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 PEQUEÑAS HISTORIAS TAN GRANDES

¿Cuándo?

 ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

 (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)                    lopezhidalgo@us.es

 

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

Cuándo se sabe que se ha cruzado la frontera, que no es posible el retorno ni otra despedida. Cuándo miramos desde el tren el paisaje soñado y sabemos que será la última mirada, que será otro el paisaje y otro el tren al que subamos. No se puede construir un muro con bolas de papel, ni echar de menos un rostro que no hemos visto desde hace años, ni podemos navegar el mismo océano dos veces, ni morir cuando la vida nos desborda de proyectos tangibles. No sabemos dónde se compra el billete de vuelta, porque posiblemente tampoco queramos volver a ninguna parte. Estamos aquí metidos en mitad de nosotros mismos, conscientes del privilegio de no saber quiénes somos en realidad, aunque lo sospechamos y lo investigamos con ahínco y sin resultados positivos.

 

Tenemos otro yo que nos acecha en silencio, que nos persigue cuando huimos de nosotros, que pretende suplantarnos cuando mentimos o cuando soñamos, o cuando escribimos. No sabemos dónde comienza el abismo, ni sabemos de la mano amiga que nos empujará cuando nos asomemos al vacío. Entonces no tendremos vértigo sino la sensación posible de que no hay retorno. No tendremos miedo a despeñarnos en cualquier ladera, ni que los vehículos nos arroyen a su paso. Nos detendremos al borde de la carretera sabiendo que nadie aminorará su paso y nos montará a la grupa de su caballo. El camino es cualquiera, cualquiera la dirección y el rumbo. No hay indicaciones que nos muestren el número de kilómetros que resta para esta u otra ciudad, ni brújulas que nos orienten cuando el sol calcina las conciencias.

 

Cuándo sabremos que hemos llegado si nadie nos espera a la puerta de la casa. Cómo sabremos que es ésta la casa ni sólo hay silencio y en la cocina no hay olor a ningún guiso, si la cama está vacía y fría. Qué nos hace decidirnos por esta silla y esta mesa, por qué nos sentamos a esa hora en que nadie se sienta a nuestro lado, a quién esperamos si sabemos que nadie llamará a la puerta, que nadie beberá del otro vaso que tenemos enfrente. Cuándo sabemos que debemos levantarnos, no decir adiós y emprender de nuevo el camino que nunca debimos abandonar. Afuera el gentío no nos ve. Caminan con prisa, en orden, enigmáticos, ausentes de ellos mismos. Nos perdemos entre los peatones que van y vienen, entre los coches que circulan sin conductor por las amplias avenidas de cualquier ciudad. Y ahí estamos nosotros, mirando el mismo escaparate, esperando en la misma parada el mismo autobús de ayer, con el periódico doblado debajo del brazo, con el frío apretado a la garganta y las manos metidas en los bolsillos de la gabardina.

 

Cuándo sabremos que alguien nos grita en la distancia, que nos llama por nuestro nombre, que nos identifica entre la multitud, cuándo sabemos a dónde vamos y de dónde venimos. En ocasiones, alguien nos habla, en realidad nunca ha dejado de hablar, nos narra nuestra propia biografía con lujo detalles, no omite los momentos más íntimos ni los errores de bulto. Nos está mirando con esa seguridad que ponen los policías cuando te paran en mitad de la carretera, o el médico de cabecera cuando te quiere sorprender aunque nosotros ya sabemos que ninguna enfermedad es una sorpresa sino sólo una confirmación técnica de nuestras sospechas más íntimas y devastadoras. DIARIO Bahía de Cádiz

 

Pero a veces no hay fronteras ni caminos ni ciudades, ni nadie que requiere tu atención cuando te pone los dedos en el hombro. Miras hacia atrás y no ha nadie, ni parada de autobús, no hay sillas ni mesas. Tienes un vaso en la mano, un vaso vacío y limpio, que nunca has usado. Lo tiras contra la tierra mojada y cuando emprendes el camino oyes un rechinar de cristales rotos contra tus zapatos. Y entonces comprendes, sólo aparentemente, que no hay vuelta atrás porque tampoco hubo huida, que no sientes la velocidad en la piel porque nunca hubo movimiento, que sólo ha habido una quietud de años que ahora nos agrieta la piel y nos perturba los sueños, y cuando abrimos la ventana tememos el aire huracanado que no sopla, porque tampoco hay ventana. Lo que no sabemos tampoco es cuándo aprendemos todo esto, en qué minuto la vida pone un punto de inflexión en nuestro rostro. Es entonces cuando abrimos el periódico y sabemos qué día es y leemos qué ha ocurrido en el mundo, pero, lejos de toda sospecha, seguimos ignorando si son nuestras las manos que agarran el periódico y si son nuestros los ojos que leen las noticias. Y es entonces también cuando sabemos a ciencia cierta que hemos cruzado para siempre la frontera que nos ata a la vida.


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DIARIO Bahía de Cádiz (BC) v. 1.9.
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