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Hogares hay, en los que todos
los miembros de la familia colaboran en las faenas de la casa. Y como conocen y
aprecian el arte culinario por ser una, de las tareas, más distraídas y menos
pesada de la casa, lo realizan con más agrado. Maestría que adquieren desde
pequeños, todos los componentes de la casa. Tanto que, cuando, falta “la o el”
chef oficial, siempre habrá alguien más aventajado, que le supla.
En estos hogares, sobre todo,
los de familia numerosa, la cocina, suele ser, la habitación más espaciosa,
mejor preparada y equipada, porque mientras se elabora, suelen emplear toda la
prole, gran parte de su tiempo, bien departiendo entre ellos, o contando,
aquellas vivencias de los pequeños en el colegio, si es que, entre ellos, existe
una buena comunicación.
Mientras una, guisa, los demás
la seguirán, con la vista y si por mala ventura, alguno, se atreve a conjeturar
sobre lo que está condimentando, solo lo hará, exponiéndolo con cierta
sutileza, aquellos fallos u omisiones que haya detectado en la persona que
lleva en ese momento “la” o “el” sartén por el mango. Y digo con delicadeza,
porque, puede ocurrir, que se enoje la cocinera de turno, por haberse excedido
de sabiondo, en demassía y entonces, malhumorada, eche a todos, de la cocina.
¡Solo, durante un rato!, porque mucho tiempo, sería, una sanción fuerte: A lo
sumo diez minutos, diría yo, para después “colarse” uno tras otro, dócilmente,
hasta completar la plantilla.
Mientras, el tapón de la olla
Express, se le oirá y verá girar con vertiginosa fuerza, desprendiendo vapor y
olor a comida, y hasta es posible, que hasta se produzca, una pequeña laguna de
silencio. Si se está friendo boquerones “enjarinaos”, entonces se olerá a
“pescaíllo frito”. Su olor tentador a esas horas del día, se esparcirá por
toda la casa, y ello hará, que se oiga también, alguna voz, reclamando “Abrir
alguna ventana, porque me asfixio” u otro quejándose ¡”Aquí hay demasiado humo”
y mientras ocurre todo esto, el más astuto o aprovechado, intentará hurtar
algún boquerón frito, y si no lo consigue, preguntará con cara ingenua: “¿Si se
pueden probar?
Se abrirán y cerrarán,
puertas o ventanas, mientras la cocinera mayor permanecerá fiel con su
espumadera o cucharón en ristre, junto al fuego, defendiendo su puesto de
trabajo. ¡Y ay, de ella si, cocinando es llamada por teléfono o tuviese que ir
al cuarto baño!, porque perderá el puesto, ipsofacto, al haber otro, que coja
la sartén por el mango. En este puesto se trabajará con denuedo y cariño, para
que a la hora de comer, todo haya salido perfecto y nadie pueda decir después
¡Que mal sabe esto” o que este o aquel alimento “está demasiado o poco crudo o
hecho”. Porque en ello va el prestigio y amor propio
del cocinero.
Puede ocurrir, que la hora de
comer “se esté echando encima”, o dicho sea de otra forma: “se esté haciendo
tarde”, será entonces, cuando la cocinera mayor diga a cualquier ayudante de
los que a su alrededor olismea: “Irme partiendo el tomate o la lechuga para
hacer la ensalada” y alguno, sin rechistar, mejor dicho, con placer de que se
hayan acordado de él, coja tabla y cuchillo en mano y empiece su obra,
ocupando su puesto, a la diestra de la jefa .A partir de ahora, es cuando el
apetito, empieza a acelerar el dinamismo de esta familia, y otro nuevo peón,
entre en escena, para adelantar tiempo perdido. Se colocará esta vez a la
izquierda, en el fregadero y limpiará las cuatro cosillas sucias que aun
“andaban” por allí, del desayuno o las introduzca en el lavaplatos Otro dice:
¡Voy a poner la mesa! ¡Atención! Si
la Chef no se pronuncia en contra,
la mesa comenzará a tomar forma, alineándose cubiertos, vasos, y platos, sobre
el mantel, que por regla general, otro, de los miembros, menos activos, ya habrá
extendido sobre la tabla. Los más chicos de la familia sin permiso se irán
haciendo cargo del pan y el agua, pasándolos a la mesa, con mucho cuidado.
Momento, en que, entre el
comedor y la cocina, se establece una fluida circulación y un rastrear de sillas
desplazándose alrededor de la mesa. Y algún calculador que diga: falta esto o lo
otro. Posible es, que el cabeza de familia pregunte: ¿Cuántos somos? y alguien
conteste tantos.
El más comilón, se habrá
sentado el primero, pero ¡ay de él! si se atreve a coger algún alimento sin
antes haber hecho acto de presencia el resto de la familia, porque habrá
regañina.
LIRA SIN IRA
¡Lo dijisteis vos, siempre!
Carne y huesos, se les echa al puchero,
para saciar el vientre,
del patrón y ranchero.
¡Por ende, éste, sigue de cocinero!
Mas, si por una cuita,
su mugrienta gorra, a la olla cayese,
sustancia no le quita,
digamos, añadiese,
de esa grasa, que al hervir, escurriese
ya que, no hay mal, que por bien...
no venga. Sabrosillas muchas veces.
cuando al comer, éste quién,
hilos negros con reses,
las contempla, en sus fétidas heces.
Manuel
Rubio Cervilla
28 de julio de 1998
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