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Conocí a Andy Bathie en
Londres hace unos años, antes de que fuera bombero y cuando todavía aspiraba a
ser autor de novelas policíacas. Era, sobre todo, un gran lector. Se tragaba una
novela en el mismo tiempo y con la misma sabiduría con que ingería tres ginebras
con tónica. Es decir, sin pestañear y en un santiamén. Además, habrá que
decirlo. Era un tío legal, algo esmirriado y poco elegante, pero con un corazón
que no le cabía en la guantera del coche. Como se dice en España, era todo
corazón. Le gustaba hablar de fútbol, pero no practicaba ningún deporte. Nunca
lo vi deprimido, hasta aquel ingrato día que leí su nombre en los diarios. Ahora
tenía 37 años y hacía cinco que había aceptado ayudar a una pareja de lesbianas
a tener un hijo. No dudó en donarles esperma.
Linda, la que hacía de mujer
en la pareja de lesbianas, era una rubia espeluznante, de sonrisa incansable, de
labios generosos y mirada imperturbable. Como decía Andy, no era alta ni baja,
de cuerpo armonioso y de andares perniciosos. Era también como su nombre indica,
pero además llevaba el pecado hasta en las cejas. Quienes la conocían decían que
le gustaba todo, tanto el pescado como la carne, pero que tampoco les extrañaba
nada que cualquier día se nos convirtiera en vegetariana. En cualquier caso, más
allá del traje que le cortaran las lenguas de doble filo, Linda era una mujer de
banderas. Un poco anárquica, eso sí, pero de banderas. Andy Bathie la había
amado hasta los tobillos desde que la conoció. Ella, sin embargo, nunca lo supo
ni se dio cuenta de sus inclinaciones, porque Andy era un experto en los
doblajes del alma. Desistió un buen día en que ella le confesó que era lesbiana.
Bebió algo más que otro días y aceptó los hechos tal que así.
De modo que cuando Linda
pidió a Andy que le donara esperma para que otra mujer fuera el padre, quiso
entender que de alguna manera ella sería la madre del hijo y él el padre. Quien
primero así lo entendió fue Linda. Después, el juez. La vida tiene a veces esas
coincidencias. Cuando el desamor separó a Linda del padre de su hija, y las
necesidades económicas se hicieron cuesta arriba, tanto ella como la
Administración de Justicia entendieron que en este caso el padre biológico –es
decir, Andy- debía asumir parte del sustento de la niña.
Andy dejó claro en los
juzgados y en el vecindario que al donar el esperma no tendría ninguna
obligación sobre la hija en ciernes. Linda, por su parte, dijo que era verdad en
parte, pues con el paso del tiempo fue cambiando de idea, visitaba a la niña
cada dos por tres y que durante casi dos años se había comportado como lo que
realmente era: un padrazo. Andy no entendía nada, hasta que un buen día los
abogados le sacaron de dudas. Ahora no tendría problemas si en su día hubiera
donado esperma a través de una clínica oficialmente reconocida. Como no fue así,
se trataba de palabra contra palabra. De modo que la Agencia de Ayuda a la
Infancia le buscó para que se sometiese a un test de paternidad. El test, que
nunca miente, tampoco lo hizo en este caso.
Andy no entiende nada, por
más que los abogados le han explicado que se trata de un agujero legal que está
en vías de solución después de que ha estudiado su caso y el de otros insensatos
de buen corazón. Los abogados le han repetido por a y por b que la ley actual no
reconoce como padres conjuntamente a los dos integrantes de una pareja del mismo
sexo y que está en trámite que la ley otorgue a los dos miembros de una pareja
gay los mismos derechos y obligaciones hacia sus hijos, con independencia de
quién sea el progenitor biológico. DIARIO Bahía de
Cádiz
Él mira a la hija y no se
reconoce, sino que ve en ella los ojos de la mujer que quiso y que lo cambió por
otra mujer. Ahora vive con el sueldo menguado como consecuencia de una sentencia
judicial pero con la satisfacción semanal de compartir con su hija un destino
que ninguno de los dos hubiera imaginado. Ya no está enamorado de Linda, no le
gustan sus ojos, ni su pelo rubio ni sus labios generosos. Ha empezado a salir
con una compañera de trabajo, que está dispuesta a aceptar como suya a la hija
de Andy el día en que contraigan matrimonio. De vez en cuando me llama por
teléfono desde Londres, me dice que vendrá por España, que no tiene tiempo para
leer novelas policíacas y que le interesa, sobre todo, escribir día a día su
propia vida. Ahora la vida es muy linda, me dice. Y ya no entiendo. Pero me
callo. Oigo a Patricia, su hija, pronunciar algo incomprensible a través del
auricular.
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