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 LAS CARTAS DE DON MANUEL

Viajar, no siempre es recomendable

 MANUEL RUBIO

 

 

FOTO: MANUEL RUBIO

¿Por qué tal empeño de viajar y hacer kilómetros, por el mero hecho de que estemos de vacaciones, cuando nada nos falta en nuestro hogar, incluyendo sol y playa? 

 

Mire usted por donde, en este afán por desplazarnos y salir de casa, he llegado a la conclusión, de que se está mejor en la propia de uno, con toda clase de utensilios a la mano y sin gastos extras para servirse de ellos, amen de molestias y riesgos impredecibles, que le restan aliciente a los viajes y hasta pueden producir cansancio y cambio de conducta, sobre todo, cuando vas a buscar algo, y no lo hallas, bien, porque no lo hay o no lo encuentras, y como consecuencia de ello te cabreas y todo debido a ese afán de salir de casa.

 

La anécdota que voy a narrar, surgió, como consecuencia, de que uno de mis hijos, se le ocurriera ofrecerme una alternativa de cambio: ¡Papa!,  ¿por qué no os vais tú y mamá un fin de semana a la casa que tenemos en el pueblo, ahora, que nadie la habita, y pasáis el  fin  de semana allí? En primera instancia, lo dudé, pero al final, me dije: Es la ocasión de romper con esta rutina diaria, para cambiar de vida y apartarnos de cualquier compromiso que tengamos.

 

Sin más pensarlo, junto a mi costilla, merecedora, también de tomarse un respiro en las tareas de la casa, allá nos trasladamos. “A pasarlo bien” aunque de sobra sabe usted, querido lector, que cuando se entra en una casa que ha estado cierto tiempo deshabitada, nada más entrar en ella, lo primero que has de procurar es ventilarla y a continuación quitarle todo el polvo o suciedad que haya acumulado, tarea, que en su mayor parte, se presta hacerlo la mujer, que casos hay, en los que el hombre, no aporta ni un ápice de contribución. Será obligado, conocer y memorizar donde están los utensilios domésticos y como funcionan algunos de ellos, de los cuales habrás de servirte.

 

Un pueblecito, éste, de Cádiz, cercano, desde donde se puede contemplar el mar y del cual, no menciono su nombre, porque mi intención es sólo hablar de lo que viviendo en él le puede ocurrir a cualquiera que desee pasarse algunos días en él. Agradable por supuesto, donde se vive con cierto sosiego y un sano aire vivificador, que oxigena  los pulmones y hasta te da la sensación de que te los infla más. Un lugar silencioso, donde no contamina el ruido ni los gases, sus casas, casi todas, de poca altura, y construidas de tal manera que mitiga las inclemencias del tiempo.

 

Sin embargo, yo, personalmente si tuve un impedimento arduo de superarlo y que no pienso silenciar, son específicamente sus calles, todas, todas ellas, cuestas arriba y cuestas abajo, algo que para los autóctonos del lugar, incluyendo a los más ancianos, no les resultaba difícil de culminar, pues acostumbrados están a ello, y como me indicara un vecino, de la villa; aquí los músculos y pulmones, se desarrollan y se fortalecen, debido a este esfuerzo que todos hemos de realizar cuando nos trasladamos a pie y si se fija usted bien, añadía con cierto énfasis; pocas personas obesas encontrará usted por aquí. Y comprobarlo pude, que cierto era lo que me estaba contando, cuando observé, cómo algunos de mi misma edad, con agilidad, y más ligeros de peso que yo, trepaban por aquellas cuestas, sin apenas notarlo. En cambio, un servidor, que se le aconteció darse “una vueltecita de recreo” por la villa, no le ocurrió lo mismo, solamente, cuando tomé la cuesta hacia abajo, para mí, era coser y cantar, como también decimos, pan comido, en una palabra, porque en tres zancadas, me ponía en el otro extremo de la calle, mas, cuando hube de regresar, ¡válgame Dios y la Virgen María! Qué duro se me hizo el retorno; mientras subía, medio palmo de lengua de la boca, afuera se me salía, de puro cansancio, que de no haber hecho, más de un alto en el camino y tomarme un buen respiro, en mi  retorno a casa, este, no lo cuenta, porque allí, en ese calvario sin cruz y si mucho peso,  hubiese sufrido un  infarto de miocardio. 

 

Una vez ya en mi domicilio, con mis energías algo más recuperadas, y la lengua en su sitio, pudieron mis pulmones, recuperarse y respirar de forma normal. Hallándome en este proceso, estaba, cuando mi mujer, me preguntara: ¿Qué tal ese paseíto? Y yo le contestara: ¡Paseíto, paseíto, el que me hubiesen dado a mí, si no llego a hacer varios altos en el camino! Así, que sin pensarlo, le propusiera, si no le parecía mal, recoger nuestros bártulos y regresar a casa, pues por aquí, le repliqué: Como, no se nos ha perdido nada aquí, y para estar recluidos en una vivienda ajena, durante  todo el día, pienso yo, que la nuestra, es la mejor o al menos, con más facilidad de movimiento, a esa  amplia playa que tan cerca tenemos, llana llena de sol, mar y fina arena, grande y hermosa como ninguna otra. ¿Sin embargo, aquí, en secano, que pintamos tú y yo? Y cierto era, que cuando asomaba la cabeza por la puerta de la calle, nada más de puro sorpresa, me impedía poner los pies en la calle, donde la acera, me inducía a sospechar si sería allí, donde el pueblo, empezaría a tomar tan rápida inclinación, y hasta en mi interior pude oír decir con sentido amenazador: ¡Ni un paso más forastero, te las estás jugando!

 

Hombre, siempre piensa uno, que salir de casa es confortable en gran medida,  ilustra y le hace a uno salir de la rutina, a la vez que te recreas y cambias de hábitos y practicas, como también, puedes llegar a descubrir  nuevos escenarios y gentes, a los que podrás conocer y  platicar con ellos. Claro, que para todo, es necesario, contar con buen estado de ánimo, ganas y medios suficientes para pasarlo bien.


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