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 PEQUEÑAS HISTORIAS TAN GRANDES

Por robar un portal de belén

 ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

 (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)                    lopezhidalgo@us.es

 

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

Mi marido se llama Joaquín Cuéllar. Su pecado no fue  tomar drogas y andar siempre como perdido, ni siquiera robar, sino robar a la Iglesia. Hasta Cervantes lo decía. Con la Iglesia nos hemos tropezado. Vaya que casi nos hemos tropezado. Nunca le hizo caso a nadie. Eso sí, trabajaba cuando podía, pero nunca hizo daño a nadie. Y ahora me salen con éstas. Siempre robaba pequeñas cosas sin importancia. Una vez, un aparato de música. Otra, un sombrero mexicano. Objetos sin importancia que vendía para no desengancharse de ese vicio que un día lo matará. Pero es un buen hombre. Nunca robó un banco, cuando sabemos que los bancos nos roban. Nuca desdijo a la Iglesia en aquello y en lo otro, cuando sabemos que la Iglesia nos engaña. Que conste que yo soy cristiana, pero lo que no puede ser no puede ser. Y que Dios me perdone.

 

En fin, la sentencia se ha hecho pública ahora, pero todo ocurrió hace ahora nueve años, mal año donde los haya. Entró en un portal que era propiedad del Obispado de la ciudad. Como era Navidad, sólo se le ocurrió robar el portal de belén. No sé cómo lo hizo, porque eran ochenta piezas. Piezas de terracota que pesaba una barbaridad cada una, pintadas con bastante mal gusto, por cierto. No contento con la faena, se trajo los candelabros, los velones, algún cáliz. Como si los curas no tuvieran más velas ni más copones. En fin, que me dio las fiestas. Pero el tiempo, que es inexorable en su paso, eso dicen los poetas, pasó, como es lógico. Hasta que un día de éstos mi Joaquín iba con la niña, que sólo tiene ocho años, y la policía lo detuvo. Se lo llevaron al penal. A mi Joaquín, ya ves, que ya se desenganchó y que empezó a pagar hace un año las figuritas del belén. Así llevaba ya un año. Malditos muñecos de barro. He pedido clemencia al obispo, pero el obispo es implacable al perdón, no le corresponde a él perdonar, dice, sino a Dios y a la justicia. Siempre igual, pero cuando ocurrió lo de aquel cura pederasta, recuerdas, nada, lo protegió bajo su manto.

 

Comprenderás que esté quemada de la vida. El jefe de mi Joaquín se ha ofrecido para escribir una carta de recomendación, para pedir el indulto, para lo que sea, para que se haga justicia. Joaquín  estaba pintando la casa. A comienzos de mes, como cada mes, nos quitarán los 350 euros para pagar las figuritas del belén. Y yo mientras tanto, a tragar con todo. Y él allí en el penal para que otra vez caiga en la droga. Ahora que todo nos iba mejor. Es verdad que en 2004 fue sentenciado a dos años de cárcel, pero la condena se ha hecho esperar hasta ahora, cuatro años después. En ese tiempo logró rehabilitarse, encontró trabajo. Éramos una familia feliz. Joaquín es otro hombre, pero ahora no sé. No sé por qué la justicia actúa así y no sé por qué el Obispado no se apiada de nosotros.

 

Quisiera huir, montar en un barco e irme fuera de aquí, lejos, no sé adónde, donde nadie nos conozca, donde se pueda construir una nueva vida. Coger un cayuco y huir, al revés que hacen otros seres humanos, huir donde podamos ser felices, a algún lugar donde no celebren la Navidad con figuritas de belén, donde se pueda empezar de nuevo una vez más. Toda la vida igual, huyendo de nosotros mismos, de nuestras creencias, de nuestros vecinos. No sé cómo alimentar a mis hijos estos meses. Desde luego, no se me ocurrirá robar un portal de belén. Antes prefiero buscar comida en los contenedores, pedir limosna en las calles, prostituirme incluso, pero, eso sí, dejar a la Iglesia lo que es de la Iglesia, aunque lo hayamos pagado entre todos, que lo hemos pagado entre todos. Sólo pienso en mi Joaquín, en mi niña, en esta vida desdichada. Sólo pienso, y sé, que al final seré feliz, aunque sea a costa de tachar la mitad de mi biografía en los almanaques usados.

 

Hace un rato he hablado con Joaquín. Dice que está bien. Lo dice para tranquilizarme, pero yo sé que miente. A la niña le he dicho que iba de viaje, que pronto volverá. Me dice que le va a pedir a los Reyes Magos que vuelva papá. Y yo le digo que sí, que los Reyes Magos siempre traen lo que uno les pide. Aunque tarden, siempre lo hacen, pero que nunca se comprometen a decir una fecha, porque tienen mucho trabajo, el mundo es muy grande y los penales están cerrados a todas horas. Me pregunta que si en Navidad también. Y yo le digo que también. ¿Qué le voy a decir? DIARIO Bahía de Cádiz


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