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El astro en el cual vivo, no todo lo bueno es justo, ni lo malo en si, es
lesivo. Más, puede darte un disgusto. Párate y piensa profundo, qué visión
tienes del mundo Míralo, con perfil sobrio. Y usa uno y otro concepto con
prudencia y equilibrio, que al ser ideas sin precepto, en la suma de las veces,
el hombre expía, sus reveses.
Quizás el titulo
de este escrito, debiera haberle llamado conjeturas o indicios, por tratarse de
ciertos juicios extraídos de algunos hechos que acaecieron tiempo ha, de los
que me atreveré a narrar, por tener un contenido instructivo práctico, en las
relaciones humanas, cuando, se ejercita la prudencia.
Por razón de
ética, me veré obligado a ocultar datos personales de sus personajes, aunque si
decir puedo que, le aconteció a un compañero de estudios, en una ocasión en que
ambos, coincidimos en Madrid, en fechas de exámenes.
. . .
Llamó a la
puerta y le abrió una encantadora y bella muchachita, empleada del servicio de
aquella casa. Nuestro protagonista era un joven portador de una carta de
recomendación, para uno de los profesores que le iban a examinar.
Buenas tardes,
¿Vive aquí don Feliciano Cordones? Si, pero en este preciso momento está
ocupado. Pase por aquí y siéntese, no tardará mucho en atenderle. La
encantadora joven, de rasgos finos y cara agraciada, si no hubiese llevado
uniforme, según mi compañero, hubiese creído, que era un miembro más de la
familia, por sus finos modales y dulce voz.
Don Feliciano,
hombre enjuto y bajito, no tardó en aparecer, con su bata y zapatillas de casa y
tras saludar al visitante, éste, le entregó una carta cerrada, dirigida a él,
la cual, mientras tomaba asiento, abrió y se puso a leerla en silencio
detenidamente, no, sin ante haber sacado, de unos de uno de sus bolsillos, un
estuche con unas lentes y ubicárselas a mitad de su larga nariz. Tras un rato
de mutismo, atento a la lectura de la carta, la plegó y se la introdujo, junto
con el sobre y gafas, de nuevo, en el bolsillo y sin hacer comentario alguno,
se puso de pie, al mismo tiempo que el visitante, hacía lo mismo. Esperó éste, a
que le diese alguna respuesta, mas no la recibió, lo único, que pudo oír de su
boca, fueron estas frases: “Que ya hablaría con el Sr. que le enviaba la carta y
que a él, lo vería el día del examen”.
La joven
domestica, como si hubiera estado esperando a que concluyera la entrevista,
ágil, se acercó a él y le acompañó hasta la puerta, hablando entre si, como si
ya de tiempo atrás, se hubiesen conocido, mientras la figura estática de don
Feliciano, observando desde el fondo del corredor, permanecía allí plantada.
Bien, de esta
forma hubiera quedado todo, de no haber sido por el suspenso que le arreó el Sr.
Cordones, que indiscretamente, se atrevió ante los demás participantes a
increparle, por aquellos errores que había cometido en el examen, añadiendo al
final: “Que debería estudiar más, si deseaba aprobar la próxima vez.
Aquella misma
tarde, mi compañero, apesadumbrado y decepcionado, cogió el tren y se las piró
de la capital. Yo hubiese afirmado, que iba bien preparado y que aquella carta
fuese la causa de que le suspendieran, pero tal me explicó él, más tarde, ya
pasados los exámenes, y de vuelta a casa, el hecho de que se hubiese pasado de
tuerca con la jovencita doméstica, cosa que bien, nunca supe claro.
Reflexioné
sobre este suceso, hipotéticamente ocurrido y el valor que tiene, el saber
comportarse con prudencia, en todas las actuaciones de la vida. Pero antes,
deseo hacer una observación sobre esto de las recomendaciones, que por cierto,
ayer opinaba de forma, distinta a la de hoy, aunque siempre, contando con mi
rechazo, de los padres, que en ese pretender extremado por ayudar a sus hijos,
llegan a dañarlos en muchas de las ocasiones, cuando debieran ser más cautos a
la hora de actuar, contando antes con los puntos de vista de ellos y sus
opiniones, aún más, si son mayores de edad. Siempre, confiados en los padres,
éstos, llevaran a cabo sus pareceres.
Este hecho, me
hizo pensar, (fuera realidad o no, cuanto de verídico tuviera), que ser
prudente en todo momento y ocasión, es una medida juiciosa, que nos protege de
muchas meteduras de pata. Por ser la prudencia una fuerza interior, que permite
al
hombre dominarse,
tomando decisiones correctas, en situaciones difíciles, que le hace actuar con
mesura y sabiduría. Hoy más que ayer, este comportamiento es básico, por la
falta de educación y mala formación, que genera en la actualidad, el progreso,
en un medio de vida, cada vez más hostil y materialista, que está haciendo
decrecer todas las buenas virtudes del hombre, ayer muy apreciadas. Entre
ellas, la que más pondero, por considerarla eficaz y elegante, es ésta, de la
prudencia, en todo momento y actuación. Una virtud que, lleva incluida, el buen
juicio y sensatez de quien la practica. Y añadiría algo más; es como el
lubrificante para la maquina de nuestra vida, para que de tal forma funcione con
más suavidad y sin torpeza alguna, nuestro comportamiento con los demás.
Por eso, diré,
prudencia a la hora de gastar, porque el peculio. no es elástico. Prudencia a la
hora de hablar, porque las palabras pueden llegar a ser un arma de doble filo,
cuando no se emplean en su medida, con inteligencia y moderación. Prudencia se
tenga en los momentos de arrebato u ofuscación, pues lo que se haga o se diga,
puede que no tenga vuelta atrás. Luego prudente será, quien, se modera en sus
acciones e impulsos, y sabe contenerse, y con cautela actúa. En una palabra,
sensatez y buen juicio.
Y por último,
prudencia tenga yo, con lo que aquí exponga o diga, porque los hay severos y
más ilustrados que un servidor, que en cualquier momento, saltar pueden a la
palestra y llamarme la atención.
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