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Podría haber muerto cualquier
día de cualquier año, pero lo hizo el día de todos los santos; es decir, el día
de los muertos: el 1 de noviembre de 2007. No podía haber sucedido de otra
manera. Quiso ser piloto desde la primera vez que se subió a un avión. Pero no
sabemos si desde entonces ya quiso ser un asesino capacitado para justificar sus
crímenes ante la historia. La primera vez que subió a aquel avión, con sólo 12
años, el piloto le exhortó a que tirara caramelos sobre el hipódromo de Florida
como parte de una campaña publicitaria. La felicidad le colmó sobremanera. La
vocación había encontrado su mejor lanzadera en aquel vuelo imprevisto. Pero una
vez que fue piloto del ejército estadounidense, Paul W. Tibbets recibió un
encargo parecido. Esta vez, sin embargo, se trataba de un caramelo envenenado.
Desde el bombardero Enola Gay no adivinó a dibujar su propio epitafio,
pero sí escribió la necrológica de cien mil japoneses cuando soltó su cargamento
de muerte: la primera bomba nuclear que quemó Hiroshima el 6 de agosto de 1945.
Hasta hace unos días que sus
huesos dieron para siempre con la tierra que lo vio nacer, no dejó un momento al
desaliento ni a la duda ni a la justificación. Quería subyugar a Japón y quería
matar a esos bastardos. En aquella guerra, como en cualquier guerra, los
bastardos abundan en ambos bandos. Pero en ambos también la población civil se
traga el humo de las bombas y el estruendo de las armas de destrucción masiva.
Nunca se arrepintió de haber sido el protagonista de uno de los actos de guerra
más atroces de la historia de la humanidad.
En aquel momento no se
atrevió a adivinar su epitafio porque sabía que su recuerdo, como la vida de
aquellas cien mil personas apagadas con un inmenso relámpago amarillo, se habría
de borrar para siempre de la faz de la tierra. No tuvo funeral ni lápida, porque
siempre quiso evitar que sus detractores tuvieran un lugar de encuentro donde
concentrarse de romería. Y la decisión es lamentable, porque sus detractores
tampoco conocen su dirección en el infierno donde lanzarle caramelos
envenenados.
Nunca se arrepintió. Eso
decía en público. Pero hasta los 92 años de su fallecimiento vivió sin miedo a
la caries, porque aborreció el sabor de los caramelos, y vivió más cerca de las
sombras que de la luz, porque nunca pudo concitar el sueño, ni borrar de su
memoria el resplandor y una explosión tremenda, aquella nube de polvo que creó
un crepúsculo a su alrededor. Parecía una nube de polvo. Pero no. El día se hizo
oscuro. Algunos supervivientes le contaron a John Hersey que era de un amarillo
brillante, como un gigantesco flash fotográfico. Mientras tanto, escribió Hersey
en su inmortal obra Hiroshima, ciudadanos mutilados y agonizantes daban
pasos vacilantes. Después comenzaron a caer gotas del tamaño de canicas. Eran
gotas de humedad condensada.
Desde el bombardero Enola
Gay, Paul Tibbets no pudo percibir ya estos pequeños detalles imprecisos,
aunque tampoco era ajeno a ellos. Lo sabía porque había estudiado todos los
pormenores tan a fondo que no dejó lugar al arrepentimiento. Pero las noches de
toda una vida esconden más sombras que el fulminante relampagueo de aquel
gigantesco hongo de color púrpura que hervía con tanto terror en su seno. Aún le
quedó aliento para sonreír en público, para no dejarse vilipendiar por los
enemigos de las catástrofes, para poder alzar el hombro ante quienes sólo
pretendían lanzarlo desde un bombardero al vacío total.
Tanto se ha escrito y con
tanta tristeza sobre la catástrofe de Hiroshima, que ahora que ha muerto el
piloto de aquel vuelo de la muerte, aún retumban sobre sus oídos el llanto sordo
de los mutilados, las lágrimas imposibles de los muertos consumidos, el paso
inseguro para quienes allí perdieron el camino de la vida. John Hersey
reconstruyó aquella historia con el testimonio de algunos supervivientes. El
libro es, después de todo, el epitafio que Hersey escriibó a Paul Tibbets, el
funeral al que todos los hombres honrados acudirán con su lectura, la
necrológica colectiva de quienes creen en la vida, la esquela que el propio
Tibbets pagará con el olvido tantos años después del crimen. Por eso tuvo que
morir en día tan señalado, en el día de todos los santos, en el día de todos sus
muertos.
DIARIO Bahía de
Cádiz
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