|
Cuándo se sabe que se ha cruzado la
frontera, que no es posible el retorno ni otra despedida. Cuándo miramos desde
el tren el paisaje soñado y sabemos que será la última mirada, que será otro el
paisaje y otro el tren al que subamos. No se puede construir un muro con bolas
de papel, ni echar de menos un rostro que no hemos visto desde hace años, ni
podemos navegar el mismo océano dos veces, ni morir cuando la vida nos desborda
de proyectos tangibles. No sabemos dónde se compra el billete de vuelta, porque
posiblemente tampoco queramos volver a ninguna parte. Estamos aquí metidos en
mitad de nosotros mismos, conscientes del privilegio de no saber quiénes somos
en realidad, aunque lo sospechamos y lo investigamos con ahínco y sin resultados
positivos.
Tenemos otro yo que nos acecha en
silencio, que nos persigue cuando huimos de nosotros, que pretende suplantarnos
cuando mentimos o cuando soñamos, o cuando escribimos. No sabemos dónde comienza
el abismo, ni sabemos de la mano amiga que nos empujará cuando nos asomemos al
vacío. Entonces no tendremos vértigo sino la sensación posible de que no hay
retorno. No tendremos miedo a despeñarnos en cualquier ladera, ni que los
vehículos nos arroyen a su paso. Nos detendremos al borde de la carretera
sabiendo que nadie aminorará su paso y nos montará a la grupa de su caballo. El
camino es cualquiera, cualquiera la dirección y el rumbo. No hay indicaciones
que nos muestren el número de kilómetros que resta para esta u otra ciudad, ni
brújulas que nos orienten cuando el sol calcina las conciencias.
Cuándo sabremos que hemos llegado si
nadie nos espera a la puerta de la casa. Cómo sabremos que es ésta la casa ni
sólo hay silencio y en la cocina no hay olor a ningún guiso, si la cama está
vacía y fría. Qué nos hace decidirnos por esta silla y esta mesa, por qué nos
sentamos a esa hora en que nadie se sienta a nuestro lado, a quién esperamos si
sabemos que nadie llamará a la puerta, que nadie beberá del otro vaso que
tenemos enfrente. Cuándo sabemos que debemos levantarnos, no decir adiós y
emprender de nuevo el camino que nunca debimos abandonar. Afuera el gentío no
nos ve. Caminan con prisa, en orden, enigmáticos, ausentes de ellos mismos. Nos
perdemos entre los peatones que van y vienen, entre los coches que circulan sin
conductor por las amplias avenidas de cualquier ciudad. Y ahí estamos nosotros,
mirando el mismo escaparate, esperando en la misma parada el mismo autobús de
ayer, con el periódico doblado debajo del brazo, con el frío apretado a la
garganta y las manos metidas en los bolsillos de la gabardina.
Cuándo sabremos que alguien nos
grita en la distancia, que nos llama por nuestro nombre, que nos identifica
entre la multitud, cuándo sabemos a dónde vamos y de dónde venimos. En
ocasiones, alguien nos habla, en realidad nunca ha dejado de hablar, nos narra
nuestra propia biografía con lujo detalles, no omite los momentos más íntimos ni
los errores de bulto. Nos está mirando con esa seguridad que ponen los policías
cuando te paran en mitad de la carretera, o el médico de cabecera cuando te
quiere sorprender aunque nosotros ya sabemos que ninguna enfermedad es una
sorpresa sino sólo una confirmación técnica de nuestras sospechas más íntimas y
devastadoras. DIARIO Bahía de Cádiz
Pero a veces no hay fronteras ni
caminos ni ciudades, ni nadie que requiere tu atención cuando te pone los dedos
en el hombro. Miras hacia atrás y no ha nadie, ni parada de autobús, no hay
sillas ni mesas. Tienes un vaso en la mano, un vaso vacío y limpio, que nunca
has usado. Lo tiras contra la tierra mojada y cuando emprendes el camino oyes un
rechinar de cristales rotos contra tus zapatos. Y entonces comprendes, sólo
aparentemente, que no hay vuelta atrás porque tampoco hubo huida, que no sientes
la velocidad en la piel porque nunca hubo movimiento, que sólo ha habido una
quietud de años que ahora nos agrieta la piel y nos perturba los sueños, y
cuando abrimos la ventana tememos el aire huracanado que no sopla, porque
tampoco hay ventana. Lo que no sabemos tampoco es cuándo aprendemos todo esto,
en qué minuto la vida pone un punto de inflexión en nuestro rostro. Es entonces
cuando abrimos el periódico y sabemos qué día es y leemos qué ha ocurrido en el
mundo, pero, lejos de toda sospecha, seguimos ignorando si son nuestras las
manos que agarran el periódico y si son nuestros los ojos que leen las noticias.
Y es entonces también cuando sabemos a ciencia cierta que hemos cruzado para
siempre la frontera que nos ata a la vida.
ARTÍCULOS ANTERIORES
|