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 LAS CARTAS DE DON MANUEL

Prudencia, ante todo

 MANUEL RUBIO

 

El astro en el cual vivo, no todo lo bueno es justo,  ni lo malo en si, es lesivo. Más, puede darte un disgusto. Párate y piensa  profundo, qué visión tienes del mundo Míralo, con perfil sobrio. Y usa uno y otro concepto con prudencia y equilibrio, que al ser ideas sin precepto, en la suma de las veces, el hombre expía, sus reveses.

 

FOTO: MANUEL RUBIO

Quizás el titulo de este escrito, debiera haberle llamado conjeturas o indicios, por tratarse de ciertos juicios extraídos de algunos hechos que acaecieron tiempo ha,  de los que me atreveré a narrar, por tener un contenido instructivo práctico, en las relaciones humanas,  cuando, se ejercita la prudencia.

 

Por razón de ética,  me veré obligado a ocultar datos personales de sus personajes, aunque si decir puedo que, le aconteció a un compañero de estudios, en una ocasión en que  ambos, coincidimos en Madrid, en fechas  de exámenes.

 

. . .

 

Llamó a la puerta y le abrió una encantadora y bella muchachita, empleada del servicio de aquella casa. Nuestro protagonista era un joven portador de una carta de recomendación, para uno de los profesores que le iban a examinar.

 

Buenas tardes, ¿Vive aquí don Feliciano Cordones? Si, pero en este preciso momento está ocupado. Pase  por aquí y siéntese, no tardará mucho en atenderle. La encantadora joven, de rasgos finos y cara agraciada, si no hubiese llevado uniforme, según mi compañero, hubiese creído, que era un miembro más de la familia, por sus finos modales y dulce voz.

 

Don Feliciano, hombre enjuto y bajito, no tardó en aparecer, con su bata y zapatillas de casa y tras saludar al visitante, éste, le entregó una  carta cerrada, dirigida a él, la cual, mientras tomaba asiento,  abrió y se puso a leerla en silencio  detenidamente, no, sin ante haber sacado, de unos de uno de sus bolsillos, un estuche con unas lentes y ubicárselas a mitad de  su larga nariz. Tras un rato de mutismo, atento a la lectura de la carta, la plegó y se la introdujo, junto con el sobre y gafas,  de nuevo, en el bolsillo y  sin hacer comentario alguno, se puso de pie, al mismo tiempo que el visitante, hacía lo mismo. Esperó éste, a que le diese  alguna respuesta,  mas no la recibió, lo único, que pudo oír de su boca, fueron estas frases: “Que ya hablaría con el Sr. que le enviaba la carta y que a él, lo vería el día del examen”.

 

La joven domestica, como si hubiera estado esperando a que concluyera la entrevista, ágil, se acercó a él y le acompañó hasta la puerta, hablando entre si, como si ya de tiempo atrás, se hubiesen conocido,  mientras la figura estática de don Feliciano, observando desde el fondo del corredor, permanecía allí plantada.

 

Bien, de esta forma hubiera quedado todo, de no haber sido por el suspenso que le arreó el Sr. Cordones, que indiscretamente, se atrevió ante los demás participantes a increparle, por aquellos errores que había cometido en el examen, añadiendo al final: “Que debería estudiar más, si deseaba aprobar la próxima vez.  

 

Aquella misma tarde, mi compañero, apesadumbrado y decepcionado, cogió el tren y se las piró de la capital. Yo hubiese afirmado,  que iba bien preparado y que aquella carta fuese la causa de que le suspendieran, pero tal me explicó él, más tarde, ya pasados los exámenes, y de vuelta a casa, el hecho de que se hubiese pasado de tuerca con la jovencita doméstica, cosa que bien, nunca supe claro.

 

Reflexioné sobre este suceso, hipotéticamente ocurrido y el valor que tiene,  el saber comportarse con prudencia, en todas las actuaciones de la vida.  Pero antes, deseo hacer una observación sobre esto de las recomendaciones, que por cierto, ayer opinaba de  forma, distinta a la de  hoy, aunque siempre, contando con mi rechazo, de los padres, que en ese pretender extremado por ayudar a sus hijos, llegan a dañarlos en muchas de las ocasiones, cuando debieran ser más cautos a la hora  de actuar,   contando antes  con  los puntos de vista de ellos y sus opiniones, aún más, si son mayores de edad. Siempre, confiados en los padres, éstos, llevaran a cabo sus pareceres. 

 

Este hecho, me hizo pensar, (fuera realidad o no, cuanto de verídico tuviera),  que ser prudente en todo momento y ocasión, es una medida juiciosa, que nos protege de muchas meteduras de pata. Por ser la prudencia una fuerza interior, que permite al hombre dominarse, tomando decisiones correctas, en situaciones difíciles, que le hace actuar con mesura y sabiduría. Hoy más que ayer, este comportamiento es básico, por la falta de educación y mala formación, que genera en la actualidad, el progreso, en un medio de vida, cada vez más hostil y materialista, que está haciendo decrecer todas las buenas virtudes del hombre, ayer muy apreciadas. Entre ellas,  la  que más pondero, por considerarla eficaz y elegante, es ésta, de la prudencia, en todo momento y  actuación. Una virtud que, lleva incluida, el buen juicio y sensatez de quien la practica. Y  añadiría algo más;  es como el lubrificante para la maquina de nuestra vida, para que de tal forma funcione con más suavidad y sin torpeza alguna, nuestro comportamiento con los demás.

 

Por eso, diré, prudencia a la hora de gastar, porque el peculio. no es elástico. Prudencia a la hora de hablar, porque las palabras pueden llegar a ser un arma de doble filo, cuando no se emplean en su medida, con inteligencia y moderación. Prudencia se tenga en los momentos de arrebato u ofuscación, pues lo que se haga o se diga, puede que no tenga  vuelta atrás. Luego prudente será, quien, se modera en sus acciones e impulsos, y sabe contenerse, y con cautela actúa. En una palabra, sensatez y buen juicio.

 

Y por último, prudencia tenga yo, con lo que aquí exponga o diga, porque los hay  severos y más ilustrados que un servidor, que en cualquier momento, saltar pueden a la palestra y llamarme la atención.


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