|
Ahora que lo sé, te puedo escribir
estas palabras. Ahora que sé que no hay otra mirada como la tuya, no me importa
mirar otros ojos, porque en ningunos me reconozco, porque en ningunos estás. No
sé por qué no los vi antes si merodeabas mi vida como una silueta sin sombra,
si escuchabas mi voz y tomabas discretos apuntes en tu carpeta que después te
disponías a diseccionar como si fuesen ratones de laboratorio. No sé si alguna
vez te acercaste para preguntar una duda, una dirección, el título de un libro
que nunca leíste. No sé si alguna vez me miraste como ahora lo haces, con el
pecado por delante, con la insinuación severa, con la ternura como escudo
interior. De qué te protegías si naciste libre, a quién temías si tus pasos se
pierden por las aceras, de quién huías si nadie te seguía cuando avanzabas hacia
mí.
Ahora te puedo decir que no he
esperado en balde, que debí llegar antes, que no debí preguntar la hora ni el
día, que debí apretarte contra mis brazos sin pedirte permiso, porque ese vacío
estaba ahí esperándome a que llegara para sentarme sobre él. Ahora sé que valió
la pena esperar, que si hubo equivocación bien vale la pena pagar su factura,
que decir adiós nunca borrará el tiempo compartido. No sé por qué siempre
medimos las noches y los encuentros, por qué fabricamos un final decente cuando
hay historias sin final, por qué nos justificamos cuando sobran las excusas y
las exculpaciones.
Ahora sé que después de tus manos no
habrá otras manos, o posiblemente haya muchas más, pero también sé que todas me
recordarán tu piel de los miércoles, los vasos que compartimos mientras nos
amenazábamos apretándonos los dedos. No sabía que se podían decir tantas cosas
con las manos entrelazadas, que a veces basta que me roces con tus dedos para
que la mañana sea azul, que me mires como siempre me miras para que las nubes
vuelen de mis ojos. Ahora sé que de todas las mujeres sólo tú te atreves a
atravesarme los pulmones por derecho, que de todas sólo tú te pusiste delante
sin esperar nada a cambio, que estabas dispuesta a partir para no romper los
sueños que nunca fueron posibles.
Ahora sé que por las despedidas
cobran impuestos y que las horas compartidas desgravan a Hacienda, que las
noches son oscuras si no me arropas con tus brazos, que los días son grises y
con lluvia si no me cubres con tu paraguas. Ahora sé que no hay otra dirección
en mi agenda que tu boca, que no quiero beber otro vaso que no tenga marcados el
carmín de tus labios y el perfume de tu aliento, que no quiero salir a la calle
a buscar otra sombra que no sea la tuya, que me sobra el aliento que respiro si
me faltas, que no quiero decir como siempre que mañana será otro día.
Ahora sé que los meses son eternos,
que la ciudad es la misma, que los vecinos preguntan por ti si no te ven, que
formas parte imprescindible de estos metros cuadrados que compartimos. Cuando no
estás, el silencio es perturbador, la vida parece cogida con alfileres, la
felicidad una palabra que inventaron para entretenernos en los telediarios. Me
gusta tu nombre, tu voz y tu pelo. El nombre te identifica, la voz te describe,
el pelo te anuncia. Ya no quiero otra presencia sino la tuya porque mis ojos se
han acostumbrado a tus brazos y a tu sombra. Como un perro te olfateo desde
lejos y no quiero otro olor que el tuyo desde que te conozco. Ya no puedes
engañarme con otros perfumes, porque debajo de tu piel adivino tu sangre.
Ahora sé que amanece temprano, que
los días se amontonan sin orden en nuestras vidas, que detrás de la vida siempre
nos queda la vida. Pero yo no quiero otra vida si no estás tú, si me levanto y
no escucho tu nombre, si salgo a las calles y no encuentro tus manos apretadas a
las mías. Ahora es tarde para decir que no debí conocerte, que hubiese sido
mejor tirar por la calle de en medio, que no valió la pena salir tan pronto de
esta habitación. Nunca hay un final si los dos no decimos adiós, hay encuentros
eternos y miradas que siempre buscan los mismos ojos. Ahora sé que nunca podré
olvidarte, porque no se puede amputar un órgano vital sin que nuestra propia
vida corra el riesgo de morir para siempre. Ahora sé que si nunca te hubiese
conocido, te tendría que haber inventado para que mi vida tuviera sentido, para
que esta sensación de estar vivo, más allá de una mera obligación, sea ahora
también la dicha más codiciada. DIARIO Bahía de Cádiz
ARTÍCULOS ANTERIORES
|