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Funciona nuestro cerebro, como
una coctelera, en la que, conocimientos, pensamientos y –poéticamente dicho-
hasta simbolismos abstractos son mezclados. El barman que los agita, es nuestro
intelecto, que le da punto y “sabor”, al “agrado” de cada cual. Aunque siempre
habrá, agoreros o inoportunos que agrien la mezcla.
Viajamos en un compartimiento
infinitamente muy pequeño del tiempo, a velocidad vertiginosa, aunque no lo
parezca, con un solo billete de ida, mas, ninguno de vuelta. Mientras e
incasablemente, sin que lo percibamos, la tierra, sobre la que estamos
asentados, también lo hace durante los 365 días del año. Y digo esto, porque
pienso, que todo cuerpo o elemento sea celeste o no, incluyendo al hombre, sigue
un dinamismo que le impulsa y da vida, en una trayectoria hacia el tiempo y el
espacio. Conocemos nuestro destino, pero no día ni hora en el que cada cual,
culminará el viaje, solo vislumbraremos las salidas, por las que
seremos desplazados hacia lo desconocido, hacia un vacío doloroso y no menos
misterioso del que nadie jamás ha vuelto para contarnos lo que allí ocurre.
Aquellos que nos acompañan, con aflicción, nos dirán adiós, para continuar viaje
hacia ese “lugar” que a todo humano se nos tiene designado.
Nuestra permanencia en la
tierra, tan breve es, que ni merece la pena contar su tiempo, pero si
compararlo, con los siglos transcurridos y generaciones pasadas. Todas ellas, ya
perdidas en el olvido. Tanto es, que cuando se nos hace mención de algunos de
sus hechos o personajes históricos, brotan éstos, en nuestra mente, como si de
espectros resucitados se trataran, para transmitirnos, aquello, que la
tradición, y la misma historia junto con nuestra imaginación le hayan ido
aportando, para revelarnos, que, en alguna lugar y tiempo, ellos también
estuvieron o (quizás) existieron.
¡Si son, los recuerdos
próximos, de los, que no hace mucho, nos precedieron y ocurre que sus imágenes e
identidad cuando las contemplamos, con el transcurrir del tiempo, comprobamos,
como se van diluyendo lentamente en nuestra memoria, a pesar nuestro!
Se afana el hombre en echar
raíces en la tierra, y apoderase de todo aquello que a su alcance tiene y ansía,
sin pensar que tal carga, en este éxodo hacia lo desconocido, no la podrá
llevar consigo. Y es que cuanto más se afianza, en las cosas terrenales, más
dolorosa le resulta la partida. Debido a que, en su contacto con el mundo, los
viajeros, distraídos, con los mil y un cachivaches que se les muestran o se les
ofrecen, no son más que puros pasatiempos, que les llena de gozo, les hace el
viaje más placentero a la vez que los aleja de la triste realidad, la de ese
angustioso fin que les espera.
Si se conociera la genealogía
del cuerpo humano,
se sabría de donde procede el hombre y cual es su destino final una vez
terminado haya, su periplo por la tierra. Porque el cuerpo de la persona,
solo es, materia, la vestidura o prenda visible, para poder comunicarse
con ese todo formado por el colectivo de los seres vivientes pero sobre
todo cobijo temporal del alma, parte invisible y esencial en la existencia del
hombre. Ambos, cuerpo y alma, procedentes del Gran Creador, a través del
tiempo, el primero, habrá ido evolucionando, hasta llegar a lo que ahora es. Y
especulando, que este cuerpo, parte material, se iniciara a partir del mineral
(o barro) , en una escala ascendente de valores, en la que el alma, sin duda, se
los ha ido aportando, para su perfeccionamiento, me lleva a considerar, haya
sido, quien le ha dado a éste, el tamaño y el perfil humano
(¿espiritual?), que actualmente tiene, con la ayuda de la inteligencia y
los sentidos, hasta llegar a diferenciarse del resto de los seres vivos, o sea,
del reino animal,. Terminado este éxodo o periplo, materia y espíritu se
separaran, volviendo el primero, a su lugar, de origen, la tierra, y el
segundo, el alma, a Dios o destino que Éste le tenga preservado. Aunque la
materia llama a la materia, la misión del cuerpo es como ya he indicado, la de
servir como valuarte, para que el alma la habite, enclaustrándose en él, donde
morará hasta agotar sus días de existencia. Y cuando el templo, que custodia su
halito a quebrarse haya comenzado, y sus dolencias, sus muros desgarre, al cielo
le ruego, que antes, de que el espíritu liberado del cuerpo se vea, sus
restos, cremados o a la tierra vueltos sean, para que sus cenizas, en su día,
volar puedan, sobre los montes altos y verdes praderas. Y aún más, si posible
fuera, al viento, yo le insinuaría, los esparciera, sobre aquellos lugares que
más hubiese amado, y allí conservarlos hasta el Último Día. Si es que, tal
súplica, oída me fuera.
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