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Creyó que todavía la policía
iba a por él y saltó por la ventana de la taberna que quedaba al fondo junto a
los lavabos, pero no midió la altura del inmueble al otro lado de la calle donde
se abría un estrecho barranco. Cuando vio el precipicio, ya le fue imposible
frenar el ímpetu de su salto. Murió sin saber que aquella fuga era innecesaria.
Carlos Julián Pérez Castro, de 66 años, era colombiano. Al escuchar las sirenas
del coche, pensó que la pasma iba a por él. Pero se equivocaba. Los agentes
aparcaron el vehículo a las puertas de la taberna El refugio, pero se
dirigieron con premura a la farmacia de enfrente por una medicación para una
vecina del lugar, quien horas antes había denunciado por maltrato a su
compañero. Los agentes, igual que vinieron, se fueron, sin reparar en la
presencia del colombiano.
Carlos Julián Pérez saltó al
vacío antes de que la pasma saliera del vehículo oficial. Era esa hora del
atardecer de un otoño cálido cuando el sol se muestra anaranjado tras las
montañas y la noche tarda todavía en mostrar su imponente presencia. Desde la
barra, el dueño de El refugio fue percatándose poquito a poco del
incidente, se acercó a la ventana abierta de par en par y miró desde arriba la
enorme distancia que se abría a sus pies. Para entonces los dos agentes de
policía habían subido al coche sin sospechar que a doce metros un fugitivo de la
ley había perdido la vida huyendo de una supuesta persecución. Abajo, el
colombiano yacía junto al arroyuelo que circundaba el pueblo por la zona
noroeste.
El fallecido había huido de
una prisión de Madrid y había logrado despistar a la pasma durante tres días y
dos noches. Ya se sentía prácticamente a salvo cuando escuchó las sirenas de la
policía y saltó por la ventana de la taberna El refugio. Obviamente,
pensaba que iban a por él, pero desgraciadamente se equivocó. Hay caminos
infranqueables, desde luego, como hay sospechas justificadas, pero también
algunas decisiones son acertadas aunque el destino al que conducen no tenga
retorno. En su caída el fugitivo intentó agarrarse sin éxito a unas ramas, pero
la caída ya era inevitable.
Durante tres días había
logrado despistar a la pasma en distintas ocasiones, aunque a estas alturas
cuesta pensar si los agentes, como en el caso antes mencionado de su
fallecimiento, iban a por él o sencillamente cruzaban por el lugar con otros
fines y en otra dirección. A veces, las vidas se entrecruzan sin puntos comunes
y sin razones concretas para acabar siendo una causa de la otra y la primera la
consecuencia fatal de la segunda. Las personas se tropiezan sin conocerse y por
un momento uno ve en la mirada del otro un momento vivido, la página de algún
libro, una escena sin fundamento que ya es parte de su propia vida.
El colombiano de la vida
sesgada hace sólo unos momentos vivía, como todo fugitivo, con la sospecha
incierta de que cualquiera en cualquier instante le reconocería, con la
sensación de que sus pasos dibujaban huellas indelebles en las aceras de ésta u
otra ciudad, con el sentimiento certero de que su sombra despedía un olor
inconfundible cuando abandonaba un establecimiento o entraba en este otro local.
Veía su rostro en todos los espejos a la vez, incluso en las paredes que no
colgaban espejos, porque la pituitaria del fugitivo le lleva a esa paranoia
indescifrable de verse a sí mismo con rostros diversos pero en los que, por más
que insistas, todos muestran ese perfil inconfundible inherente a su
personalidad. Las sirenas, ya sean de ambulancias o de bomberos, todas le
confunden con las sirenas de los coches de policía. Porque todas las sirenas
advierten de su presencia, y el fugitivo, siempre alerta, emprende la carrera
sin sospechar que en esa ciudad los vecinos viven muy lejos de una persecución
que nunca conocerán.
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