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Pudo haber ocurrido en Cádiz donde resido, pero
fue en Sevilla, ciudad, en la que pasé algunos años de mi juventud y a la que,
cada vez que vuelvo, por razones varias, me pasma contemplar, el gran incremento
que va tomando, tanto, la vivienda, como la población y si a todo ello, le
añadiésemos el enorme parque móvil que circula sin demora por doquier, como de
extranjeros que por ella transitan, podríamos considerarla, como una de las
ciudades más bellas y cosmopolitas de España. Aún así, si me sigue gustando, es
por estar llenos sus barrios y río de un hechizo histórico que le imprime un
sello especial de ciudad con altos valores culturales Y si añoro aquella otra,
que conocí, es porque era más tranquila y menos congestionada, pero baluarte
siempre, ha sido de culturas que supieron embellecerla con hermosos monumentos.
Sevilla será siempre, centro espiritual, político y social de Andalucía y sede
central del parlamento.
Bulle la gente aprisa, entre el ruido de los
vehículos y el CO2 que estos expulsan. Una ciudad, de todas formas, antaño como
hogaño, acogedora, si es que no fuera por los meses de canícula acentuada que
sufre en verano. Una nueva camada de gente joven que se incorpora a la futura
plana mayor de la sociedad, con sus novedosas formas de diversión, que a padres
y mayores, siempre nos ha dado tanto que hablar. Modernas generaciones, como
todas, en busca de nuevas experiencias, que les repare una vida más
fascinante, generosa. y complaciente.
Después de transitar por algunas de aquellas
calles de nuestro alrededor, acompañado, por dos miembros de mi familia y haber
contemplado pasar multitud de gente de toda índole y presencia, entramos en un
supermercado cercano a la estación de San Bernardo, para proveernos, entre otras
cosas, de pan. En este último menester estábamos, cuando, justo, dentro de este
establecimiento, tuve contacto con dos hispalenses, hombres maduros, y
aparentemente de buena catadura. El caso que me trae, fue, que tras estar en
dicha cola, sin quererlo, me vi involucrado en una paradójica discusión, sin
saber por qué. Todo debido a ese riguroso control que el público exige, para
guardar la cola- Mas, en dicho establecimiento, en ese momento, no estaba en
funcionamiento, el tal rollito o tira de numeritos, del que los clientes van
extrayendo conforme entran, por lo que debido a ello, se suscitó una polémica,
que si bien no duró mucho si pudo haberse evitado. Uno, que entra y pide la
vez, mientras otro, que ya la tenía, se marcha a comprar tabaco y cuando éste
último, retorna, sucede lo “previsto”, que ambos, se dirigen al mostrador al
mismo tiempo. Y es aquí, cuando surge la discusión, de si uno, había entrado
antes que el otro y si este otro, ya tenía la vez, porque se le había dado la
persona que comprando estaba, Nada, ensalzados en una vana y tonta discusión, un
servidor con el deseo de poner paz, más que orden, intervengo, para zanjar la
bronca, exclamando: ¡¡Señores, que por unos segundos más o menos, no hay que
llegar a excitarse tanto!! Nula fue mi intervención, porque tan exaltados
estaban los ánimos de ambos, que ni siquiera, me oyeron. Como la cosa más bien
se ponía fea y nosotros, teníamos ya el pan en mano, invité a a mis
acompañantes, a hacer mutis por la puerta más cercana. Y así lo hicimos. Una vez
en la calle, le pregunté a mi hermana ¿Tu le diste la vez al del tabaco? y me
contestó: ¡Sí!, pues entonces, la discusión la he provocado yo, porque cuando
entró el segundo, fui yo, quien sin saber hubiese otro por delante, le diera la
vez. Marchando estábamos de vuelta ya a casa, cuando al que consideraba más
impulsivo de los dos, éste, con paso acelerado, se pone a nuestra altura y nos
manifiesta: “Alguien allí dentro, ha tenido que liarla”. Y me dije para mí:
Seguro que para éste, hoy es un día aciago, su entrecejo y tirantez de labios,
denunciaban su mal estado de ánimo. Nuestro prudente silencio, fue la única
contestación válida que se le podía dar, para que tan conflictivo personaje
continuara sus pasos y se alejara de nosotros.
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