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Estoy detenido por haber
asesinado a un hombre con un hacha. Se llamaba José Salvador Guzmán, tenía 84
años y estaba ingresado en el hospital para enfermos crónicos de esta ciudad.
Era mi compañero de habitación. Yo llevaba cinco años en el centro recuperándome
de una embolia cerebral. Él no tenía problemas psiquiátricos. Yo, tampoco. ¿Por
qué lo maté? Ahora lo cuento. Primero os recordaré lo que la prensa publicó.
Aquel diario decía, a sólo media columna, que los hechos se habían producido
sobre las 3.30, cuando yo, de nombre Ricardo García García, de 65 años, di
varios hachazos a mi compañero de habitación que le provocaron graves heridas en
la cabeza, en los brazos y en el tórax. Los gritos de este hombre alarmaron a
las enfermeras. Desde luego, gritaba como un perro. Pero yo no me detuve en mi
ataque. Lo tenía claro.
Cuando las enfermeras entraron
en la habitación encontraron al anciano malherido en la cama entre un charco de
su propia sangre y al agresor –es decir, a mí- sentado en la única silla en una
actitud aparentemente tranquila. Pero no así, claro está. El herido falleció
poco después como consecuencia de las numerosas heridas. Al principio, nadie
entendía nada, ni nadie lograba explicar el móvil de mi condenada acción.
Aparentemente también, no conocía a ese malnacido. Sin embargo, no era cierto.
Lo conocía y muy bien. En realidad, anduve toda una vida buscándolo para ajustar
cuentas de otros tiempos, y el destino me lo puso delante de las narices.
Yo apenas contaba 18 años y ya
andaba haciendo planes de futuro con Andrea, la única mujer de mi vida, la única
mujer que he querido. Era de ojos almendrados, algo orientales, eso sí, de piel
lechosa, de pelo negro. Las manos eran suaves, los dedos delgados y largos. La
voz, dulce. El cuerpo, de infarto, bien proporcionado, atlético. Aún conservo su
imagen intacta desde entonces. En aquellos días fue cuando apareció José
Salvador Guzmán en su vida. La diferencia de edad le cambió la mirada y las
ambiciones a Andrea. La vi cambiar a cada hora, como si fuese inevitable la
transformación. Unos meses después se fugó con él. Los busqué, pero nada. La
tierra se los había tragado. Me prometí vengarme, como es normal en estos casos.
Desde entonces no he conocido
otra mujer. Mi mujer era Andrea, la única, y el me la arrebató. Sencillamente
debía pagar el quebranto que he sufrido desde entonces. Ya casi daba por
imposible mi promesa de venganza, cuando un día lo vi entrar en mi habitación
donde llevaba interno cinco años. Lo reconocí al instante. Estaba muy viejo, muy
arrugado, muy decrépito. Su estado era lamentable. En realidad, creo haberle
hecho un favor mandándolo al otro mundo. Él no sospechaba ni por asomo quién era
yo ni sabía de mis intenciones. Me contó su vida, con detalles innecesarios y
con gestos indecorosos. Me dijo que había enviudado de su mujer, una tal Felipa
Núñez del Prado, escritora y abogada, pero su auténtico amor había sido una
joven llamada Andrea, con la cual huyó a París para nada, porque allí conoció a
un funcionario de la ONU que vivía en Viena y para allá partieron los dos. Le
verdad, me dio pena de él, porque había sufrido el mismo dolor que yo durante
todos estos años.
Lo pensé varios días. Al
final, como es lógico, no le perdoné. Era un ser impersonal, ridículo, pequeño.
Yo lo imaginaba fuerte, despiadado, noble, aguerrido. Lo maté porque se me había
metido entre ceja y ceja durante todos estos años y no es fácil cambiar de idea
tanto tiempo después. Le hice un favor, porque ya sólo esperaba morir un día
cualquiera. Yo me desahogué. Pensé que iba a ser feliz cuando le golpeaba con el
hacha, pero no. No me causó ningún placer. Desde entonces no dejo de pensar en
ese funcionario de la ONU que vive en Viena con Andrea. En fin, tendré que
esperar a que me saquen de esta pocilga.
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