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 LAS CARTAS DE DON MANUEL

Viajamos con el tiempo

 MANUEL RUBIO

 

 

FOTO: MANUEL RUBIO

Funciona nuestro cerebro, como una coctelera, en la que, conocimientos, pensamientos y –poéticamente dicho- hasta simbolismos abstractos son mezclados. El barman que los agita, es nuestro intelecto, que le da punto y “sabor”, al “agrado” de cada cual. Aunque siempre habrá, agoreros o inoportunos que agrien la mezcla.

 

Viajamos en un compartimiento infinitamente muy pequeño del tiempo, a velocidad vertiginosa, aunque no lo parezca, con un solo billete de ida, mas, ninguno de vuelta. Mientras e incasablemente, sin que  lo percibamos, la tierra, sobre la que estamos asentados, también lo hace durante los 365 días del año. Y digo esto, porque pienso, que todo cuerpo o elemento sea celeste o no, incluyendo al hombre, sigue un dinamismo que le impulsa y  da vida, en una trayectoria hacia el tiempo y el espacio. Conocemos nuestro destino, pero no día ni hora en el que cada cual, culminará el viaje, solo vislumbraremos  las salidas, por las que seremos desplazados hacia lo desconocido, hacia un vacío doloroso y no menos misterioso del que nadie jamás ha vuelto para contarnos lo que allí ocurre.  Aquellos que nos acompañan, con aflicción, nos dirán adiós, para continuar viaje hacia ese “lugar” que a todo humano se nos tiene designado.

 

Nuestra permanencia en la tierra, tan breve es, que ni merece la pena contar su tiempo, pero si compararlo, con los siglos transcurridos y generaciones pasadas. Todas ellas, ya perdidas en el olvido. Tanto es, que cuando se nos hace mención de algunos de sus hechos o personajes históricos, brotan éstos,  en nuestra mente, como si de  espectros resucitados se trataran, para transmitirnos, aquello, que la tradición, y la misma historia junto con nuestra imaginación le hayan ido aportando, para revelarnos, que, en alguna lugar y tiempo, ellos también estuvieron o (quizás) existieron.

 

¡Si son, los recuerdos próximos, de los, que no hace mucho, nos precedieron y ocurre que sus imágenes e identidad cuando las contemplamos, con el transcurrir del tiempo, comprobamos, como se van diluyendo lentamente en nuestra memoria, a pesar nuestro!

 

Se afana el hombre en echar raíces en la tierra, y apoderase de todo aquello que a su alcance tiene y ansía, sin pensar que tal carga, en este éxodo hacia lo desconocido,  no la podrá llevar consigo. Y es que cuanto más se afianza, en las cosas terrenales, más  dolorosa le resulta la partida. Debido a que, en su contacto con el mundo, los viajeros, distraídos, con los mil y un cachivaches que se les muestran o se les ofrecen,  no son más que puros pasatiempos, que  les llena de gozo, les hace el viaje más placentero a la vez que los aleja  de la triste realidad, la de ese angustioso fin que les espera.

 

Si se conociera la genealogía del cuerpo humano, se sabría de donde procede el hombre  y cual es su  destino final una vez terminado haya, su periplo por la tierra. Porque el  cuerpo de la persona, solo es, materia, la vestidura o prenda visible, para poder comunicarse con ese todo formado por el colectivo de los seres vivientes  pero sobre todo cobijo temporal del alma, parte invisible y esencial en la existencia del hombre. Ambos, cuerpo y alma,  procedentes  del Gran Creador,  a través del tiempo, el primero, habrá ido evolucionando, hasta llegar a lo que ahora es. Y especulando, que este  cuerpo, parte material, se iniciara a partir del mineral (o barro) , en una escala ascendente de valores, en la que el alma, sin duda, se los ha ido aportando, para su perfeccionamiento, me lleva a considerar, haya sido, quien le ha dado a éste, el tamaño y el perfil humano (¿espiritual?), que actualmente tiene,  con la ayuda de la inteligencia y los sentidos, hasta llegar a  diferenciarse del resto de los seres vivos, o sea, del reino animal,. Terminado este éxodo o periplo,  materia y espíritu se separaran, volviendo el primero,  a su lugar, de origen, la tierra,  y el segundo, el alma,  a  Dios o destino que Éste le tenga preservado. Aunque la materia llama a la materia, la misión del cuerpo es como ya he indicado, la de servir como valuarte, para que el alma la habite, enclaustrándose en él, donde morará hasta agotar  sus días de existencia. Y cuando el templo, que custodia su halito a quebrarse haya comenzado, y sus dolencias, sus muros desgarre, al cielo le ruego, que antes, de que el  espíritu liberado del cuerpo se vea,  sus restos, cremados o a la tierra vueltos sean, para que  sus cenizas, en su día,  volar puedan,  sobre los montes altos  y verdes praderas. Y aún más,  si posible fuera, al viento, yo le insinuaría,  los esparciera, sobre aquellos lugares que más  hubiese amado, y allí conservarlos hasta el Último Día. Si  es que, tal súplica, oída me fuera.


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