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“Queramos o no
reconocerlo, las diferentes relaciones que se generan a través de las edades,
lugares y épocas de nuestra vida, nos permiten organizar grupos homogéneos, que
nos no unen entre sí por coincidir en gustos y caracteres. De aquellos tiempos,
cuando éramos estudiantes, (entonces mucho más fáciles estos encuentros) llenos
de vida y alegría, sin otros preocupaciones, que la de pasarlo lo mejor posible,
como, las de otros concurrencias, que se van sucediendo, por ejemplo: aquellas
en las que entramos a formar parte en un grupo organizado, de carácter privado o
público determinado, para desempeñar una labor con otros compañeros, con un
espíritu, de mutua colaboración, donde se suele valorar la amistad por encima de
todo. Grupos, que se verán obligados a coexistir entre si. y cada cual, midiendo
o evaluando al otro, según su criterio a la hora de desempeñar un trabajo. Como
he dicho anteriormente: Experiencias y conocimientos que se adquieren en estos
encuentros, y que nos servirán como aprendizaje, para valorar las relaciones
humanas y las de aquellos otros que nos rodean”.
Comidas
o fiestas de fraternidad, de Navidad u otros festejos, en los que nos
reencontramos, familiares, amigos, compañeros, conocidos y algún que otro
foráneo. Pero todos ellos, en esta ocasión, mejor trajeados, con caras
sonrientes, y dispuestos a pasar un día agradable y de asueto, acompañado de una
suculenta comida. Un encuentro, que deberá tener como fin primordial, recrearse
y estrechar más, los lazos que los unen.
Acto de presencia:
El personal acude al lugar del encuentro de forma pausada, hasta completar el
local. Algunos, ya andan transitando por las diferentes estancias del local,
cruzándose saludos o sonrisas, o bien localizando el sitio, que le vaya a
corresponder en la mesa. Unas copas ya tomadas, en la barra, quizás hayan hecho
aumentar el estado de euforia y bienestar, y hasta puede ser, que a partir de
ahora, estrechamientos de manos y sonrisas, sean más efusivos y hasta más
galantes, por eso, de superarse y denotar, una buena prosapia.
Ya, en la mesa,
éste o aquél, con su pareja o su otro compañero adyacente, que por suerte le
haya tocado a su lado, comenzará una toma de contacto, o diálogo. Una
conversación, casi siempre, de principio, algo insípida o insulsa. Se pica la
consabida aceituna u otro aperitivo y unos y otros que ya han dejado de
observarse, procuran concentrarse en el menú que en ese momento, se está
sirviendo en la mesa.
Se sirve el plato
fuerte, y como si el apetito, a esas horas, se hubiese acrecentado, el comedor,
si no parece enmudecer, ha bajado de guirigay, por algún tiempo, mientras los
comensales, al compás del ruido de cristalería, cubiertos y algunas notas
musicales, engullirán el manjar servido., En la fiesta no faltará la bebida, y
según la sed de cada cual, lo harán con más o menos prudencia, siendo posible,
que algún que otro, se pase de la raya. al ingerir más alcohol que le permite su
organismo. Uno gordito, y de mofletes rojos, se ha puesto la servilleta ante la
boca, para disimular una flatulencia o eructo, que de haber estado al aire
libre, lo hubiese hecho resonar con fuerza.
“El punto azul”, como así le
llamaba un amigo, al momento, en el que el alcohol, abre las puertas de la
timidez y deja salir, todo o parte de aquello que se piensa o se urde por
dentro” con o sin reparos, pero esta vez, con voz más acentuada o elevada. Allá,
un exaltado en un extremo, o quizás cerca de ti, que posiblemente pasado se ha,
el punto azul”, puesto de pié, habrá dado un fuerte ¡Viva a los novios! o a
algún equipo o persona, que el crea digna de ser agasajada. Si hacía calor,
ahora, la temperatura habrá subido algo más, por lo que, los de corbata se la
habrán aflojado y los de chaqueta, colgado tras la silla y puede, que algún
panzudito/a, aflojado se haya la correa o corsé Un descorchar de
botellas y unos tragos de su liquido, acentuaran el efecto etílico, como el
grado de amistad, y camaradería, “por el momento”·
Cada cual, empieza a mostrarse
y actuar, tal como es. Se han acabado gentilezas y sutilezas. Pero, el código
interno de cada uno, (para que la fiesta siga en paz) le señala, en esta
eventualidad, hasta donde debe llegar. “Algún comentario o chiste, de carácter
privado o público, hacia alguna persona o institución, más o menos frívolo”, de
gratitud o de antipatía, “con mala o buena uva”. Y ese primero, que da fin a la
jornada, porque ya se encuentra cansado o está saturado de fiesta. Y tras él,
desfilando, irán marchando, el resto de los comensales.
Mañana, sí, será un nuevo día
en la oficina. Las relaciones, cuando vuelvan a reencontrarse, deberían
mejorar, pero éstas, seguirán siendo las mismas. Ni bien ni mal, solo eso, que
se sacará a colación aquello que pudo haberse hecho mejor. Pero entre papel y
papel, llamada telefónica, algún comentario de fútbol o de política, todos,
esperarán con afán, la hora de salida. Para seguir otra jornada más, llena de la
misma rutina.
Trivialidades de la vida,
hermano/a, monótonas, pero que suplen los espacios de hastío y
abatimiento, mientras envejecemos y vemos crecer a nuestros hijos. Y no, nos
quejemos de ello y todo transcurra así, porque hay situaciones verdaderamente
lamentables, en las qué, un festín, puede convertirse en una batalla campal, de
las que hoy, no deseo hacer comentario alguno, para que la fiesta siga en paz.
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