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 LAS CARTAS DE DON MANUEL

La familia colabora

 MANUEL RUBIO CERVILLA

 

 

FOTO: MANUEL RUBIO

Hogares hay, en los que todos los miembros de la familia colaboran en las faenas de la casa. Y como conocen y aprecian el arte culinario por ser una, de las tareas, más distraídas y menos pesada de la casa, lo realizan con más agrado. Maestría que adquieren desde  pequeños, todos los componentes de la casa. Tanto que, cuando, falta “la o el” chef oficial, siempre habrá alguien más aventajado, que le supla.

 

En estos hogares, sobre todo, los de familia numerosa, la cocina, suele ser, la habitación más espaciosa, mejor preparada y equipada, porque mientras se elabora, suelen emplear toda la prole, gran parte de su tiempo, bien departiendo entre ellos, o contando, aquellas vivencias de los pequeños en el colegio, si es que, entre ellos, existe una  buena comunicación.

 

Mientras una, guisa, los demás la seguirán, con la vista y  si por mala ventura, alguno, se atreve a conjeturar sobre lo que está condimentando,  solo lo hará, exponiéndolo con cierta sutileza, aquellos fallos u omisiones que haya detectado en la  persona que  lleva en ese momento “la” o “el” sartén por el mango. Y digo con delicadeza, porque, puede ocurrir, que se enoje la cocinera de turno,  por haberse excedido de sabiondo, en demassía y entonces, malhumorada, eche a todos, de la cocina. ¡Solo, durante un rato!, porque mucho tiempo, sería, una sanción fuerte: A lo sumo diez minutos, diría yo, para después “colarse” uno tras otro, dócilmente, hasta completar la plantilla.

 

Mientras, el tapón de la olla Express, se le oirá y verá girar con vertiginosa fuerza, desprendiendo vapor y olor a comida, y hasta es posible, que hasta se produzca, una pequeña laguna de silencio. Si se está friendo boquerones “enjarinaos”, entonces se olerá a “pescaíllo frito”.  Su olor tentador a esas horas del día, se esparcirá  por toda la casa, y ello hará, que se oiga también, alguna voz, reclamando “Abrir alguna ventana, porque me asfixio” u otro quejándose ¡”Aquí hay demasiado humo” y  mientras ocurre todo esto, el más astuto o aprovechado, intentará hurtar algún boquerón frito, y si no lo consigue, preguntará con cara ingenua: “¿Si se pueden probar?

 

Se abrirán y cerrarán,  puertas o ventanas, mientras la cocinera mayor permanecerá fiel con su espumadera o cucharón en ristre, junto al fuego, defendiendo su puesto de trabajo. ¡Y ay, de ella si, cocinando es llamada por teléfono o tuviese que ir al cuarto baño!, porque perderá el puesto, ipsofacto, al haber otro, que coja la  sartén por el mango. En este puesto se trabajará con denuedo y cariño, para que a la hora de comer, todo haya salido perfecto y nadie pueda decir después ¡Que mal sabe esto”  o que este o aquel alimento “está demasiado o poco  crudo o hecho”. Porque en ello va el prestigio y amor propio del cocinero.

 

Puede ocurrir, que la hora de comer “se esté echando encima”, o dicho sea de otra forma: “se esté haciendo tarde”, será entonces, cuando la cocinera mayor diga  a cualquier ayudante de los que a su alrededor olismea: “Irme partiendo el tomate o la lechuga para hacer la ensalada” y alguno, sin rechistar, mejor dicho, con placer de que se  hayan acordado de él, coja  tabla y cuchillo en mano y  empiece su obra, ocupando su puesto, a la diestra de la jefa .A partir de ahora, es cuando el apetito, empieza a acelerar el dinamismo de esta familia, y otro nuevo peón, entre en escena,  para  adelantar tiempo perdido. Se colocará  esta vez a la izquierda, en el fregadero y limpiará las cuatro cosillas sucias que aun “andaban” por allí, del desayuno o las introduzca en el lavaplatos  Otro dice: ¡Voy a poner la mesa! ¡Atención! Si la Chef no se pronuncia en contra, la mesa comenzará a tomar forma, alineándose  cubiertos, vasos, y  platos, sobre el mantel, que por regla general, otro, de los miembros, menos activos, ya habrá extendido sobre la tabla. Los más chicos de la familia sin permiso se irán haciendo cargo del  pan y el agua, pasándolos a la mesa, con mucho cuidado.

 

Momento, en que, entre el comedor y la cocina, se establece una fluida circulación y un rastrear de sillas desplazándose alrededor de la mesa. Y algún calculador que diga: falta esto o lo otro. Posible es, que el cabeza de familia pregunte: ¿Cuántos somos? y alguien conteste tantos.

 

El más comilón, se habrá sentado el primero, pero ¡ay de él! si se atreve a coger algún alimento sin antes haber hecho acto de presencia el resto de la familia, porque habrá regañina.  

 

LIRA SIN IRA

 

¡Lo dijisteis vos, siempre!

Carne y huesos, se les echa al puchero,

para saciar el vientre,

del patrón y ranchero.

¡Por ende, éste, sigue de cocinero!

 

Mas, si por una cuita,

su mugrienta gorra, a la olla cayese,

sustancia no le quita,

digamos, añadiese,

de esa grasa, que al hervir, escurriese

 

ya que, no hay mal, que por bien...

no venga. Sabrosillas muchas veces.

cuando al comer, éste quién,

hilos negros con reses,

las contempla, en sus fétidas heces.

 

Manuel Rubio Cervilla

28 de julio de 1998


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