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Me gusta viajar en coche,
pero soy un conductor sereno y prudente, temeroso de las leyes y de la Guardia
Civil. Amo la justicia y deploro la mala fortuna. La vida, después de todo,
tiene un as y un envés, noches cerradas y días luminosos. La oscuridad, quién lo
diría, sería mi fiel aliado en esta lucha sin cuartel en la que tanto mi abogado
como yo lamentamos aquella fatalidad del destino. Un eclipse de luna hacía
imposible la visibilidad. Por esta razón precisamente reduje mi velocidad más
allá del límite permitido. Ella caminaba por la autovía, un lugar por donde no
podía hacerlo, y sin ropa reflectante. Antes de poder dar un viraje al vehículo
le enganché la pierna y la arrastré, no sé, unos cuarenta metros.
Cuando bajé del coche, la
encontré bañada en sangre, todavía con vida, bella y asustada, con los ojos muy
abiertos, como si pidiera ayuda, la misma ayuda que no le podía ofrecer. Murió
unos minutos después, auspiciada por otros conductores que detuvieron sus
vehículos de manera violenta para no empotrarse unos en otros. El padre de la
chica, como es lógico, me acusó de imprudencia, pero fui absuelto. Ahora soy yo
quien ha demandado al padre de la víctima. ¿Qué para qué? Para reclamar 6.730
euros por los daños en el vehículo como consecuencia del accidente.
No sabes cómo se quedó.
Prácticamente siniestro total. Y lo necesito para ir al trabajo. Lamento lo que
le ocurrió a la chica. No lo sabes bien. Pero no fue mi culpa. No tengo
intención de retirar la demanda. Además, mi abogado me dijo que este tipo de
reclamaciones se tramitan de forma habitual. El padre confiesa que no tiene
dinero, pero ése tampoco es mi problema. Tampoco yo lo tengo. Aún estoy pagando
las últimas letras del vehículo. Compré el coche por necesidad, no por placer.
Soy fiel cumplidor de la ley. Mi currículum da fe de ello.
Sé que el drama del padre no
tiene solución. Es viudo, vive nada más de su propio sueldo, tiene una economía
modesta y un vacío en el corazón que le ha dejado la vida deshecha por aquel
maldito atropello. Yo soy inocente de estas putadas que a veces gasta la vida.
Me duele su dolor, no lo niego. Pero yo necesito mi coche para ir al trabajo, o
para lo que sea. Tampoco tengo que dar explicaciones que no vienen al caso. Casi
me muero cuando le enganché la pierna y la arrastré como si fuera un muñeco con
vida. No duermo desde entonces. Y a mí quién me paga tantas noches de insomnio.
No logro borrar su imagen de mi mente. La veo con sus ojos abiertos, bella,
incluso sensual, sufriendo un destino que con toda probabilidad no era el suyo.
Dios dispone, como advierte el refrán.
Yo sólo sé que venía
conduciendo mi coche en una noche cerrada, midiendo la velocidad y las
distancias, porque sé que el ser humano se pierde en la oscuridad y que por esa
razón muchas criaturas se pierden para siempre en sus propios sueños. Yo me he
perdido en la peor de las pesadillas, una pesadilla recurrente que no se borra,
aunque el padre de la chica me pague los daños del coche, que me los pagará,
porque yo no soy culpable de que el azar muestre todo su infortunio de modo tan
trágico. Yo también soy víctima, una víctima que desde el día del atropello
viaja en autobús. Y eso tampoco es.
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