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¿Por qué al vulgo, le gusta tanto, desfilar unos tras otros,
ante sus semejantes, disfrazados?
Sobre este tema, cuatro páginas hube
rellenado y como me parecieran excesivas, decidí expurgarlas, para no embotar
al lector.
Trato sobre las reuniones y actos
públicos, sus ceremonias y otras fantochadas, frecuentemente movidas por los
hilos de la presuntuosidad humana.
Cuando reunido me hallo con gente de
mi complacencia, me agrada trasmitir cierta empatía entre los asistentes que
conmigo departen. No será el número de sus participantes, lo que me atraiga,
sino, su cordialidad y franqueza que se comparte entre los asistentes.
Reuniones, por ejemplo, de tipo familiar o amigos bien allegados, donde la
naturalidad y sinceridad envuelva a todos los concurrentes y no se catalogue
o se discrimine a las personas por razón de su cargo o consideración social o
pública. Lo que solemos llamar un ambiente cordial y sincero, que prescinde de
todo formulismo y deferencias entre unos y otros. En una palabra, un encuentro
donde todos se sientan complacidos al formar parte de ese conjunto.
Bastantes somos, los que huimos de
las grandes concentraciones, tanto como sujetos activos o pasivos, de las
llamadas fiestas populares, desfiles, procesiones, carnavales, conmemoraciones
y bienvenidas a personajes públicos, para ser agasajados o vitoreados. Ayer, por
mi inexperiencia las contemplaba como un legado de mis mayores, para integrarme
en ellas, cuando fuera adulto y aprender las pautas que fija la sociedad, hoy
las detesto. Y no es que, uno, se sumerja en un ostracismo de cualquier género
o no desee tener relación o contacto con los de mi especie, es que, habemos
individuos, que somos alérgicos a acatar las reglas que nos imponen las
costumbres y tradiciones de la sociedad, que ya la mayoría huelen a añejo,
haciéndonos sentirincomodos. Digamos por ejemplo, a mí, en particular, nunca me
movieron los rendibúes u otros agasajos, en los que se ve uno obligado a
inclinar la cabeza a otro semejante igual que tú, porque la vida le ha sido más
propicia. O esos besa manos o pies a las personas homenajeadas, tanto si lo
tienen o no merecido; para mi son ceremonias pomposas revestidas de cortejos y
aplausos, vítores, sonrisas o saludos hipócritas, que al igual que antaño,
obligaban a rendir a la nobleza o a los grandes señores, pleitesías y obediencia
Fíjense, hasta que punto, han
llegado estas prácticas sociales, en algunos de sus modalidades, que se da el
caso, cuando hace aparición algún personaje “ilustre”, de que entre el publico,
haya todavía, quienes por su condición sensiblera, se le enaltezca los ánimos,
creándose un estado de autosugestión tal, que les hace enaltecer y prorrumpir
en vítores y aplausos, “calurosos”. Intensa euforia e histerismo, tanto que a
veces, hasta los he visto llorar, al igual que lo hacían aquellas plañideras que
se les pagaba para que regaran de lagrimas al difunto; hoy, todavía existen,
son los “plañideros” de llanto y gozo etéreo, tramoyistas, que les domina e
idiotizan estos momentos, habiendo este papel de grupo.
Otras facetas, de todo ello, serán
la posiciones hipócritas, que adoptan algunos, cuando sonríen, doblan la cabeza
y espinazo, como si de deidades se tratase, para después a renglón seguido,
embriagados por el discurso, convertirse en emisarios vanos, que contaran “ sus
cualidades y virtudes” a otros que piensan igual que ellos.
Una fingida sonrisa, invade el
estrado, o tarima cubierta con alfombra. Por un lado, las autoridades locales,
que les hará sentir su ego inflarse por el gentío que le rodea, por otro, la
muchedumbre que ha respondido a la llamada de multitudes. Actos públicos, donde,
solo uno hablará, y otros escucharan, porque obligados a guardar silencio y
compostura están, ante “tan altos dignatarios”. Cuando no va acompañado de
formulas y ceremonias., tales como aplaudir, saludar, levantarse, sentarse,
etc. Un frontispicio, de dos o más sitiales, donde, por un lado, toman
acomodado asiento las autoridades y por otro los homenajeados, siempre cercanos
a ellos, para que puedan cruzase sus miradas de “respeto”, consideración y
admiración y al fondo, distanciado el pagano público, que de pie o en duros
asientos “agrupados” armados de paciencia presenciara la larga y cargada
ceremonia. Serán una o dos o quizás mas horas, donde don Zipo, deberá aguantar
el tipo.
Cierto “mando” contaba que, lo que
más le fastidiaba de tener que asistir a estas conmemoraciones populares, era
la actitud engañosa, que debería adoptar en ciertos momentos de su intervención,
para ser bien visto y no perder del pueblo, “el carisma y cariño” que en él
tenían depositados.
El teatro de la vida, en el que el
vulgo es la audiencia pagana y los actores sus mandatarios, que actúan. Y todos,
pretendiendo buscar del uno o del otro, un algo.
Practicas antiguas como la misma
historia, donde los asistentes, se esforzarán en vestir las mejores galas, que
conserven, para dar una mejor imagen de su persona. Sea cual sea su clase
social. Gente sencilla del pueblo que no teniendo otras tareas que realizar,
gastan sus horas libres, en estos actos voluntariamente, saliendo así, de una
vida monótona, a veces aburrida. ¿No han observado, ustedes, que en los países
mas desarrollados, estas grandes concentraciones apenas se “celebran” , a no ser
que fuera para vitorear un héroe o persona muy distinguida? En estos países, no
ha lugar a ello, porque el tiempo, tiene gran valor, por lo que fiestas
políticas, ni religiosas, ni de otro genero salvo los espectáculos públicos y
sin autoridades que los presidan, apenas se celebran.
Los rendibúes me molestaron siempre,
en cuanto los considero como un número de animación, para darle al acto más
pujanza y empaque, siempre que se quiere agasajar a una persona que ni siquiera
llegue a conocerla. Tampoco sé, el por qué, también y me molesten tanto, esos
“disfraces”, que se usan para dar más auges a estas comitivas, vistiendo
esmoquin, frac, capas, birretes, bandas, para después como comediantes
pavonearse ante el publico. El empleo de protocolos y formulismos, obliga a
todo el que participa en dichos actos, mejorar su presencia exterior, en su
papel de animadores. Verdaderos pingüinos, por un lado y focas por otro.
Menos etiquetas, menos agasajos,
menos condecoraciones y más franqueza, naturalidad y sencillez en todos los
actos de la vida de todo ciudadano, y así se conseguirá mejor calidad de vida
bienestar. He observado que, en los hogares, ya, la percha de las corbatas,
suele estar vacía, y que como otros atuendos van despareciendo, tal, les
ocurrió a los peluquines. Cuantas cosas más, tendrán que desaparecer para dejar
de ser, unos mandaos.
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