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La olvidé, como es lógico, con
el paso del tiempo. En tal empresa no puse más empeño que la convicción profunda
de que nunca más volvería a verla. La conocí hace más de veinte años. Fue un
amor, como se dice, a primera vista. Era como la soñé. De piernas largas, de
pechos redondos, de mirada dulce. Era de carácter duro, impermeable al
desasosiego, eficaz en sus proyectos y firme en las adversidades. Vivimos los
primeros años felices, ajenos a las convulsiones políticas y los sorprendentes
avances tecnológicos. Cuando uno es dichoso, no piensa que la desgracia le pueda
desgarrar la vida.
Después de todo, no deseábamos
nada más que lo ya teníamos, ni a nadie más que a nosotros mismos. Los días
transcurrían con una monotonía narcotizadora. Era la vida que habíamos elegido.
La casa era pequeña. Ubicada a las afueras de la ciudad, desde la terraza
interior se abrían las mansas colinas que rodeaban la ciudad, la tierra rojiza y
parda, los verdes olivos, las viñas amarillas en otoño. Era una tierra a veces
pelada, pero siempre profundamente melancólica. En invierno el frío era agresivo
y las lluvias despiadadas y poderosas. Nos bastaba con aquel rincón para
despreciar el mundo que se abría afuera.
Pero un día sucedió. No sé
cómo ni por qué. No lo recuerdo. Sé que discutimos. La llamé de todo, sin
querer, pero se lo dije, le dije que no la quería, que nunca la quise. No sé por
qué, pero eso dije. Fui contundente, frío, calculador. Por la noche la oí
llorar. Era un llanto apenas perceptible, entrecortado y triste, como el de
alguien que llora porque ha perdido a alguien sin solución. Aquélla fue una
noche luminosa. A ella le gustaba mirar la luna. Aquella noche también la miró.
Después de quedó dormida, dulce y profundamente, como si hubiese logrado huir de
un mal sueño.
Por la mañana ya no estaba.
Encontré la carta en la mesa de noche. Reconocí su letra, grande y redonda,
perfecta. Me conmovió que no se llevara nada, que se fuera sin equipaje, como
quien quiere olvidar su pasado, como quien sabe que los objetos apresan la
memoria. Tantos años después, la carta sigue en la misma mesa en que ella la
dejó. No tengo miedo a su contenido, a su despecho o a sus quejas, sino a que
ella se haya arrepentido de cuanto escribió, a que lamente para siempre que yo
sea cómplice de sus reproches. La carta no es el símbolo de un tiempo estancado,
de un futuro que no quiero afrontar, sino la sospecha íntima de que así reparo
mis errores.
Ella nunca tuvo un mal gesto
hacia mí, ni una palabra altisonante, ni una queja, ni un deseo que fuera
imposible ni una solicitud inalcanzable. Ella lo daba todo sin papeles firmados,
sin acuerdos ni debates, convencida de que el amor, como un buen plato, hay que
consumirlo antes de que se degrade, antes de que se altere el paladar. Así lo
hizo hasta aquel día en que yo, enajenado, le reproché cualquier cosa sin
importancia, posiblemente convencido de que nuestra estabilidad estaba a salvo
de tempestades. Pero el amor es un castillo de naipes que se deshace sin que le
invadan los naufragios.
Miro la carta cada día sin
ánimo de leerla. La miro sabiendo que es mi sino, el pequeño símbolo de mi
estropicio. Desde aquí, como digo, se ven las tierras pardas de olivos y viñas,
los atardeceres despiadadamente rojos. Ella lo sabe, por eso sé que un día
volverá. Cada día le escribo una carta pidiéndole que regrese, y voy acumulando
carta tras carta, todas sin dirección, aquí junto a la suya. Siempre le cuento
lo mismo. Le hablo de los días compartidos, de los sueños aún posibles, de la
vida sin ella, aquí solo, esperando que ella vuelva, sabiendo, eso sí, que
cuando vuelva, no le perdonaré nunca todos estos días me dejó abandonado, estos
días que me dejó aquí solo esperando su regreso. Se lo diré, porque no hay
derecho a que se vaya sin decir adiós, de noche y con alevosía, dejándome en
mitad de la vida sin otra aspiración que verla abrir esa puerta, como si fuera
ayer, y diciendo que ya quería volver, que se había sentido sola, que afuera
hace frío, que el mundo es hostil. Cuando vuelva, se lo diré con todo detalle.
Lo tengo anotado en cada uno de esos sobres. Porque eso no se hace, no, dejarme
aquí solo esperando el invierno con el frío que hace afuera, en ese mundo que
ella no conoce. DIARIO Bahía de Cádiz
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