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 PEQUEÑAS HISTORIAS TAN GRANDES

Un despiste fatal

 ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

 (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)

lopezhidalgo@us.es

 

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

¿Qué importa su nombre? También él quiso olvidarlo desde entonces. Pero la memoria en ocasiones te abandona en plena vía pública y otras te dirige su frío acero como una daga en plena noche. Nadie conoce su destino y mucho menos sospecha que el infortunio se vista con tanta modestia y rutina. Aquella mañana se vistió con la premura acostumbrada y sorbió el café de un solo trago. Despidió a su mujer con un beso que no despertó su amor adormecido pero sí sus sospechas de mujer desorientada. Como cada día se dirigió a la escuela donde su hija mayor alumbraba un futuro halagüeño en los estudios. Después, miró a la pequeña de 21 meses que dormía en el asiento trasero. Cuando la vía estuvo libre, se dirigió a la guardería.

 

Conducía sin prisas, pensando que la vida lo había hecho afortunado. Pero pronto se le amontonaron las imágenes de los sueños rotos. Pensó que no, que la vida no valía la pena. Pensó en la hipoteca tantas veces aplazada, en los viajes sin rumbo de tantas vacaciones frustradas, en los paisajes paradisíacos de las costas imposibles que nunca alcanzaría a pisar. Veía cómo sus compañeros se enfrentaban a otros retos laborales, los veía volar del barrio donde siempre compartieron los jardines y las tascas. Nunca pudo comprender cómo se puede romper con el pasado, cómo se puede construir un sueño sin contar con los recortes del tiempo pretérito. Lo pensaba cada día, así que cada vez más le asfixiaban las mismas imágenes recurrentes.

 

Aparcó, como cada mañana, después de voltear varias manzanas sin suerte, hasta que el puro azar siempre le otorgaba un espacio donde abandonar el vehículo. Aquella mañana no andaba más obsesionado que otras. Apenas habían transcurrido dos horas desde que salió de la casa cuando la mujer le telefoneó para preguntarle por qué su hija pequeña no estaba en la guardería. Sólo entonces fue consciente de que la había dejando durmiendo en el asiento trastero del coche.

 

El padre de la pequeña debía haberla llevado a la guardería, pero se dirigió directamente a la gestoría donde trabajaba. No podía creer lo que le había pasado. El mundo se le había caído encima. Llevó rápidamente a la pequeña al ambulatorio más próximo, donde los servicios médicos, debido a su gravedad, la trasladaron al hospital, donde falleció. La niña murió por deshidratación, pues permaneció en le vehículo en torno a las tres horas.

 

Aquel despiste fatal le cambió para siempre la vida. La Guardia Civil abrió una investigación sobre el caso. Al padre se le podría atribuir un posible delito de homicidio imprudente. Pero ya daba igual. No quiso reconocer la mirada de la mujer, ni abrazar a su hija mayor. Comenzó a sentir un viento huracanado en la cabeza, un viento que buscaba una rendija por donde salir. Pero su cabeza era habitación tapiada. Recordó su nombre y aquella mañana de la desgracia. Sólo pensaba que merecía la pena vivir, que era posible cambiar la vida, que no es posible vivir amedrentado para siempre. Y fue entonces cuando escuchó la voz de la mujer, cuando supo que había olvidado dejar a la pequeña en la guardería, cuando saltó de su mesa y se enfrentó a ese despiste fatal, a esa experiencia que lo postró para siempre en la antesala de los recuerdos, ese lugar donde sólo habita la memoria como si fuera un viento huracanado, un viento que en su corazón sólo lleva grabada la imagen de una pequeña de 21 meses que no puede respirar en el asiento trasero de un coche en una ciudad cualquiera a esa hora en la que todos trabajan y en la que los sueños sólo son un estorbo fatídico para un hombre perdido.  DIARIO Bahía de Cádiz


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