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Ahora él sabe que ella lo
ama, pero no se lo dice. Como siempre ocurre. Nunca llega el momento único, la
oportunidad gratuita, la emboscada perfecta. Al final, como siempre ocurre, en
cualquier lugar insospechado, él se lo dice a bocajarro, le dice que la ama,
como quien pide una barra de pan o un vaso de vino, como quien baja a comprar el
periódico y vuelve con la fiesta puesta en la cabeza. No es miedo, tampoco
inseguridad, sino la duda eterna que le condena, esa ventana que siempre se
queda abierta cuando ella está a su lado y afuera gravita el mundo sin su
presencia. Sólo quiere estar a su lado, pero no puede ausentarse del mundo del
que proviene, heredero de una bohemia archivada, cómplice de noches tabernarias,
huésped de días sin rumbo que le permitían vagar por la vida sin carnet de
identidad, sin alforjas, sin horarios ni contraseñas.
Ahora ella se ha puesto en
mitad de su vida como un árbol que entorpece el camino, y él quiere encaramarse
a lo más alto del tronco y no bajar nunca más, pero allá arriba otea el
horizonte y el paisaje le parece más enigmático y lejano que nunca, como si
nunca se hubiese acercado a esos atardeceres rojos ni a ese mar en calma. Mira
debajo de los puentes la noche que se incrusta por sus sombras, emprende el
vuelo y las nubes le entorpecen una vista desde la que la tierra parece más
ancha aún.
Hoy la ha llamado, le ha
dicho que se le acumula el trabajo, y es verdad. Pero allí sentado está ausente
de los papeles y de las obligaciones, bebe ginebra sola con hielo, aprieta el
vaso contra sus manos. Está sentado contra la ventana, mirando un óleo colgado
en la pared. Es un cuadro abstracto. Se percibe la espalda de un hombre, la
esquina de una mesa, una silla. Piensa que ese hombre de la pintura es él,
aunque no es él. Bebe sin sed, porque para beber ginebra la sed no es necesaria.
Bebe porque sabe que ella piensa en él, que siempre pensó en él. Ahora que la ha
tenido a su lado, ahora que la puede tener siempre a su lado, se ha abierto la
distancia. Han estado tan cerca, se han buscado tantas veces en tantos lugares
diferentes, que se han perdido en la búsqueda, pasaron de largo sin reconocerse,
aunque entre la multitud sus ojos se encontraron, aunque entre la multitud se
tropezaron de frente y se pidieron perdón, como dos desconocidos que nunca más
volverán a verse.
Posiblemente dejaron pasar el
tiempo cuando la sangre les embargaba la vida, y posiblemente dijeron de amarse
cuando ya la vida pasaba de largo, como quien se bebe la sopa fría o el helado
de vainilla ya tibio. La temperatura, él lo sabe, mide los momentos, y uno no se
puede amparar en el protocolo cuando las venas chirrían ni tampoco uno se puede
desbocar cuando amaina la tormenta. Ahora, sentado de espaldas a la ventana,
sabe que la amó, que posiblemente la ame, pero que el tiempo de las miradas
cautivas se ha clausurado de repente. Quiere llamarla por teléfono, citarla en
el mismo bar en que se besaron aquella noche y decirle que la vida es tan breve
que la noche les ha pillado de improviso y sin hacer los deberes.
Pero no lo hará. Le escribe
una nota escueta, sin metáforas y sin sentimientos, sin literatura y sin vida.
Un par de frases que resumen un estado de ánimo y una convicción profunda. Él
sabe que ella leerá la nota. Algún día, no mañana, ni pasado. Porque ella
también intuye que él le ha escrito una nota, una nota que es una despedida, y
ella lo sabe, pero prefiere ignorarlo. Él se ha ido y no volverá. Una semana
después ella encuentra sobre la mesa de la casa de él un folio doblado en la
mesa. Sólo tiene dos frases. Breves y precisas. Demoledoras. Breves, precisas y
demoledoras como el primer beso. Apenas rozarse los labios, apenas sentir su
aliento, apenas mirarse después. Ella adivina ahora que fue entonces cuando él
redactó la nota en su cabeza y la conservó ahí hasta la semana pasada en que la
escribió para sacársela del horno donde se coció durante las semanas que
vivieron juntos.
En la nota no le dice adiós,
porque nunca le dijo bienvenida. Con la nota no cierra ninguna puerta, porque
ninguna había abierto. Con su partida tampoco deja ninguna ausencia, porque
nunca estuvo allí. Ella ha leído el papel y lo vuelve a poner sobre la mesa. No
lo rompe, porque sabe que no le pertenece, porque no entiende lo que dice.
Quiere llorar, pero no lo hace. No sabe en qué se equivocó, no sabe cuál fue su
mal paso, qué palabra sobraba en aquellos breves diálogos de la ausencia. Ha
cerrado la puerta de la casa de él y ahora camina sin saber adónde ir, sin saber
dónde está él, sin saber si alguna vez quiso estar a su lado. Y lo más terrible:
sabe que sin él ya la vida no será igual. DIARIO Bahía de
Cádiz
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