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 PEQUEÑAS HISTORIAS TAN GRANDES

En día tan señalado

 ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

 (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)

lopezhidalgo@us.es

 

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

Podría haber muerto cualquier día de cualquier año, pero lo hizo el día de todos los santos; es decir, el día de los muertos: el 1 de noviembre de 2007. No podía haber sucedido de otra manera. Quiso ser piloto desde la primera vez que se subió a un avión. Pero no sabemos si desde entonces ya quiso ser un asesino capacitado para justificar sus crímenes ante la historia. La primera vez que subió a aquel avión, con sólo 12 años, el piloto le exhortó a que tirara caramelos sobre el hipódromo de Florida como parte de una campaña publicitaria. La felicidad le colmó sobremanera. La vocación había encontrado su mejor lanzadera en aquel vuelo imprevisto. Pero una vez que fue piloto del ejército estadounidense, Paul W. Tibbets recibió un encargo parecido. Esta vez, sin embargo, se trataba de un caramelo envenenado. Desde el bombardero Enola Gay no adivinó a dibujar su propio epitafio, pero sí escribió la necrológica de cien mil japoneses cuando soltó su cargamento de muerte: la primera bomba nuclear que quemó Hiroshima el 6 de agosto de 1945.

 

Hasta hace unos días que sus huesos dieron para siempre con la tierra que lo vio nacer, no dejó un momento al desaliento ni a la duda ni a la justificación. Quería subyugar a Japón y quería matar a esos bastardos. En aquella guerra, como en cualquier guerra, los bastardos abundan en ambos bandos. Pero en ambos también la población civil se traga el humo de las bombas y el estruendo de las armas de destrucción masiva. Nunca se arrepintió de haber sido el protagonista de uno de los actos de guerra más atroces de la historia de la humanidad.

 

En aquel momento no se atrevió a adivinar su epitafio porque sabía que su recuerdo, como la vida de aquellas cien mil personas apagadas con un inmenso relámpago amarillo, se habría de borrar para siempre de la faz de la tierra. No tuvo funeral ni lápida, porque siempre quiso evitar que sus detractores tuvieran un lugar de encuentro donde concentrarse de romería. Y la decisión es lamentable, porque sus detractores tampoco conocen su dirección en el infierno donde lanzarle caramelos envenenados.

 

Nunca se arrepintió. Eso decía en público. Pero hasta los 92 años de su fallecimiento vivió sin miedo a la caries, porque aborreció el sabor de los caramelos, y vivió más cerca de las sombras que de la luz, porque nunca pudo concitar el sueño, ni borrar de su memoria el resplandor y una explosión tremenda, aquella nube de polvo que creó un crepúsculo a su alrededor. Parecía una nube de polvo. Pero no. El día se hizo oscuro. Algunos supervivientes le contaron a John Hersey que era de un amarillo brillante, como un gigantesco flash fotográfico. Mientras tanto, escribió Hersey en su inmortal obra Hiroshima, ciudadanos mutilados y agonizantes daban pasos vacilantes. Después comenzaron a caer gotas del tamaño de canicas. Eran gotas de humedad condensada.

 

Desde el bombardero Enola Gay, Paul Tibbets no pudo percibir ya estos pequeños detalles imprecisos, aunque tampoco era ajeno a ellos. Lo sabía porque había estudiado todos los pormenores tan a fondo que no dejó lugar al arrepentimiento. Pero las noches de toda una vida esconden más sombras que el fulminante relampagueo de aquel gigantesco hongo de color púrpura que hervía con tanto terror en su seno. Aún le quedó aliento para sonreír en público, para no dejarse vilipendiar por los enemigos de las catástrofes, para poder alzar el hombro ante quienes sólo pretendían lanzarlo desde un bombardero al vacío total.

 

Tanto se ha escrito y con tanta tristeza sobre la catástrofe de Hiroshima, que ahora que ha muerto el piloto de aquel vuelo de la muerte, aún retumban sobre sus oídos el llanto sordo de los mutilados, las lágrimas imposibles de los muertos consumidos, el paso inseguro para quienes allí perdieron el camino de la vida. John Hersey reconstruyó aquella historia con el testimonio de algunos supervivientes. El libro es, después de todo, el epitafio que Hersey escriibó a Paul Tibbets, el funeral al que todos los hombres honrados acudirán con su lectura, la necrológica colectiva de quienes creen en la vida, la esquela que el propio Tibbets pagará con el olvido tantos años después del crimen. Por eso tuvo que morir en día tan señalado, en el día de todos los santos, en el día de todos sus muertos. DIARIO Bahía de Cádiz


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