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 PEQUEÑAS HISTORIAS TAN GRANDES

La carta

 ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

 (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)                    lopezhidalgo@us.es

 

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

La olvidé, como es lógico, con el paso del tiempo. En tal empresa no puse más empeño que la convicción profunda de que nunca más volvería a verla. La conocí hace más de veinte años.  Fue un amor, como se dice, a primera vista. Era como la soñé. De piernas largas, de pechos redondos, de mirada dulce. Era de carácter duro, impermeable al  desasosiego, eficaz en sus proyectos y firme en las adversidades. Vivimos los primeros años felices, ajenos a las convulsiones políticas y los sorprendentes avances tecnológicos. Cuando uno es dichoso, no piensa que la desgracia le pueda desgarrar la vida.

 

Después de todo, no deseábamos nada más que lo ya teníamos, ni a nadie más que a nosotros mismos. Los días transcurrían con una monotonía narcotizadora. Era la vida que habíamos elegido. La casa era pequeña. Ubicada a las afueras de la ciudad, desde la terraza interior se abrían las mansas colinas que rodeaban la ciudad, la tierra rojiza y parda, los verdes olivos, las viñas amarillas en otoño. Era una tierra a veces pelada, pero siempre profundamente melancólica. En invierno el frío era agresivo y las lluvias despiadadas y poderosas. Nos bastaba con aquel rincón para despreciar el mundo que se abría afuera.

 

Pero un día sucedió. No sé cómo ni por qué. No lo recuerdo. Sé que discutimos. La llamé de todo, sin querer, pero se lo dije, le dije que no la quería, que nunca la quise. No sé por qué, pero eso dije. Fui contundente, frío, calculador. Por la noche la oí llorar. Era un llanto apenas perceptible, entrecortado y triste, como el de alguien que llora porque ha perdido a alguien sin solución. Aquélla fue una noche luminosa. A ella le gustaba mirar la luna. Aquella noche también la miró. Después de quedó dormida, dulce y profundamente, como si hubiese logrado huir de un mal sueño.

 

Por la mañana ya no estaba. Encontré la carta en la mesa de noche. Reconocí su letra, grande y redonda, perfecta. Me conmovió que no se llevara nada, que se fuera sin equipaje, como quien quiere olvidar su pasado, como quien sabe que los objetos apresan la memoria. Tantos años después, la carta sigue en la misma mesa en que ella la dejó. No tengo miedo a su contenido, a su despecho o a sus quejas, sino a que ella se haya arrepentido de cuanto escribió, a que lamente para siempre que yo sea cómplice de sus reproches. La carta no es el símbolo de un tiempo estancado, de un futuro que no quiero afrontar, sino la sospecha íntima de que así reparo mis errores.

 

Ella nunca tuvo un mal gesto hacia mí, ni una palabra altisonante, ni una queja, ni un deseo que fuera imposible ni una solicitud inalcanzable. Ella lo daba todo sin papeles firmados, sin acuerdos ni debates, convencida de que el amor, como un buen plato, hay que consumirlo antes de que se degrade, antes de que se altere el paladar. Así lo hizo hasta aquel día en que yo, enajenado,  le reproché cualquier cosa sin importancia, posiblemente convencido de que nuestra estabilidad estaba a salvo de tempestades. Pero el amor es un castillo de naipes que se deshace sin que le invadan los naufragios.

 

Miro la carta cada día sin ánimo de leerla. La miro sabiendo que es mi sino, el pequeño símbolo de mi estropicio. Desde aquí, como digo, se ven las tierras pardas de olivos y viñas, los atardeceres despiadadamente  rojos. Ella lo sabe, por eso sé que un día volverá. Cada día le escribo una carta pidiéndole que regrese, y voy acumulando carta tras carta, todas sin dirección, aquí junto a la suya. Siempre le cuento lo mismo. Le hablo de los días compartidos, de los sueños aún posibles, de la vida sin ella, aquí solo, esperando que ella vuelva, sabiendo, eso sí, que cuando vuelva, no le perdonaré nunca todos estos días me dejó abandonado, estos días que me dejó aquí solo esperando su regreso. Se lo diré, porque no hay derecho a que se vaya sin decir adiós, de noche y con alevosía, dejándome en mitad de la vida sin otra aspiración que verla abrir esa puerta, como si fuera ayer, y diciendo que ya quería volver, que se había sentido sola, que afuera hace frío, que el mundo es hostil. Cuando vuelva, se lo diré con todo detalle. Lo tengo anotado en cada uno de esos sobres. Porque eso no se hace, no, dejarme aquí solo esperando el invierno con el frío que hace afuera, en ese mundo que ella no conoce. DIARIO Bahía de Cádiz


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