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 LAS CARTAS DE DON MANUEL

Puerta de escape

 MANUEL RUBIO

 

 

FOTO: MANUEL RUBIO

El día 13 martes, superé una crisis gripal, que a punto estuvo de impedirme concluyera este  escrito. Hoy, “felizmente” como años anteriores, le  he ganado el pulso de nuevo a tan abominable indisposición, que, como de costumbre, se ha cebado sobradamente en mi persona y dejado extenuado.

 

En torno al pensamiento que sobre  la muerte tenemos, giran todas las culturas y organizaciones sociales humanas. Es el  respeto que siempre infunde una persona difunta las que nos lleva a experimentar ciertas sensaciones de pavor o temor. Personales conjeturas sobre ello, que nos las reservamos, aunque, por otro lado, por tratarse de un tema de envergadura, no se la debe ignorar,  no ya como tal estudio científico, sino, bajo el punto de vista, o interpretación personal, que cada cual le da a ello.

 

¿No han reparado ustedes, en que hay personas, que al departir con ellos sobre el tema de la muerte, les hace cambiar el color de su rostro y hasta se descomponen? Y cuando ocurre un deceso cercano a ellos, como es natural, les cuesta superarlo. Pero seamos sinceros,  y reconozcamos, que a todos en general, nos cuesta asumir, este triste final, impuesto por designio divino o ley de la naturaleza.

  

A los occidentales, sobre todo, mayores en edad y gobierno, que traspasado hemos los limites medios de vida, porque nuestra naturaleza o el cielo ha sido generoso con nosotros, entendemos, que el hecho de haber vivido mucho e irnos bien, no nos permite afianzarnos en esta posición, pero tampoco, por ello, nos deberemos acomplejar, ni caer en la impotencia, si no al revés, lograr una vida lo más posible fructífera y  beneficiosa para el resto del tiempo que nos quede por vivir, consiguiendo así, que ésta, sea más atractiva e interesante. Que por supuesto siempre estará  en armonía con nuestra mentalidad, salud y carácter.

 

Si es cierto, que el longevo, sufre los azotes de las enfermedades epidémicas, con más contundencia, y en número, los que menos las superen,  mientras contempla como el resto logra felizmente salir indemne de ellas, tampoco por ello, hay que perder el apego a vivir con cierto optimismo y alegría porque, ya, ver salir el sol, diariamente, es una gran satisfacción para los seres racionales que sobreviven.

 

Es notable, comentar a la gente de la calle, cuando se refieren al difunto: “Era un hombre mayor ya” sobre todo cuando se enfatiza con el término ya. O si sufría una enfermedad congénita por culpa del tabaco, el alcohol u otra droga, u otras secuelas,  para el vulgo, es considerado de forma sutil y sin fundamento como una “atenuante” que “justifica” su fallecimiento, “por el poco cuidado o abuso que  haya hecho de su vida”.

 

¡Pues claro, insensato,  que alguna razón debe haber antes  de morirse, para que lo lleve a este triste final! Sea cual fuere, no se le debe culpar a nadie, de lo que hizo antes con su salud.

 

Y es que  pensando así, el individuo llega a imaginar, estar más lejos de esta “mala racha” que representa este desfile cotidiano hacia el otro mundo, por lo que luchará  éste timorato personaje en todo momento, para distanciarse en la medida de lo que le sea posible, de esos otros  que van cayendo, como si con él, esto no fuera. Ahora más, si se trata de un accidente y además  es persona  joven, también le encontrará un justificante  al  hecho, de habérsele adelantado. Y así,  caiga quien caiga o le  ocurra, cualquier desgracia, les servirá para no alterarse en exceso y pensar que son accidentes “que le ocurren a la gente, menos a el”.

 

Recuerdo de  tiempos no lejanos, cuando a la hora del desayuno, sobre todo personas mayores, abrían la prensa y lo hacían por la sección de las esquelas mortuorias, por si aparecía algún familiar o conocido, estar al tanto, tampoco pasaría por alto la edad del difunto, para a continuación compararla  con la suya, y a renglón seguido, enterarse si había recibido los santos sacramentos y la bendición e la iglesia. Dos motivos con los que, mi abuelita quedaría conforme, tras rezarle alguna plegaria al alma en pena, aunque no lo conociera. . Si, se apenaría mucho,  cuando de otro menos anciano que ella se tratase, que no por ello,  dejaría de buscarle también un pretexto o explicación “para justificar su fallecimiento y el que ella permaneciera aún con vida”.

 

Pensar en la muerte en occidente,  es una materia molesta, para aquellos, que  no teniendo unos principios religiosos fuertes y si colmadas sus necesidades en la tierra,  disfrutando de este paraíso. Se acongojaran  y buscaran la forma para no pensar en su último destino, pero al final, para todos será una pesadilla que tendrán que sobrellevar. Sin embargo, en el “lejano” oriente, hablemos de India, y otros lugares donde abunda la depauperación y miseria,  basándose,  en el poco valor que la vida tiene para  ellos,  no les aflige, que en cualquier momento, sus cuerpos dejen de sufrir, para pasar a una  mejor vida, una ironía mordaz y cruel, pero real. Por lo que  el coste o evaluación de la vida, estará siempre en consonancia con lo que cada cual la valore y  el apego que le tenga a los bienes terrenales.

 

Es la vida del hombre, es como una reducida estancia de espera, con dos  puertas, una  de entrada y otra  de salida o escape. Traspasarlas, siempre suponen una gran conmoción, de  alegría en los familiares, cuando se entra, (se nace), y de dolor o  turbación,  cuando se traspasa, la segunda puerta, o sea cuando se perece.

 

Fatuas serán las cabalas que cada cual, haga sobre el  tiempo de permanencia en la tierra, porque escrito está, desde la eternidad,  el día que has de nacer,  como el que has de morir, pero si te consideras  creyente, solo podrás pedir a quien rige tu vida, sea este último momento,  lo más rápido y menos doloroso posible, no solo para uno mismo, sino para los que le rodean.

 

Y por último permitirme contaros una anécdota tan curiosa como cierta: Y es, que hoy, justamente, escribiendo este tema “pensando en mi enfermedad” me ha llegado  el incremento que va a tener mi póliza de decesos  y que de seguir viviendo, pienso yo, que el día que me muera, habré pagado más que con creces mi incineración ¡Esto si que es una pena señores! que para morirse haya que pagar. y en cuanto más larga sea la vida de uno, más costoso le será también diñarla. Y todo debido al mal funcionamiento  en el que se desenvuelve nuestra sociedad.


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