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El miércoles, mientras hojeaba el periódico, se
tropezó con una noticia que le desconcertó. Se trataba, según el diario, de un
hecho excepcional. El lunes anterior nadie había perdido la vida en las
carreteras españolas. ¿Y dónde radicaba concretamente la excepcionalidad de
aquella noticia? Precisamente en que desde el 30 de enero de 2006 no se producía
otro hecho igual. Es decir, durante 22 meses, todos los días se había producido
algún accidente de tráfico mortal. Las estadísticas todavía ofrecían algunos
datos más desalentadores. En los últimos doce años sólo se habían contabilizado
cuatro jornadas sin víctimas mortales en accidentes de tráfico.
Ese mismo lunes, F. C. C. se había despertado
huyendo de un mal sueño. Había llamado a la agencia para decir que esa mañana no
iría al trabajo, que tenía la salud resquebrajada por alguna razón que
desconocía y que intentaría, si se recuperaba, ir por la tarde. Aquél fue un fin
de semana negro, porque las relaciones con su mujer se acercaban a la curva
final a una velocidad de vértigo. También fue un fin de semana gris, porque la
lluvia y un cielo encapotado no permitieron ver la luz del sol, ni siquiera
dejaron ver la luz. Así que el domingo se acostó con la sensación equivocada de
que allí se acaba el mundo. Pero el Apocalipsis nunca da los buenos días con
tarjeta de visita. En algún lugar, desde luego, está escrita o grabada la fecha
de nuestro último día, pero no sabemos quién la custodia.
Hasta los últimos meses había mantenido unas
relaciones maritales bastante aceptables. Había dejado de beber con los amigos
hasta las tantas al salir del trabajo. Nunca pisó un burdel, excepto en una
ocasión en que se había ligado a una puta en un pub en pleno centro de la
ciudad. La experiencia le alivió la soledad que anidaba en su corazón, pero
desde entonces nunca logró reconfortar su alma con otros amores de saldo.
Alejandra María del Mar, su mujer, no era ajena a esa vida descontrolada en la
que vivía sumido su esposo, porque por las noches, mientras dormía, hablaba a
voces del destino incierto por donde transitaba su vida.
Alejandra amaba a F. C. C. como el primer día.
Nadie lo entendía porque tenía un cuerpo que te obligaba a beber sin pausa y a
espurrear el alcohol sin razón alguna. El líquido se atascaba en la garganta y
no te dejaba respirar. Todos la miraban sin pestañear con esa inocencia
desbocada que provocan los acontecimientos inusitados. Era provocadora en el
vestir y dinamitera en el andar. Era la guerra personalizada encaramada a unos
zapatos de tacón excesivamente altos. Alejandra María del Mar empezó a dejar de
amarlo un buen día en que se dio cuenta de que la vida no cerraba sus fronteras
al otro lado del barrio, sino que ése era en todo caso el comienzo del camino.
Aquella mañana de lunes pensó que no valía la pena
vivir y que ya no podría ser feliz sin esa mujer a su lado. Llamó al trabajo
para decir que se sentía mal. Después se vistió con una calma moderada. Escribió
una carta de despedida, breve y con letra clara, que no dejara lugar a dudas.
Cualquier curva a esa velocidad, pensó, era un obstáculo insalvable. Pero fue en
ese momento en que oyó que alguien metía la llave en la cerradura e intentaba
abrir la puerta. Era Alejandra, le dijo que no había vuelto porque nunca se
había ido, que nunca se iría de su lado porque el mundo era muy frío lejos de
aquella casa en la que habían vivido cerca de treinta años.
La alegría lo había debilitado aún más. Se encamó
con la vocación de un enfermo en fase terminal, pero el martes por la tarde se
sentía mucho más aliviado hasta el punto que le dijo a Alejandra que la vida
valía la pena y que después de tantos años la amaba como el primer día. El
miércoles, mientras esperaba el autobús leyó en la prensa que aquel lunes había
sido el primer día, en casi dos años, sin muertos en la cartera. Agradeció con
una sonrisa el buen sino de aquella noticia. Después sonrió sin que nadie le
viera, porque sólo él sabía que el muerto de ese lunes ingrato tenía que haber
sido él. Tiró el periódico a la papelera y subió al autobús. Mientras se dirigía
al trabajo, le sonó el móvil. Era Alejandra. DIARIO Bahía
de Cádiz
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