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 PEQUEÑAS HISTORIAS TAN GRANDES

El día de la fortuna

 ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

 (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)                    lopezhidalgo@us.es

 

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

El ser humano nunca construye los sueños a su medida, sino de un tamaño desproporcionado, siempre acorde a sus ambiciones más que a sus posibilidades. También es cierto, en cualquier caso, que el azar, fuera de toda sospecha, rompe los dogmas asentados y las virtudes impuestas, incluso, de vez en cuando, cambia la vida hasta en sus menores detalles. Sara Ramoneda, como todos, compraba lotería, por hábito, por compartir con los demás las ilusiones fugaces de cada Navidad. Pero aquel día la fortuna cayó entre sus manos al mismo tiempo que el infortunio.

 

No llevaba ni un año contratada de camarera en el Bar Arco Iris. Allí había logrado echar raíces y emprender un lento camino de estabilidad. Tenía esa edad en que sus compañeras cursan los últimos años de Universidad. Ella, en cualquier caso, había desechado los estudios como método para construir su futuro. No se equivocó. En el lugar la apreciaban, cualquier día montaría su propio negocio y compraría la casa que siempre soñó. Pero no era una soñadora. Ni el día que la llamaron asegurándole que el número 6.381 era el premiado con el gordo de Navidad en el sorteo celebrado ese sábado, logró alterar su ánimo.

 

Era aquélla una felicidad tan insospechada, tan volátil, que no acababa de creerse que fuera verdad. De los sesenta décimos repartidos en el Bar Arco Iris, muchos los había vendido ella. Cuando conoció la noticia, el local era ya una fiesta consumada, un océano de champán y aguardiente. Los parroquianos entraban y salían de la barra festejando la buena suerte. Ese día no importaba quién sirviera las copas, ni quién pagara. Sara Ramoneda tardó en entrar al local, porque antes tuvo que atender a los periodistas, como si se trata de una actriz famosa, y tuvo que responder a las muestras de alegría de vecinos y conocidos.

 

La fortuna, en ocasiones, dura poco en la casa del pobre. Cuando Sara fue a buscar su décimo, que lo había escondido en un bote detrás de la barra, no estaba en su interior. Allí guardaba las propinas, los décimos inútiles, algún papel con el teléfono de un aspirante a luchar por sus encantos. Entre tanto desenfreno y algarabía, su desconcierto no era creíble ni llamativo. Se sentía naufragar en una isla abandonada. Nunca creyó en la fortuna, pero ésa nunca es razón para que la suerte te abandone.

 

La Guardia Civil espera atenta a que cada cual entregue su décimo en el banco. Alguien ahora conserva, como un tesoro, el décimo hurtado. Probablemente se trate de alguien que, además, ya atesora otro décimo. La avaricia es carro que se mueve, al menos, con dos ruedas. Y quien tira de ese carro puede ser cualquiera. Cualquiera puede ser sospechoso. Todos sabían de la existencia de aquel bote, una caja de caudales de breve historia. Todos sabían que Sara guardaba allí las propinas, los teléfonos, el décimo, sus esperanzas. No es fácil dar la espalda a la suerte cuando se trata de meter la mano y cambiar de sopetón la vida, de cambiar de barra de bar, de asumir el privilegio de ser rico para siempre.

 

No importa destrozar la vida de una joven que es feliz sirviendo cafés y carajillos, que seguirá sonriendo a los parroquianos con su sonrisa joven infectada de vida, como lo ha hecho hasta hoy. O posiblemente haya ya perdido la sonrisa, la alegría incontenible desde que supo que repartió la fortuna entre los suyos, que ella misma era una de las afortunadas y que alguien le cambió su suerte, alguien con quien ella hablaba cada mañana de la vida, del trabajo, de las horas detrás de una barra para un día montar su propio negocio. Hasta hoy que alguien le ha roto los sueños que nunca tuvo y que por unas horas supo que eran ciertos, que los sueños son posibles aunque uno no crea en ellos, aunque no depare en que la vida un buen día te da un zarpazo de desesperanza.

 

El ser humano nunca construye los sueños a su medida ni los celebra hasta que los tiene bien agarrados, porque sospecha que los sueños no son pájaros y que no pueden volar. Y ahí se equivoca, porque los sueños son pájaros de vuelo muy ligero. DIARIO Bahía de Cádiz


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