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Cierro la puerta entreabierta
para que el aire no monte huracanes, navego por las orillas del mar por miedo a
las profundidades desconocidas, me bebo la botella medio llena por miedo a la
duda, no miento aunque siempre cuento la mitad de la verdad, invento mis propias
ficciones porque la gente cree cuanto estima necesario y no todo lo que es
cierto, oigo y archivo el dato, me gustan las primaveras indeseadas y los otoños
anticipados, observo al perro como el peor amigo del hombre, sobre todo si el
perro no es tuyo, y ladra y es agresivo y además lo protege la ley.
Leo novelas que no se venden,
autores que no entiendo pero cuya musicalidad me apaga la animadversión a los
poetas inútiles, busco la noche como el héroe se apega al peligro, camino con
prisas para que nadie se apresure a delatarme, esquivo las miradas para no
sentirme seducido, miro al cielo en los semáforos en rojo mientras los vehículos
trepan por las avenidas con la prisa de una parturienta, evito las colas en los
cajeros de las grandes superficies, busco los taxis donde sé que nadie se parará
si alzo el brazo en gesto de socorro, miro los escaparates cuando no tengo un
euro para adquirir ni un caramelo, huyo de las fiestas de Navidad y de Fin de
Año, detesto los homenajes y los agasajos, los cumpleaños felices y las
jubilaciones, las celebraciones con confeti y la Coca-Cola sin gas o sin ron, lo
mismo da.
El solomillo, ni pasado ni
mitad y mitad; el gin tonic, cargado, por favor, como la vida, por favor; el
café, caliente que pela; algunas señoras, como el café, con perdón; los
catecismos, todos cerrados; las botellas, abiertas, para que el vino se vaya
oxigenando; la puerta cerrada, como la boca, para que no entren moscas, ni
moscardones que, por cierto, abundan; la casa propia, con luz, con libros y con
vino, por si ella llega tarde o no llega; los veranos, como tienen que ser, con
calor; los inviernos, como tienen que ser, breves; tu rostro, siempre cerca, por
si no encuentro un espejo cuando me despierte por las noches; el día, sin
demasiadas sorpresas y con dinero, y, como es lógico, uno detrás de otro. No me
gustan las cosas amontonadas y en desorden.
No asumo otra responsabilidad
que la de estar vivo e inventar la vida a cada instante, subirme a los árboles
sin el permiso del público, husmear en los nidos de los gorriones por si el
avaro hubiese escondido allí su tesoro, no buscar otra fortuna que vulnere el
derecho a sentirme feliz en mi propio pellejo, el único traje que nunca me
cambio ni repongo, que asumo como un rasgo de identidad al igual que mi sombra y
mi hipoteca. No asumo otra sospecha sino la de agotar cada hora como si fuese la
última loncha de jamón de este plato colectivo que es este planeta, verde y
azul, intoxicado y bello, diverso y disperso como mis sueños, acogedor e
insólito como una muchacha enamorada o no enamorada, da igual.
Cruzar la frontera sin
pasaporte, callar cuando los otros hablan, escuchar aunque no te interese lo que
se dice, escuchar hasta que acaban con tu paciencia, y sales, evitas un portazo,
pero dejas la puerta a su antojo, el portazo como consecuencia se hace
inevitable, todos despiertan con el portazo porque todos dormían y nadie
escuchaba, todas las conferencias y las homilías son aburridas, aunque nadie lo
reconoce, todos callan y todos duermen, ése es el problema, que todos duermen,
mientras otros cantan, recitan, sermonean, bailan en el escenario, se sacan
conejos de la manga, una rosa sin olor del ojal, un mitin sin improvisación, una
despedida sin excusa, un billete de avión sin avión y sin viaje.
DIARIO Bahía de Cádiz
Mientras escribo, se han
derretido los cubitos de hielo en el vaso de whisky. Va a ser cierto esto del
cambio climático. Pero si bebo y dejo de escribir, igual se me congelan las
palabras. Y no se pueden hacer dos cosas a la vez. Desde luego, este mundo no
hay quien lo entienda.
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