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Lo ve tras los cristales de la
cafetería, y entonces paga y lo sigue. Desde hace casi un año repite esta
ceremonia diariamente. Hoy la mañana es luminosa. Es un tiempo de primavera
anticipada en un año que ha llovido poco. Será verdad, piensa, eso del cambio
climático, el deshielo, la sequía, los temporales incontenibles que rompen con
sus ventoleras la monotonía de un invierno que se repite sin novedades año tras
año. Lo ve de perfil cuando toma la segunda bocacalle para dirigirse a la
oficina como cada mañana durante todo un año.
No lo conoce personalmente, pero
piensa que es un hombre afable, un buen padre de familia, severo y cariñoso en
la educación de los hijos, creativo y solidario en el trabajo, ingenioso con los
amigos cuando apura la última copa antes de volver a casa. Debe tener la mirada
profunda, piensa, el gesto sereno, la voz grave y bien modulada. A estas
alturas, cada mañana se atreve a adivinar su vestuario, de calidad y buen gusto
y muy poco variado. Alegre sólo en el color de las corbatas, reincidente en los
calcetines y los zapatos, elegante y monótono en el traje de vestir. Los fines
de semana viste vaqueros y deportivas, jersey de cuello redondo llamativo que
desdice de sus chaquetas oscuras y discretas.
Entendido en vinos, amante de las
películas de cartelera, tertuliano ingenioso. En su día, piensa, debió ser un
donjuán exitoso. Todavía hoy debe andar con secretos de alcoba, con secretaria
de toda confianza, con dudas sobre su futuro profesional y su ideología
política. Hay algo enigmático en su porte que le perturba, algo atractivo en su
caminar que lo desvela, algo mágico en el movimiento de sus manos cuando
gesticula al hablar. Conoce todo su pasado. Sus amores enconados, sus alardes
profesionales, su vacío existencial.
Le gusta seguirlo cuando cruza la
ciudad por que le gusta andar para mantener el cuerpo a tono. Sería un lujo
poder robar dos horas a la empresa para acudir al gimnasio. Cuando camina,
observa los edificios, los árboles, los perros que mean en los árboles de todos,
los perros que mean en los coches de cada uno. Odia a los perros urbanos.
Compadece a los perros urbanos y maldice a sus dueños. Como cada mañana, le
gusta tomar café cortado antes de subir a la oficina. Mientras le atiende el
camarero, abre una pequeña agenda de color beis. Es un listín telefónico. Todos
son teléfonos de mujeres. Compañeras de curso de cuando estudiaba en la
Universidad, compañeras de trabajo, vecinas, mujeres de amigos. El hombre que lo
observa desde la calle sabe que uno de esos teléfonos corresponde al móvil de su
mujer. Cuando marca el número, el hombre que lo observa no sabe si se trata del
teléfono de su mujer. Tampoco le preocupa. Él ha tomado una decisión.
Lo observa mientras sonríe. La
conversación con esa mujer le ha cambiado el rostro. Una mueca de felicidad se
dibuja en sus labios. Si lo tuviera al lado, podría escuchar la conversación del
padre con la hija, que la recogería a la dos para ir a casa, que se cuidara, que
la quiere mucho, muchísimo. Paga el café, que apura de un sorbo. Y sale sin
mirar a quien lo observa ahora tan cerca, camina sin percatarse de quien lo
sigue a una distancia de tres metros. El hombre que lo sigue lo llama por su
nombre, él se vuelve con toda naturalidad, muestra sorpresa porque no conoce a
quien tiene delante. Ve que saca la mano del bolsillo de la cazadora, la mano
empuña un arma, le apunta a la sien y le dispara dos tiros. Cae como un saco
lleno de legumbres. El hombre que lo observaba tomar café y que le ha disparado
guarda el arma en la cazadora y sigue su camino. El cielo se ha cubierto.
Comienza a lloviznar. Ni esto es primavera ni esto es nada, piensa. Una mujer a
quien no conoce lo ha visto todo, pero no sabe qué hacer. El cambio climático
nos trae a todos como locos, dice ella. DIARIO Bahía de
Cádiz
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