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El día 13 martes, superé una crisis gripal,
que a punto estuvo de impedirme concluyera este escrito. Hoy, “felizmente” como
años anteriores, le he ganado el pulso de nuevo a tan abominable indisposición,
que, como de costumbre, se ha cebado sobradamente en mi persona y dejado
extenuado.
En torno al pensamiento que sobre la muerte
tenemos, giran todas las culturas y organizaciones sociales humanas. Es el
respeto que siempre infunde una persona difunta las que nos lleva a experimentar
ciertas sensaciones de pavor o temor. Personales conjeturas sobre ello, que nos
las reservamos, aunque, por otro lado, por tratarse de un tema de envergadura,
no se la debe ignorar, no ya como tal estudio científico, sino, bajo el punto
de vista, o interpretación personal, que cada cual le da a ello.
¿No han reparado ustedes, en que hay personas,
que al departir con ellos sobre el tema de la muerte, les hace cambiar el color
de su rostro y hasta se descomponen? Y cuando ocurre un deceso cercano a ellos,
como es natural, les cuesta superarlo. Pero seamos sinceros, y reconozcamos,
que a todos en general, nos cuesta asumir, este triste final, impuesto por
designio divino o ley de la naturaleza.
A los occidentales, sobre todo, mayores en edad y
gobierno, que traspasado hemos los limites medios de vida, porque nuestra
naturaleza o el cielo ha sido generoso con nosotros, entendemos, que el hecho de
haber vivido mucho e irnos bien, no nos permite afianzarnos en esta posición,
pero tampoco, por ello, nos deberemos acomplejar, ni caer en la impotencia, si
no al revés, lograr una vida lo más posible fructífera y beneficiosa para el
resto del tiempo que nos quede por vivir, consiguiendo así, que ésta, sea más
atractiva e interesante. Que por supuesto siempre estará en armonía con nuestra
mentalidad, salud y carácter.
Si es cierto, que el longevo, sufre los azotes de
las enfermedades epidémicas, con más contundencia, y en número, los que menos
las superen, mientras contempla como el resto logra felizmente salir indemne de
ellas, tampoco por ello, hay que perder el apego a vivir con cierto optimismo y
alegría porque, ya, ver salir el sol, diariamente, es una gran satisfacción para
los seres racionales que sobreviven.
Es notable, comentar a la gente de la calle,
cuando se refieren al difunto: “Era un hombre mayor ya” sobre todo cuando
se enfatiza con el término ya. O si sufría una enfermedad congénita por
culpa del tabaco, el alcohol u otra droga, u otras secuelas, para el vulgo, es
considerado de forma sutil y sin fundamento como una “atenuante” que “justifica”
su fallecimiento, “por el poco cuidado o abuso que haya hecho de su vida”.
¡Pues claro, insensato, que alguna razón debe
haber antes de morirse, para que lo lleve a este triste final! Sea cual
fuere, no se le debe culpar a nadie, de lo que hizo antes con su salud.
Y es que pensando así, el individuo llega a
imaginar, estar más lejos de esta “mala racha” que representa este desfile
cotidiano hacia el otro mundo, por lo que luchará éste timorato personaje en
todo momento, para distanciarse en la medida de lo que le sea posible, de esos
otros que van cayendo, como si con él, esto no fuera. Ahora más, si se trata de
un accidente y además es persona joven, también le encontrará un justificante
al hecho, de habérsele adelantado. Y así, caiga quien caiga o le
ocurra, cualquier desgracia, les servirá para no alterarse en exceso y pensar
que son accidentes “que le ocurren a la gente, menos a el”.
Recuerdo de tiempos no lejanos, cuando a la hora
del desayuno, sobre todo personas mayores, abrían la prensa y lo hacían por la
sección de las esquelas mortuorias, por si aparecía algún familiar o conocido,
estar al tanto, tampoco pasaría por alto la edad del difunto, para a
continuación compararla con la suya, y a renglón seguido, enterarse si
había recibido los santos sacramentos y la bendición e la iglesia. Dos
motivos con los que, mi abuelita quedaría conforme, tras rezarle alguna plegaria
al alma en pena, aunque no lo conociera. . Si, se apenaría mucho, cuando de
otro menos anciano que ella se tratase, que no por ello, dejaría de buscarle
también un pretexto o explicación “para justificar su fallecimiento y el que
ella permaneciera aún con vida”.
Pensar en la muerte en occidente, es una
materia molesta, para aquellos, que no teniendo unos principios religiosos
fuertes y si colmadas sus necesidades en la tierra, disfrutando de este
paraíso. Se acongojaran y buscaran la forma para no pensar en su último
destino, pero al final, para todos será una pesadilla que tendrán que
sobrellevar. Sin embargo, en el “lejano” oriente, hablemos de India, y otros
lugares donde abunda la depauperación y miseria, basándose, en el poco valor
que la vida tiene para ellos, no les aflige, que en cualquier momento, sus
cuerpos dejen de sufrir, para pasar a una mejor vida, una ironía mordaz y
cruel, pero real. Por lo que el coste o evaluación de la vida, estará siempre
en consonancia con lo que cada cual la valore y el apego que le tenga a los
bienes terrenales.
Es la vida del hombre, es como una reducida
estancia de espera, con dos puertas, una de entrada y otra de salida o
escape. Traspasarlas, siempre suponen una gran conmoción, de alegría en los
familiares, cuando se entra, (se nace), y de dolor o turbación, cuando se
traspasa, la segunda puerta, o sea cuando se perece.
Fatuas serán las cabalas que cada cual, haga sobre
el tiempo de permanencia en la tierra, porque escrito está, desde la
eternidad, el día que has de nacer, como el que has de morir, pero si te
consideras creyente, solo podrás pedir a quien rige tu vida, sea este último
momento, lo más rápido y menos doloroso posible, no solo para uno mismo, sino
para los que le rodean.
Y por último permitirme contaros una anécdota tan
curiosa como cierta: Y es, que hoy, justamente, escribiendo este tema “pensando
en mi enfermedad” me ha llegado el incremento que va a tener mi póliza de
decesos y que de seguir viviendo, pienso yo, que el día que me muera, habré
pagado más que con creces mi incineración ¡Esto si que es una pena
señores! que para morirse haya que pagar. y en cuanto más larga sea la vida
de uno, más costoso le será también diñarla. Y todo debido al mal
funcionamiento en el que se desenvuelve nuestra sociedad.
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