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Ahora que la había olvidado,
eso creyó, comenzó a reorganizar su vida. Volvió a los bares de siempre con los
amigos de siempre para sucumbir en las interminables discusiones de siempre.
Como no amaba ni entendía de fútbol, sus intervenciones se limitaban a reafirmar
o negar los argumentos más rigurosos en un ambiente en el que el rigor no era
precisamente una moneda de cambio. Él aprovechaba los momentos más enardecidos
para pedir otra copa y, mientras lograba participar de nuevo aunque de modo
somero, aún le quedaba tiempo para pensar en ella. No entendía por qué su
recuerdo, alguna que otra vez, le invadía el cerebro como si se hubiesen
conocido en ese mismo instante. Pero él sabía doblegar a los recuerdos con dos
vasos más.
Ahora vivía con otro amigo en
un apartamento amplio y cómodo, lo que les permitía estar juntos pero llevar
vidas separadas cuando los tiempos así lo imponían. El nuevo barrio le agradaba.
Tenía árboles y casas de dos plantas, fáciles aparcamientos y cervecerías
limpias y frescas. Por la mañana trabajaba en casa escribiendo y leyendo y al
mediodía salía a pasear y a tapear en las calles adyacentes. Por la tarde iba al
cine o acudía a alguna cita. Todas con mujeres. Los resultados, en cualquier
caso, no eran todo lo satisfactorios que pudiéramos pensar. No era culpa de las
chicas, que alababan sus artículos y su porte dejado aunque elegante. Si por
ellas fuera, ahora estarían arriba pelando la pava y apretando que el tiempo
vuela. La culpa, lo sabemos, era toda suya. Es cierto que había dejado de
amarla, que tal vez hasta la hubiera olvidado durante todos aquellos meses que
estuvo sin verla. Pero algunas relaciones dejan cicatrices hondas que el olvido
solo no basta para cerrarlas.
Después pensó frecuentar los
prostíbulos de las afueras de la ciudad. Eran locales sórdidos y fríos,
decorados con muy mal gusto y húmedos, iluminados con luces de un rojo
indefinido. Las putas eran jóvenes, extranjeras y excedidas en carnes fláccidas.
Olían a pachuli o algún otro perfume del que se necesitan veinte duchas y dos
meses para escabullirse de su olor por una temporada. Un olor que, por ciento,
jamás se olvida para desgracia del usuario. Las putas eran ásperas y pringosas
al mismo tiempo, olían a champán barato y a otro hombre, vestían faldas
minúsculas y tetas excesivas. Tenían la risa falsa y la mirada enajenada. Y
tenían, sobre todo, unas vidas desbaratadas que se las contaban al primer
usuario al que se acercaban.
Así eran todas ellas menos
Lupe. Lupe era minúscula pero preciosa, tierna y suave como el algodón. Tenía la
cara redonda de muñeca cara y los labios rojos de puta reciente, y una voz suave
capaz de encandilar a la moral más autoritaria. Tampoco él supo sobrevivir a los
encantos de Lupe. En realidad, fue ella quien, después de varias sesiones, logró
dejarle el disco duro del corazón más vacío que una noche de domingo, y las
cabeza más ordenada que un programa cibernético.
Fue así como supo, para su
desgracia, que la mancha de mora con otra mora se quita, y que es mejor vivir
atormentado una temporada que no oler a pachuli en todas las esquinas. En
cualquier caso, ahora lleva una vida digna. Cumple su horario laboral con una
disciplina castrense que parece aprendida desde la cuna, y oferta una sonrisa
inmaculada que parece, por limpia y correcta, que antes no hubo otra en su
lugar. Saluda con corrección estrechando la mano y si se le apura ofrece la
mejilla como quien da una limosna en misa. Se le ha quedado el alma tan
planchada que sus formas no ofrecen ninguna arruga, ni siquiera la posibilidad
de encontrar una mancha minúscula en su camisa.
Cuando la encontró unos años
después ya la había olvidado por completo. La encontró desmejorada, más pálida,
con ojeras, podría decirse sin miedo a equivocarnos que también más envejecida.
No por las arrugas, que no las tenía. Le habló de Lupe, aunque no le confesó que
era un putón verbenero que había conocido tiempo atrás. En realidad, él tampoco
sabía el nombre auténtico de Lupe, pues éste, después lo supo, sólo era su
nombre artístico. Un día quedaron para tomar café, le dijo que le presentaría a
su compañera de piso, le dijo que se llamaba Juana, aunque los amigos la
llamaban Juani. Pero cuando conoció a Juani no pudo evitar la cara de sorpresa
porque se trataba de Lupe. Lupe, como es lógico, no lo reconoció, porque él sólo
había sido un hombre en su tumultuosa vida de hombres. Bebieron el café, Lupe
dijo que le parecía muy simpático y muy buen hombre. Después se despidió. Ella
le preguntó que qué le parecía su amiga y él no pudo responder porque fue
entonces cuando la taza de café comenzó a oler a pachuli o a otro perfume del
que se necesitan, al parecer, más años y más duchas que las que él creía
necesarias. DIARIO Bahía de Cádiz
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