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 LAS CARTAS DE DON MANUEL

¡Vaya ralea!

 MANUEL RUBIO

 

 

FOTO: MANUEL RUBIO

Si la razón tiene una ética, pienso yo, que la imaginación debería tenerla también, cuando el hombre sigue desarrollándola como lo ha estado haciendo hasta ahora, como un compromiso, que ha regido su conducta. La invención, creo yo, es hija de la imaginación y los conocimientos adquiridos, una facultad del hombre, en constante evolución, cuando se la estimula, tanto, que a veces puede llegar a darle forma o contenido histórico a mitos e  historias fascinantes.

 

Escritos prácticos, la mayoría de las veces, sobre dragones y otros monstruos que en ciertas épocas de la vida  han llegado a calar profundamente en el crédulo espíritu vano de las personas, para  convertirse en genuinas leyendas de ciertas épocas.  

 

Desde el momento que el homo empezó a ser consciente, de los peligros que le acechaban, como también de lo indefenso que se hallaba ante cualquier peligro, tuvo que encontrar un medio, para  luchar contra el miedo que dentro de él se engendraba, teniendo, para ello, que sacar de su imaginación, seres quiméricos, que lo protegieran, como fueron dioses, creencias y mitos de todas las modalidades, aliviando así, ese terror que sentía.

 

Hoy, sobre ello estaba cavilando, cuando se me ha ocurrido, sacar a la luz, uno de esos dragones o serpientes de siete cabezas, que tenemos en libros de mitología o narraciones oralmente heredadas, pero, exclamé, porque no inventarme yo uno de primera mano,  que pueda manejarlo a mi antojo, siempre que lo haga con precaución, ya que se tratan  de bichos raros,  y muy peligrosos.

 

El que me ha salido de la manga, se llama Serpiente de las siete Cabezas, con residencia  en el corazón de la tierra, junto a sus servidores, otros siete perros apocalípticos, de colmillos afilados por cuyas  bocazas manan espuma hirviendo.  Canes, que,  reciben los nombres de los siete pecados capitales:  Luxuria, Gula, Avaritia, Acidia, Ira, Invidia y Superbia.  Cada uno de ellos, al servicio de una de las  cabezas de este Ofidio Dorado.  Siete canes, que cuando salen a la superficie  de la tierra, lo hacen  para nutrir a la Gran Serpiente,  de victimas inocentes, y tiernos infantes que arrebatan del mismo seno  de sus madres y son devorados, ante su presencia, para a continuación, servírselos a las respectivas cabezas, del insaciable dragón.

 

Cuando, creado fue el mundo y con él, cuanto existe, “los dioses”, eligieron de entre las bestias salvajes, un espécimen, que remoldaron y perfeccionaron, para convertirlo en hombre,  otorgándole  un plus de dones y beneficios superiores al resto de la fauna animal, con el fin de acercarlo más a ellos. Cuando creyeron haberlo conseguido, o sea  completado  su  obra; que así hubiese sido, de no habérsele dado plenos poderes de libertad y determinación a éste ser tan incompleto, como  exiguo, en  sabiduría, para resolver sus problemas  por si mismo, sin otra asistencia,  o poderes extras, que las de sus propios miembros y reducido cerebro, dejáronle abandonado a su suerte y en condiciones muy precarias, sobre esta inhóspito planeta.

 

Pies y manos fueron desarrollándose, al lento y mismo tiempo, que lo hacía  su inteligencia, hasta llegar lo que es hoy.  Lo que ocurrió y no lo sé, bien y más me valdría no llegar a saberlo, que acto de desacato este cometió, (seguro que sin ser consciente de ello),  para que les causara  tanta ira a sus dioses, como para llegar  a olvidarse de él y  al mismo tiempo abrieran las puertas del infierno al dragón, en donde lo tenían recluido, para que  castigase al hombre, tan severamente, como hasta ahora, lo están haciendo.

 

“Culpable” junto a toda su estirpe, crece y se transforma la especie, a la vez, que se multiplica, pero no, para bien de la humanidad,  sino para ese ofidio  de las siete cabezas, que sigue  atormentando a sus descendientes, sirviéndose de sus siete perros.

 

Por lo que no escapará nunca el hombre, de la implacable ira de los dioses, aunque intuyera una estratagema, que acabar pudiera, primero, con  lo siete perros guardianes, y después con el dragón, pues tendría que aprovechar un descuido de quienes lo remoldaron, para llevar a cabo tan arriesgada hazaña, que solo, el alfanje afilado de la sabiduría,  podría dar fin a tan enorme castigo, que sufriendo está  el hombre, desde que es tal.

 

Y si infierno hubiere, que, quien narra esta historia, a llegar no lo concibe,  cada pecado capital, allí, debería ser castigado de forma severa. Pues, hasta los que se creen santos varones, más de uno de ellos, encontrarían allí, su castigo, por los defectos que dentro de si encierran y que con ellos, ocultos se  llevan a la sepultura, sin llegar  nunca a ser conscientes de este lapsus calamitoso y todo debido, a que tan fuerte es  su vanidad, como el orgullo que les ciega.

 

¡Oh triste de ti, ralea humana! Siempre en guerra constante, cuando no, contra de ti mismo,  si en contra de los demás. ¿Hasta donde tu destino te llevará? Y digo destino,  y no  camino, que  hayas elegido, porque el destino lo tenemos ya anunciado, es nuestro final, pero en cuanto al camino… si apenas lo distinguimos? Desgraciado serás,  no, porque hayas nacido, sino por  vivir con tanto desatino, y terminar muriendo entre las fauces de esos perros, servidores del gran dragón. Me pregunto yo: ¿Se habrá cumplido y quedado satisfechos,  con ello,  aquellos que os recompusieron?

 

Y gracias a que todo viento que sopla en la tierra, no sea huracanado y brisas suaves, soplen a veces, para calmar a ese monstruo que dentro de nosotros ya  llevamos y no nos permite vivir en paz y concordia, que si esto, no fuera así, hasta yo  mismo diría que el infierno no existe,  ¿Pero, realmente… no  vivimos en él?

 

Nota del autor: Cuando terminada hube esta leyenda, me dije para mí, Manuel, si te has pasado, te has cagado, o quizás con suerte, alguien la lea. Y luego pensé, con el trabajo y tiempo que he empleasdo, no voy a tirarla hora a la papelera. E ipso-facto, con la confianza de que me lo publiquen,  se la envié al Director de este Periódico.


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