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 LAS CARTAS DE DON MANUEL

Maná del cielo (Al agua, un tesoro inapreciable)

 MANUEL RUBIO CERVILLA

marucer@mail.ono.es

 

FOTO: MANUEL RUBIO

A escribir me disponía, cuando de súbito, me sentí indispuesto y hube de abandonar la tarea que me proponía llevar a cabo. Todo, debido a ese  virus que irrumpe en nuestro organismo, e inflama la mucosa del estomago. Ocurre en estos meses estivales, cuando el calor se acentúa de tal forma, que el aire que entra en nuestros pulmones, tan abrasador es, que nos ahoga. Una gastroenteritis que deja a cualquiera, exhausto y mal parado, anulando el apetito y las ganas de desplazarse. Una molestia que impide el buen funcionamiento del estomago, y convierte al individuo en un guiñapo. En cuanto más, tu organismo, solo te pedirá agua y si intentas remediarlo con algún otro producto moderno de los que el mercado anuncia, para estos casos, te encontrarás, que en vez de remediar dicho mal, es muy probable, que  lo empeores, pues, por el mismo sitio, que este producto entrara, a salir volvería, más velozmente y sin previo aviso, acompañado, de cuantos otros restos que  en el estomago se encontraran, de vuelta en su camino hacia el exterior. 

 

¡Agua con limón, ¡si! ¡Y nada más!, a buchitos, es lo que desde en tiempos pasados se ha recomendado. En cuanto a la alimentación, no hay que inquietarse, el organismo está sobrado de reservas, y puede  mantenerse, si necesario fuese,  hasta varios días sin nutrirte. Pero atención,  el agua y  reposo que no  falte, y si posible te es, consulta con el doctor, sobre todo, si de bebés o niños chicos se tratase

 

Y hablando del agua: ¿La del grifo? Quizás, sea la mejor. ¿O la embotellada en recipientes de plástico? Esta última  llamada agua muerta, (que sobre ella, habría mucho que hablar). ¡Vaya usted a saber, de donde o en donde, las llenaron, si estuvieron o no, expuestas a la luz solar o apiladas en lugares no recomendables de temperatura etc!. Y como por añadidura, se da la circunstancia de que en muchas de las ocasiones, nos comportamos tacañamente, elegimos las botellas más baratas o aquellas, que estén en oferta.

 

Recuerdo con cierta melancolía, mi paso por  el Pirineo, las Sierras de Granada, y otros cientos de lugares en donde encontrarse se podían  riachuelos de aguas transparentes y  cristalinas. Buscar su procedencia, para ver brotar este preciado liquido de entre las piedras o fluyendo del mismo suelo, era para mí  una de las maravillas  más fantásticas que mostrar podía la naturaleza. Una vez alcanzado su nacimiento, metía en él, cabeza y manos y bebería  hasta saciarme y a la hora de arrancar de allí, ya preñado de ese aire puro y sano de la montaña, quedaría contemplándolo, para imprimir dicho lugar, dentro de mí, y no olvidarlo en el resto de mi vida.

 

Hoy, cuando se bebe un vaso de agua, se hace con cierto recelo, pues no confiamos en su procedencia,  o bien porque pensemos, esté contaminada, o manipulada. Depuradoras quizás de aguas residuales, en las que se le mezclan  productos químicos,  para purificarla o bien son sacadas de cualquier otro lugar, cercano donde se hayan producido vertidos nocivos en sus cauces). Me hago dos preguntas: ¿Cómo nos  protegerá la Administración de tanta ponzoña? y ¿Qué medidas además de las ya tomadas, se pondrán en práctica, para enriquecer y proteger  este liquido tan preciado? ¿Morirá el Viejo Continente por causa nuestra? Pero aún, si así, esto ocurriese, tengo la firmeza que se podrán contemplar  en el Nuevo Mundo, cascadas, saltos de agua y ríos, cuya única mezcla que  llevar pueda el agua, sea, el lodo de sus tierras mezclado con  ese  olor que deja el verdor de sus selvas y bosques.

 

A veces ves, indiferente,

Cuan, cerca, el agua, pasa

cuan distante, se halla la fuente,

de ese rico maná,  transparente,

que solemos beber en casa

 

Aguas minerales cristalinas,

que a través de pedriscos fluyes,

y con  susurros tenues, bulles

franqueando valles y colinas.

 

Agua que extingue el incendio

y humedece el áspero suelo.

maná, que nos envía  el cielo,

Bendito sea, éste estipendio,

que libre corre por el suelo,

en sinuoso y rústico arroyuelo

 

Haciendo cacillo con  mis dos manos,

agua inmaculada,  hurto con presteza,

lluvia, del cielo, caída sobre  tierra,

que, sacia la sed de una garganta seca.

Agua, que limpia, angustia y tristeza.

 


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