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 PEQUEÑAS HISTORIAS TAN GRANDES

Quién se lo iba a decir

 ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

 (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)                    lopezhidalgo@us.es

 

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

Ahora que la había olvidado, eso creyó, comenzó a reorganizar su vida. Volvió a los bares de siempre con los amigos de siempre para sucumbir en las interminables discusiones de siempre. Como no amaba ni entendía de fútbol, sus intervenciones se limitaban a reafirmar o negar los argumentos más rigurosos en un ambiente en el que el rigor no era precisamente una moneda de cambio. Él aprovechaba los momentos más enardecidos para pedir otra copa y, mientras lograba participar de nuevo aunque de modo somero, aún le quedaba tiempo para pensar en ella. No entendía por qué su recuerdo, alguna que otra vez, le invadía el cerebro como si se hubiesen conocido en ese mismo instante. Pero él sabía doblegar a los recuerdos con dos vasos más.

 

Ahora vivía con otro amigo en un apartamento amplio y cómodo, lo que les permitía estar juntos pero llevar vidas separadas cuando los tiempos así lo imponían. El nuevo barrio le agradaba. Tenía árboles y casas de dos plantas, fáciles aparcamientos y cervecerías limpias y frescas. Por la mañana trabajaba en casa escribiendo y leyendo y al mediodía salía a pasear y a tapear en las calles adyacentes. Por la tarde iba al cine o acudía a alguna cita. Todas con mujeres. Los resultados, en cualquier caso, no eran todo lo satisfactorios que pudiéramos pensar. No era culpa de las chicas, que alababan sus artículos y su porte dejado aunque elegante. Si por ellas fuera, ahora estarían arriba pelando la pava y apretando que el tiempo vuela. La culpa, lo sabemos, era toda suya. Es cierto que había dejado de amarla, que tal vez hasta la hubiera olvidado durante todos aquellos meses que estuvo sin verla. Pero algunas relaciones dejan cicatrices hondas que el olvido solo no basta para cerrarlas.

 

Después pensó frecuentar los prostíbulos de las afueras de la ciudad. Eran locales sórdidos y fríos, decorados con muy mal gusto y húmedos, iluminados con luces de un rojo indefinido. Las putas eran jóvenes, extranjeras y excedidas en carnes fláccidas. Olían a pachuli o algún otro perfume del que se necesitan veinte duchas y dos meses para escabullirse de su olor por una temporada. Un olor que, por ciento, jamás se olvida para desgracia del usuario. Las putas eran ásperas y pringosas al mismo tiempo, olían a champán barato y a otro hombre, vestían faldas minúsculas y tetas excesivas. Tenían la risa falsa y la mirada enajenada. Y tenían, sobre todo, unas vidas desbaratadas que se las contaban al primer usuario al que se acercaban.

 

Así eran todas ellas menos Lupe. Lupe era minúscula pero preciosa, tierna y suave como el algodón. Tenía la cara redonda de muñeca cara y los labios rojos de puta reciente, y una voz suave capaz de encandilar a la moral más autoritaria. Tampoco él supo sobrevivir a los encantos de Lupe. En realidad, fue ella quien, después de varias sesiones, logró dejarle el disco duro del corazón más vacío que una noche de domingo, y las cabeza más ordenada que un programa cibernético.

 

Fue así como supo, para su desgracia, que la mancha de mora con otra mora se quita, y que es mejor vivir atormentado una temporada que no oler a pachuli en todas las esquinas. En cualquier caso, ahora lleva una vida digna. Cumple su horario laboral con una disciplina castrense que parece aprendida desde la cuna, y oferta una sonrisa inmaculada que parece, por limpia y correcta, que antes no hubo otra en su lugar. Saluda con corrección estrechando la mano y si se le apura ofrece la mejilla como quien da una limosna en misa. Se le ha quedado el alma tan planchada que sus formas no ofrecen ninguna arruga, ni siquiera la posibilidad de encontrar una mancha minúscula en su camisa.

 

Cuando la encontró unos años después ya la había olvidado por completo. La encontró desmejorada, más pálida, con ojeras, podría decirse sin miedo a equivocarnos que también más envejecida. No por las arrugas, que no las tenía. Le habló de Lupe, aunque no le confesó que era un putón verbenero que había conocido tiempo atrás. En realidad, él tampoco sabía el nombre auténtico de Lupe, pues éste, después lo supo, sólo era su nombre artístico. Un día quedaron para tomar café, le dijo que le presentaría a su compañera de piso, le dijo que se llamaba Juana, aunque los amigos la llamaban Juani. Pero cuando conoció a Juani no pudo evitar la cara de sorpresa porque se trataba de Lupe. Lupe, como es lógico, no lo reconoció, porque él sólo había sido un hombre en su tumultuosa vida de hombres. Bebieron el café, Lupe dijo que le parecía muy simpático y muy buen hombre. Después se despidió. Ella le preguntó que qué le parecía su amiga y él no pudo responder porque fue entonces cuando la taza de café comenzó a oler a pachuli o a otro perfume del que se necesitan, al parecer, más años y más duchas que las que él creía necesarias. DIARIO Bahía de Cádiz


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