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Sed risueños si os sale del alma, porque
mientras lo sintáis y con sinceridad lo hagáis, la vida os será más propicia.
Estar alegre, es una manifestación deseable, que tiene la propiedad de contraer
los músculos de la cara y arrugar la piel, dejando al descubierto labios y
dientes Una señal de educación y cortesía, más dada en ciertas
civilizaciones, y algunos pueblos.
Es una practica, que se adquiere, desde la
infancia, cuando la madre, se muestra por primera vez, ante su bebé, llena de
gozo y sonriente, para después, ya dependiendo del carácter y temperamento del
crío, éste, la desarrolle de forma similar. Una mueca que aparece en la
cara, que indica, estar favorable o complaciente para alguien y produce a la vez
cierto impacto en las personas con las que se asocia, más diría yo, como un
suplemento del lenguaje, para solazar las relaciones con los demás, en
ocasiones precisas. Hasta en momentos más críticos, se muestra este gesto,
que puede aliviar dolor e inquietudes de otros.
Hoy por desgracia, tanto se abusa de ella,
en espectáculos públicos, televisión, y otras ceremonias, que le hace pensar a
uno, si estas inagotables sonrisas, hayan sido además de estudiadas, fijadas en
la faz de quienes las manifiestan, mediante plastia u otros procedimientos de
cirugía estética con el propósito de mostrar y transmitir una falsa sensación al
espectador de alegría. Hay actores o presentadores que finge tan bien, la
sonrisa, con una falsa ingenuidad de la que carece y que es difícil de
descubrir. Sin embargo, otras, a veces, tan escandalosas y esforzadísimas son,
que se manifiestan con torrentes de carcajadas, dejando en este caso al
espectador con mal sabor de boca.
Risa sana poca hay, solo la de ese niño,
chico o grande, que te agradece algo que le has entregado: cariño, amor, o
pequeño regalo. O la de Marta Martínez con esa expresión tranquila y plácida que
nos muestra en su foto en Opinion. Y no, siempre, la de ese clérigo o
monja, que te sonríe, porque se lo enseñaron a practicar en el seminario, para
demostradnos su paz con Dios o su serenidad de espíritu. Ni la sonrisa de ese
mendigo, que sabe, le estas dando lo que te sobra por un acto de obligación
cristiana. Ni la sonrisa sarcástica de ese malévolo diablo, cuando va a
realizar una fechoría. Ni la que se produce por envidia o mal fondo, por el
hecho de haber sufrido alguien un tropiezo en la vida. Ni la del que, con
lisonja quiere ganar la voluntad de otro. O como no, no faltaría más, la de esos
políticos, que aparecen sonriendo para ganar votos etc. etc.
Aquí debería cerrar esta exposición, mas, me
queda una última, lúgubre, pero real y tangible, la cual, no debo eludir:
la de ese moribundo, antes de dejar esta tierra, cuando una sonrisa, se le
dibuja en la cara, ante los que le asisten, porque los dolores han desparecido
y el gran descanso eterno empieza a hacer acto de presencia en él. Una sonrisa
que desaparece de su cara, cuando la paz y el silencio, ya han envuelto todo su
ser, en su último suspiro, borrándose de ella, toda señal de vida. Culminando
este acto, serán las lágrimas y el llanto las que rompan el silencio de
aquellas personas que lo quisieron. Y es que llorar como reír puede ocurrir, en
cualquier momento o circunstancia de la vida. A llorar, nadie nos enseña, pero
si cierto es, que a soportarlo si se educa, en muchas culturas, para trasladar
las penas dentro de si mismo, manteniéndolas en un continuo silencio, que a
veces ni el tiempo borra. Porque llorar se inicia, el mismo día que se nace, y
dura hasta que uno muere.
Y para que esta breve exposición que sobre la
sonrisa he hecho, no acabe en hilaridad, aquí mismo, la corto sin el deseo, que
por ello os entristezcáis.
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