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 LAS CARTAS DE DON MANUEL

Lejos de toda etiqueta

 MANUEL RUBIO

 

¿Por qué al vulgo, le gusta tanto, desfilar unos tras otros,
ante sus semejantes, disfrazados?

 

FOTO: MANUEL RUBIO

Sobre este tema, cuatro páginas hube rellenado y como me parecieran excesivas,  decidí expurgarlas, para no embotar al lector.

 

Trato sobre las reuniones y actos públicos, sus ceremonias y otras fantochadas, frecuentemente movidas por los hilos de la presuntuosidad  humana.

 

Cuando reunido me hallo con gente de mi complacencia, me agrada trasmitir cierta empatía entre los asistentes que conmigo departen. No será el número de sus participantes, lo que me atraiga, sino, su cordialidad y franqueza que se comparte entre los asistentes.  Reuniones, por ejemplo, de tipo  familiar o amigos bien allegados, donde la naturalidad y sinceridad  envuelva  a todos los concurrentes  y no se catalogue o se discrimine a las personas por razón de su cargo o consideración social o pública. Lo que solemos llamar un ambiente cordial y sincero, que   prescinde de todo formulismo y deferencias entre unos y otros. En una palabra, un  encuentro donde todos se sientan complacidos  al formar parte de ese conjunto.

 

Bastantes somos, los que huimos de las grandes concentraciones, tanto  como sujetos activos o pasivos, de las llamadas fiestas populares, desfiles, procesiones,  carnavales, conmemoraciones y bienvenidas a personajes públicos, para ser agasajados o vitoreados. Ayer, por mi inexperiencia las contemplaba  como un legado de mis mayores, para integrarme en ellas, cuando fuera adulto y aprender las pautas que fija la sociedad, hoy las detesto. Y no es que, uno,  se  sumerja en un ostracismo de cualquier género o no desee tener relación o  contacto con los de mi especie, es que,  habemos individuos,  que somos alérgicos a acatar las reglas que nos imponen las  costumbres y tradiciones de la sociedad, que ya la mayoría huelen a añejo, haciéndonos sentirincomodos. Digamos por ejemplo, a mí, en particular, nunca me movieron  los rendibúes u otros agasajos, en los que se ve uno obligado a inclinar la cabeza a otro semejante igual que tú, porque la vida le ha sido más propicia. O esos besa manos o pies a las personas homenajeadas,  tanto si  lo tienen o no merecido; para mi son  ceremonias pomposas revestidas de cortejos y  aplausos,  vítores, sonrisas o saludos hipócritas, que al igual que antaño,  obligaban a rendir a la nobleza o a los grandes señores, pleitesías y obediencia

 

Fíjense,  hasta que punto, han llegado estas prácticas  sociales,  en algunos de  sus modalidades, que se da el caso, cuando hace aparición algún personaje “ilustre”, de que entre el publico, haya todavía, quienes por su condición sensiblera, se le enaltezca los ánimos, creándose un estado de  autosugestión tal, que les hace enaltecer y prorrumpir  en vítores y aplausos, “calurosos”. Intensa euforia e histerismo, tanto que a veces, hasta los he visto llorar, al igual que lo hacían aquellas plañideras que se les pagaba para que regaran de lagrimas al difunto; hoy, todavía  existen, son los “plañideros” de llanto y gozo etéreo, tramoyistas, que les domina e idiotizan estos momentos, habiendo este papel de grupo.

 

Otras facetas, de todo ello, serán la posiciones hipócritas, que adoptan algunos, cuando sonríen, doblan la cabeza y espinazo, como si de deidades se tratase, para después a renglón seguido, embriagados por el discurso, convertirse en emisarios vanos, que contaran “ sus cualidades y virtudes” a otros que piensan igual que ellos.

 

Una fingida sonrisa, invade el estrado, o tarima cubierta con  alfombra. Por un lado,  las autoridades locales, que les hará  sentir su ego inflarse por el gentío que le rodea, por otro,  la muchedumbre que ha respondido a la llamada de multitudes. Actos públicos, donde, solo uno hablará, y otros escucharan, porque obligados a guardar silencio y compostura están, ante “tan altos  dignatarios”. Cuando no va acompañado de formulas y ceremonias., tales como aplaudir, saludar, levantarse, sentarse, etc.  Un frontispicio, de dos o más sitiales, donde, por un lado, toman acomodado asiento las autoridades y por otro los homenajeados, siempre cercanos a ellos, para que puedan cruzase sus miradas de “respeto”, consideración y admiración y al fondo, distanciado el pagano público, que de pie o en duros asientos “agrupados” armados de paciencia   presenciara la larga y cargada ceremonia. Serán una o dos o quizás mas horas, donde don Zipo, deberá aguantar el tipo.

 

Cierto “mando” contaba que, lo que más le fastidiaba de tener que asistir a estas conmemoraciones  populares, era la actitud engañosa, que debería adoptar en ciertos momentos de su intervención, para ser  bien  visto y no perder del pueblo, “el carisma  y cariño” que en él tenían depositados.

 

El teatro de la vida, en el que el vulgo es la audiencia pagana y los actores sus mandatarios, que actúan. Y todos, pretendiendo  buscar del uno o del otro, un algo.

 

Practicas  antiguas como la misma historia, donde los asistentes,  se esforzarán en vestir las mejores galas, que conserven,  para dar una mejor imagen de su persona. Sea cual sea su clase social. Gente sencilla del pueblo que no teniendo otras tareas  que realizar, gastan sus horas libres, en estos actos voluntariamente, saliendo así, de una vida monótona, a veces aburrida. ¿No han observado, ustedes,  que en los países mas desarrollados, estas grandes concentraciones apenas se “celebran” , a no ser que fuera para vitorear un héroe o persona muy distinguida? En estos países,  no  ha lugar a ello, porque el tiempo, tiene gran valor, por lo que fiestas políticas, ni religiosas, ni de otro genero salvo los espectáculos públicos y sin autoridades que los presidan, apenas se celebran.

 

Los rendibúes me molestaron siempre, en cuanto los  considero como un número de animación, para darle al acto más pujanza y empaque, siempre que se quiere  agasajar a una persona que ni siquiera llegue a conocerla. Tampoco sé, el por qué, también y me molesten tanto, esos  “disfraces”, que se usan para dar más auges a estas comitivas,  vistiendo  esmoquin, frac, capas, birretes, bandas, para después  como comediantes pavonearse ante el publico. El empleo de protocolos  y  formulismos, obliga a todo el que participa en dichos actos, mejorar su presencia exterior, en su papel de animadores. Verdaderos pingüinos, por un lado y focas por otro.

 

Menos etiquetas, menos agasajos, menos condecoraciones y más franqueza,  naturalidad y sencillez  en todos los actos de la vida de todo  ciudadano, y así se conseguirá mejor calidad de vida bienestar. He observado que, en los hogares, ya, la percha de las corbatas, suele estar vacía, y que como otros  atuendos  van despareciendo, tal,  les ocurrió a los peluquines. Cuantas cosas más, tendrán que desaparecer para dejar de ser, unos mandaos.


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