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¿Por qué tal empeño de viajar y hacer kilómetros,
por el mero hecho de que estemos de vacaciones, cuando nada nos falta en nuestro
hogar, incluyendo sol y playa?
Mire usted por donde, en este afán por
desplazarnos y salir de casa, he llegado a la conclusión, de que se está mejor
en la propia de uno, con toda clase de utensilios a la mano y sin gastos extras
para servirse de ellos, amen de molestias y riesgos impredecibles, que le restan
aliciente a los viajes y hasta pueden producir cansancio y cambio de conducta,
sobre todo, cuando vas a buscar algo, y no lo hallas, bien, porque no lo hay o
no lo encuentras, y como consecuencia de ello te cabreas y todo debido a ese
afán de salir de casa.
La anécdota que voy a narrar, surgió, como
consecuencia, de que uno de mis hijos, se le ocurriera ofrecerme una alternativa
de cambio: ¡Papa!, ¿por qué no os vais tú y mamá un fin de semana a la casa que
tenemos en el pueblo, ahora, que nadie la habita, y pasáis el fin de semana
allí? En primera instancia, lo dudé, pero al final, me dije: Es la ocasión de
romper con esta rutina diaria, para cambiar de vida y apartarnos de cualquier
compromiso que tengamos.
Sin más pensarlo, junto a mi costilla, merecedora,
también de tomarse un respiro en las tareas de la casa, allá nos trasladamos. “A
pasarlo bien” aunque de sobra sabe usted, querido lector, que cuando se entra en
una casa que ha estado cierto tiempo deshabitada, nada más entrar en ella, lo
primero que has de procurar es ventilarla y a continuación quitarle todo el
polvo o suciedad que haya acumulado, tarea, que en su mayor parte, se presta
hacerlo la mujer, que casos hay, en los que el hombre, no aporta ni un ápice de
contribución. Será obligado, conocer y memorizar donde están los utensilios
domésticos y como funcionan algunos de ellos, de los cuales habrás de servirte.
Un pueblecito, éste, de Cádiz, cercano, desde
donde se puede contemplar el mar y del cual, no menciono su nombre, porque mi
intención es sólo hablar de lo que viviendo en él le puede ocurrir a cualquiera
que desee pasarse algunos días en él. Agradable por supuesto, donde se vive con
cierto sosiego y un sano aire vivificador, que oxigena los pulmones y hasta te
da la sensación de que te los infla más. Un lugar silencioso, donde no contamina
el ruido ni los gases, sus casas, casi todas, de poca altura, y construidas de
tal manera que mitiga las inclemencias del tiempo.
Sin embargo, yo, personalmente si tuve un
impedimento arduo de superarlo y que no pienso silenciar, son específicamente
sus calles, todas, todas ellas, cuestas arriba y cuestas abajo, algo que para
los autóctonos del lugar, incluyendo a los más ancianos, no les resultaba
difícil de culminar, pues acostumbrados están a ello, y como me indicara un
vecino, de la villa; aquí los músculos y pulmones, se desarrollan y se
fortalecen, debido a este esfuerzo que todos hemos de realizar cuando nos
trasladamos a pie y si se fija usted bien, añadía con cierto énfasis; pocas
personas obesas encontrará usted por aquí. Y comprobarlo pude, que cierto era lo
que me estaba contando, cuando observé, cómo algunos de mi misma edad, con
agilidad, y más ligeros de peso que yo, trepaban por aquellas cuestas, sin
apenas notarlo. En cambio, un servidor, que se le aconteció darse “una
vueltecita de recreo” por la villa, no le ocurrió lo mismo, solamente, cuando
tomé la cuesta hacia abajo, para mí, era coser y cantar, como también decimos,
pan comido, en una palabra, porque en tres zancadas, me ponía en el otro extremo
de la calle, mas, cuando hube de regresar, ¡válgame Dios y la Virgen María! Qué
duro se me hizo el retorno; mientras subía, medio palmo de lengua de la boca,
afuera se me salía, de puro cansancio, que de no haber hecho, más de un alto en
el camino y tomarme un buen respiro, en mi retorno a casa, este, no lo cuenta,
porque allí, en ese calvario sin cruz y si mucho peso, hubiese sufrido un
infarto de miocardio.
Una vez ya en mi domicilio, con mis energías algo
más recuperadas, y la lengua en su sitio, pudieron mis pulmones, recuperarse y
respirar de forma normal. Hallándome en este proceso, estaba, cuando mi mujer,
me preguntara: ¿Qué tal ese paseíto? Y yo le contestara: ¡Paseíto, paseíto, el
que me hubiesen dado a mí, si no llego a hacer varios altos en el camino! Así,
que sin pensarlo, le propusiera, si no le parecía mal, recoger nuestros bártulos
y regresar a casa, pues por aquí, le repliqué: Como, no se nos ha perdido nada
aquí, y para estar recluidos en una vivienda ajena, durante todo el día, pienso
yo, que la nuestra, es la mejor o al menos, con más facilidad de movimiento, a
esa amplia playa que tan cerca tenemos, llana llena de sol, mar y fina arena,
grande y hermosa como ninguna otra. ¿Sin embargo, aquí, en secano, que pintamos
tú y yo? Y cierto era, que cuando asomaba la cabeza por la puerta de la calle,
nada más de puro sorpresa, me impedía poner los pies en la calle, donde la
acera, me inducía a sospechar si sería allí, donde el pueblo, empezaría a tomar
tan rápida inclinación, y hasta en mi interior pude oír decir con sentido
amenazador: ¡Ni un paso más forastero, te las estás jugando!
Hombre, siempre piensa uno, que salir de casa es
confortable en gran medida, ilustra y le hace a uno salir de la rutina, a la
vez que te recreas y cambias de hábitos y practicas, como también, puedes llegar
a descubrir nuevos escenarios y gentes, a los que podrás conocer y platicar
con ellos. Claro, que para todo, es necesario, contar con buen estado de
ánimo, ganas y medios suficientes para pasarlo bien.
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