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El ser humano nunca construye los
sueños a su medida, sino de un tamaño desproporcionado, siempre acorde a sus
ambiciones más que a sus posibilidades. También es cierto, en cualquier caso,
que el azar, fuera de toda sospecha, rompe los dogmas asentados y las virtudes
impuestas, incluso, de vez en cuando, cambia la vida hasta en sus menores
detalles. Sara Ramoneda, como todos, compraba lotería, por hábito, por compartir
con los demás las ilusiones fugaces de cada Navidad. Pero aquel día la fortuna
cayó entre sus manos al mismo tiempo que el infortunio.
No llevaba ni un año contratada de
camarera en el Bar Arco Iris. Allí había logrado echar raíces y emprender un
lento camino de estabilidad. Tenía esa edad en que sus compañeras cursan los
últimos años de Universidad. Ella, en cualquier caso, había desechado los
estudios como método para construir su futuro. No se equivocó. En el lugar la
apreciaban, cualquier día montaría su propio negocio y compraría la casa que
siempre soñó. Pero no era una soñadora. Ni el día que la llamaron asegurándole
que el número 6.381 era el premiado con el gordo de Navidad en el sorteo
celebrado ese sábado, logró alterar su ánimo.
Era aquélla una felicidad tan
insospechada, tan volátil, que no acababa de creerse que fuera verdad. De los
sesenta décimos repartidos en el Bar Arco Iris, muchos los había vendido ella.
Cuando conoció la noticia, el local era ya una fiesta consumada, un océano de
champán y aguardiente. Los parroquianos entraban y salían de la barra festejando
la buena suerte. Ese día no importaba quién sirviera las copas, ni quién pagara.
Sara Ramoneda tardó en entrar al local, porque antes tuvo que atender a los
periodistas, como si se trata de una actriz famosa, y tuvo que responder a las
muestras de alegría de vecinos y conocidos.
La fortuna, en ocasiones, dura poco
en la casa del pobre. Cuando Sara fue a buscar su décimo, que lo había
escondido en un bote detrás de la barra, no estaba en su interior. Allí guardaba
las propinas, los décimos inútiles, algún papel con el teléfono de un aspirante
a luchar por sus encantos. Entre tanto desenfreno y algarabía, su desconcierto
no era creíble ni llamativo. Se sentía naufragar en una isla abandonada. Nunca
creyó en la fortuna, pero ésa nunca es razón para que la suerte te abandone.
La Guardia Civil espera atenta a que
cada cual entregue su décimo en el banco. Alguien ahora conserva, como un
tesoro, el décimo hurtado. Probablemente se trate de alguien que, además, ya
atesora otro décimo. La avaricia es carro que se mueve, al menos, con dos
ruedas. Y quien tira de ese carro puede ser cualquiera. Cualquiera puede ser
sospechoso. Todos sabían de la existencia de aquel bote, una caja de caudales de
breve historia. Todos sabían que Sara guardaba allí las propinas, los teléfonos,
el décimo, sus esperanzas. No es fácil dar la espalda a la suerte cuando se
trata de meter la mano y cambiar de sopetón la vida, de cambiar de barra de bar,
de asumir el privilegio de ser rico para siempre.
No importa destrozar la vida de una
joven que es feliz sirviendo cafés y carajillos, que seguirá sonriendo a los
parroquianos con su sonrisa joven infectada de vida, como lo ha hecho hasta hoy.
O posiblemente haya ya perdido la sonrisa, la alegría incontenible desde que
supo que repartió la fortuna entre los suyos, que ella misma era una de las
afortunadas y que alguien le cambió su suerte, alguien con quien ella hablaba
cada mañana de la vida, del trabajo, de las horas detrás de una barra para un
día montar su propio negocio. Hasta hoy que alguien le ha roto los sueños que
nunca tuvo y que por unas horas supo que eran ciertos, que los sueños son
posibles aunque uno no crea en ellos, aunque no depare en que la vida un buen
día te da un zarpazo de desesperanza.
El ser humano nunca construye los
sueños a su medida ni los celebra hasta que los tiene bien agarrados, porque
sospecha que los sueños no son pájaros y que no pueden volar. Y ahí se equivoca,
porque los sueños son pájaros de vuelo muy ligero. DIARIO
Bahía de Cádiz
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