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Desde que comenzó a vivir con
Elisa, la vida le iba viento en popa. Había logrado echar al olvido los
inconvenientes de su relación anterior. Apenas lograba recordar ya el perfume de
Encarna. Eso sí, una y otra tenían dos puntos en común. El primero, el nombre de
las dos empezaba por E. El segundo, las dos eran grandes devoradoras de
best-seller. Cuando rompió con Encarna, deambuló por la ciudad durante más de
seis meses como un perro vagabundo. Hasta que una buena noche Elisa lo recogió
en su casa después de una borrachera de órdago. Fue lo primero que compartieron:
la resaca. Pero no aquélla, sino también todas las que vinieron después.
Nadie lo hubiese dicho, pero
eran piel de la misma piel. Al principio, nadie apostaba un euro por aquella
relación. Después de poco más de un año, se disiparon todas las sospechas
infundadas de sus más allegados. Fue la primera vez que él había logrado
mantener una relación estable, a excepción de la que compartió con Encarna.
Quienes lo conocían más de cerca decían incluso que era toda persona, que Elisa
lo había cambiado por completo y lo había hecho a su capricho y medida. En
realidad, había algo de eso. Él, sin embargo, no sospechaba que su vida era otra
y que no tenía ningún punto en común con un tiempo pretérito que había olvidado
sin empeño y que tal vez por eso mismo no echaba de menos.
Ahora era disciplinado hasta
en los más pequeños detalles. Elegante en el vestir, desentendido en los sueños,
parco de palabras, sobrado de sonrisas y áspero en los compromisos. Vivía
encerrado en una vida tan perfecta que no sospechaba que pudieran existir los
errores ni las metas inalcanzables. En cierto modo, Elisa lo cambió. Sin
embargo, no era tan culpable como la mayoría pensaba. Es verdad que Elisa le
había inculcado algunos de sus hábitos, pero también lo era que ninguno había
sido a la fuerza. Desde entonces se acostumbró a fumar cigarrillos rubios, a
beber vermouth rojo, a escuchar a Bob Dylan y a Pavarotti, y sobre todo a leer
best- seller.
Por las tardes, mientras ella
regresaba del trabajo abría alguno de los numerosos volúmenes que Elisa
conservaba en las estanterías y lo digería sin haberle dado apenas dos chupadas
al gintonic. Aquel día, sin embargo, le llamó la atención el título de un libro:
Viviendo otra vida. El nombre de la autora no le sonaba de nada: Elena
Sabina. Se percató, eso sí, de que el nombre empezaba por E. Comenzó a leer sin
prestar demasiada atención, pero poco a poco se metió tan de lleno en la
historia que por momentos creía reconocer a algunos personajes, las situaciones
no le eran del todo desconocidas, pero sobre todo el perfil de uno de sus
protagonistas se parecía demasiado a él.
No necesitó terminar la
novela para saber que bajo el seudónimo de Elena Sabina se escondía la
personalidad de Encarna. No era, desde luego, el primer libro que publicaba,
pero con aquel había logrado unas ventas que ya quisieran para sí muchos
autores. Escondió la novela donde Elisa no la pudiera encontrar. Se vistió con
premura y salió a la calle sin rumbo fijo. Tenía la sensación de vivir en una
vida que no era la suya y ahora reconocía como propia aquella otra de la
ficción. Anduvo sin saber adónde varias horas sin saber si volvería a ver a
Elisa y sin intención de reprocharle nada a Encarna. Sólo pensaba en Elena, un
sobrenombre sin identidad, sin rostro. Navegaba entre dos vidas. Una, enterrada
en el pasado. Otra, vivida y olvidada para siempre. En cualquier caso, ambas
irreconocibles y sin interés. DIARIO Bahía de Cádiz
En ese momento se detuvo, se
subió las solapas de la chaqueta y entró al primer bar que encontró. La camarera
le sirvió un café tibio y un chupito de orujo. Ella le miró. ¿De dónde vienes?,
le preguntó ella. ¿Ya no recuerdo?, le dijo. Y le preguntó: ¿Cómo te llamas?
Ella respondió mirándole: Elena. Él le propuso salir a tomar algo cuando acabara
la jornada. Ella le respondió afirmativamente. Y le preguntó: “No sabes de dónde
vienes. ¿Sabes a dónde vas?”. Él sabía la respuesta:
“Me quedo. Sólo sé que de momento me quedo”.
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