan arriesgada hazaña, que solo, el alfanje afilado de la sabiduría, podría
dar fin a tan enorme castigo, que sufriendo está el hombre, desde que es
tal.
Y si infierno hubiere, que, quien narra esta
historia, a llegar no lo concibe, cada pecado capital, allí, debería ser
castigado de forma severa. Pues, hasta los que se creen santos varones, más de
uno de ellos, encontrarían allí, su castigo, por los defectos que dentro de si
encierran y que con ellos, ocultos se llevan a la sepultura, sin llegar nunca
a ser conscientes de este lapsus calamitoso y todo debido, a que tan fuerte es
su vanidad, como el orgullo que les ciega.
¡Oh triste de ti, ralea humana! Siempre en guerra
constante, cuando no, contra de ti mismo, si en contra de los demás. ¿Hasta
donde tu destino te llevará? Y digo destino, y no camino, que hayas elegido,
porque el destino lo tenemos ya anunciado, es nuestro final, pero en cuanto al
camino… si apenas lo distinguimos? Desgraciado serás, no, porque hayas nacido,
sino por vivir con tanto desatino, y terminar muriendo entre las fauces de esos
perros, servidores del gran dragón. Me pregunto yo: ¿Se habrá cumplido y quedado
satisfechos, con ello, aquellos que os recompusieron?
Y gracias a que todo viento que sopla en la
tierra, no sea huracanado y brisas suaves, soplen a veces, para calmar a ese
monstruo que dentro de nosotros ya llevamos y no nos permite vivir en paz y
concordia, que si esto, no fuera así, hasta yo mismo diría que el infierno no
existe, ¿Pero, realmente… no vivimos en él?
Nota del autor: Cuando terminada
hube esta leyenda, me dije para mí, Manuel, si te has pasado, te has cagado, o
quizás con suerte, alguien la lea. Y luego pensé, con el trabajo y tiempo que he
empleasdo, no voy a tirarla hora a la papelera. E ipso-facto, con la confianza
de que me lo publiquen, se la envié al Director de este Periódico.
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