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 PEQUEÑAS HISTORIAS TAN GRANDES

La huida

 ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

 (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)

lopezhidalgo@us.es

 

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

Creyó que todavía la policía iba a por él y saltó por la ventana de la taberna que quedaba al fondo junto a los lavabos, pero no midió la altura del inmueble al otro lado de la calle donde se abría un estrecho barranco. Cuando vio el precipicio, ya le fue imposible frenar el ímpetu de su salto. Murió sin saber que aquella fuga era innecesaria. Carlos Julián Pérez Castro, de 66 años, era colombiano. Al escuchar las sirenas del coche, pensó que la pasma iba a por él. Pero se equivocaba. Los agentes aparcaron el vehículo a las puertas de la taberna El refugio, pero se dirigieron con premura a la farmacia de enfrente por una medicación para una vecina del lugar, quien horas antes había denunciado por maltrato a su compañero. Los agentes, igual que vinieron, se fueron, sin reparar en la presencia del colombiano.

 

Carlos Julián Pérez saltó al vacío antes de que la pasma saliera del vehículo oficial. Era esa hora del atardecer de un otoño cálido cuando el sol se muestra anaranjado tras las montañas y la noche tarda todavía en mostrar su imponente presencia. Desde la barra, el dueño de El refugio fue percatándose poquito a poco del incidente, se acercó a la ventana abierta de par en par y miró desde arriba la enorme distancia que se abría a sus pies. Para entonces los dos agentes de policía habían subido al coche sin sospechar que a doce metros un fugitivo de la ley había perdido la vida huyendo de una supuesta persecución. Abajo, el colombiano yacía junto al arroyuelo que circundaba el pueblo por la zona noroeste.

 

El fallecido había huido de una prisión de Madrid y había logrado despistar a la pasma durante tres días y dos noches. Ya se sentía prácticamente a salvo cuando escuchó las sirenas de la policía y saltó por la ventana de la taberna El refugio. Obviamente, pensaba que iban a por él, pero desgraciadamente se equivocó. Hay caminos infranqueables, desde luego, como hay sospechas justificadas, pero también algunas decisiones son acertadas aunque el destino al que conducen no tenga retorno. En su caída el fugitivo intentó agarrarse sin éxito a unas ramas, pero la caída ya era inevitable.

 

Durante tres días había logrado despistar a la pasma en distintas ocasiones, aunque a estas alturas cuesta pensar si los agentes, como en el caso antes mencionado de su fallecimiento, iban a por él o sencillamente cruzaban por el lugar con otros fines y en otra dirección. A veces, las vidas se entrecruzan sin puntos comunes y sin razones concretas para acabar siendo una causa de la otra y la primera la consecuencia fatal de la segunda. Las personas se tropiezan sin conocerse y por un momento uno ve en la mirada del otro un momento vivido, la página de algún libro, una escena sin fundamento que ya es parte de su propia vida.

 

El colombiano de la vida sesgada hace sólo unos momentos vivía, como todo fugitivo, con la sospecha incierta de que cualquiera en cualquier instante le reconocería, con la sensación de que sus pasos dibujaban huellas indelebles en las aceras de ésta u otra ciudad,  con el sentimiento certero de que su sombra despedía un olor inconfundible cuando abandonaba un establecimiento o entraba en este otro local. Veía su rostro en todos los espejos a la vez, incluso en las paredes que no colgaban espejos, porque la pituitaria del fugitivo le lleva a esa paranoia indescifrable de verse a sí mismo con rostros diversos pero en los que, por más que insistas, todos muestran ese perfil inconfundible inherente a su personalidad. Las sirenas, ya sean de ambulancias o de bomberos, todas le confunden con las sirenas de los coches de policía. Porque todas las sirenas advierten de su presencia, y el fugitivo, siempre alerta, emprende la carrera sin sospechar que en esa ciudad los vecinos viven muy lejos de una persecución que nunca conocerán.


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