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Desde pequeño le apasionaban las
novelas de crímenes y las películas protagonizadas por agentes de la policía.
Así que cuando tuvo que decidir qué hacer con su vida no tuvo ninguna duda en
vestir el uniforme del cuerpo. Su currículum profesional estaba plagado de
éxitos y de consecutivos ascensos. Tenía prestigio entre los compañeros y para
los periodistas era fuente informativa prestigiosa y privilegiada. Era frío con
las mujeres, disciplinado en el trabajo, hábil en la resolución de cualquier
caso por engorroso que a primera vista se mostrara. Era un policía honrado,
discreto, aunque ambicioso. No se le conocían relaciones que sobrepasaran los
incidentes del fin de semana. En vacaciones viajaba solo a destinos exóticos o a
lugares próximos y comunes con el mismo espíritu aventurero que si cruzase una
esquina.
Así fue hasta entonces, hasta que
vio a esa mujer de ojos grises que se le atascó en el corazón. Nadie podía creer
que en su madurez profesional cualquier mujer le pudiera dar un viraje a su vida
de tal proporción. Pero, claro, no se trataba de cualquier mujer, sino de ella,
de esa mujer de ojos grises, decía. Por las noches su mirada se le metía en los
sueños como un intruso a quien no podía echar de casa. Se metía en sus ojos como
quien cae a un abismo y en la caída veía la vida de la mujer secuencia a
secuencia, día a día, como si pudiera desnudar su memoria, como si pudiera abrir
su pasado y cruzar su umbral sin apenas saludar. Fue entonces cuando la vio en
la calle y observó cómo ella observaba a un hombre, al mismo hombre que bebía
con ella en la barra donde se tropezaron la misma noche y vio a través de los
ojos grises de esa mujer cómo el hombre disparaba a otro hombre y cómo el hombre
caía como un saco en plena vía pública y cómo el hombre, se decía, era el mismo,
lo reconoció en el primer instante y supo que se trataba de él, del mismo
hombre, del mismo caso, del mismo muerto y, claro está, del mismo asesino.
Durante muchas semanas fue al local
y se sentó a la barra con un whisky en la mano esperando a que llegaran el
asesino y la mujer de ojos grises, o que solamente ella llegara y se sentara a
su lado y pidiera algo de beber, y entonces él la miraría, como la miró la
primera noche, y luego le diría cualquier cosa, quién sabe, cómo estás, pensaba,
o de nuevo por aquí, pensaba. Pero no, aquella noche no llegó nadie, ni muchas
noches después. Él sabía, no obstante, que debía esperar, que volverá al mismo
lugar durante más noches, porque de entre tantos ojos que miran en el mundo sólo
le interesa ahora los de esa mujer, no porque haya visto matar a un hombre, sino
porque esos ojos son distintos a todos, carajo, tienen una tristeza alegre que
te mata, coño, decía, un mundo dentro de sus pupilas que te engancha sin
compasión, a mí, pensaba, a mí me ocurre, que me reía de mis compañeros y de sus
cursis romances de quinceañeros, pero esa mujer es diferente, lo sé, decía.
El hombre que siempre quiso ser
policía no ha dejado ni una sola noche de acudir al local. Esta noche tendrá
suerte. El hombre que ha disparado a otro hombre entra y se sienta a su lado.
Viene solo, sin la mujer. Podría detenerlo, interrogarle sobre el crimen que ha
cometido, pero en realidad quiere preguntarle dónde está esa mujer de ojos
grises. Bebe con impaciencia mientras piensa qué hará. Su gabardina huele a
tabaco. Esta noche ha refrescado. Habrán peleado, piensa. A lo mejor desde hace
unas semanas no se han visto, igual una fiebre de amor a la que se le ha ido la
temperatura en dos revolcones, piensa. Mira a través de los cristales y afuera
la mujer de ojos grises sube a un coche y lo pone en marcha. Sin apenas
pensarlo, deja un billete en la barra y sale sin despedirse. Sube a su coche y
sigue al de la mujer. Hace frío pero la noche es clara. Mantiene una cierta
distancia para que la mujer no se percate de que la siguen, pero la mujer sabe
que la siguen, sabe que se trata del mismo hombre que conoció en la barra de
aquel local hace unos meses cuando conoció al hombre que ha dejado de amar, al
hombre que no ha sido nada en su vida. Ella sabe que el policía va detrás como
quien persigue a un delincuente, pero no, no se trata de un delincuente, piensa
él, se trata de poner punto final a esos sueños recurrentes, se trata, se dice,
de saber qué hay de verdad en su mirada y en su vida.
Eso piensa mientras conduce, pero
nunca lo sabrá porque el coche ha desaparecido, como si se lo hubiese tragado la
tierra. No es posible, grita, dónde estará. No está, sencillamente no está.
Acelera, pero no sirve de nada. Acelera aún más. Está solo en la carretera,
piensa, pero ve de pronto otro vehículo que circula en dirección contraria, una
carrera ilegal, lo sabe, frena sin compasión para impedir que el impacto sea lo
más leve posible, pero al hacerlo el vehículo que viene detrás gira y se sale
de la autovía, ve cómo el coche se sale de la carretera y se empotra contra un
árbol. En una ráfaga indescifrable ve los ojos grises de la mujer que conduce el
vehículo y cuya mirada se apagará en ese mismo instante cuando el volante le
atraviese la vida para siempre. DIARIO Bahía de Cádiz
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