
Son negros, extranjeros,
pobres, desgraciados. Pero les llamamos subsaharianos, porque así parece que
se le disimula el color de la piel, y se le adelgaza el hambre en el estómago.
Un día conocieron por la pantalla del televisor la sociedad del bienestar en
una Europa que vive atrincherada en sí misma protegida por fronteras, vallas y
muros y aislada por distintos mares y océanos, pero cuyas fronteras internas
habían sido suprimidas para facilitar el intercambio de ciudadanos y
mercancías entre los distintos países la integran.
Afuera, estos desheredados
de Dios se apremian a asaltar el codiciado paraíso que les han descubierto los
medios de comunicación. Forzados por la falta de alimentos, las redadas y las
deportaciones, la proximidad del invierno, que empeora sus condiciones de vida
en el bosque, y del Ramadán, que en Marruecos empezó el pasado jueves, el
paulatino cierre de la vía marítima para acceder a España, las noticias sobre
la elevación de la verja, el fracaso de los intentos individuales de saltarla
–en los últimos doce meses han sido detenidos más de 1.500 inmigrantes que lo
habían intentado-, así como el éxito parcial que tuvieron los subsaharianos en
Melilla, nada los detiene. De esta manera, provistos de rudimentarias
escaleras de madera o de plástico, cada día los intentos masivos de
multiplican con más regularidad. Cortan la malla y, desesperados, se abalanzan
con palos, piedras, e incluso mordiscos, contra los agentes de la Guardia
Civil intentando adentrarse en el mundo virtual que tantas noches soñaron
mientras dormían a la intemperie en un bosque marroquí o mientras cruzaban de
nuevo la frontera de Argelia después de haber sido abandonados por la policía
marroquí, buscando la vida y a veces encontrando la muerte o la deportación o
una vez más el comienzo de la misma aventura por sobrevivir.
Pero ahora la noticia de
que el Gobierno reforzará las vallas en Ceuta y Melilla complica el acceso de
estos seres humanos desesperados que ven en esta medida la última posibilidad
de cambiar la vida. El nuevo obstáculo será una estructura metálica de dos
metros de alto y dos y medio de ancho, formada por una serie de barras
clavadas en el suelo y unidas por una red de cables en forma de laberinto, a
fin de que sea imposible cruzarlas sin que se disparen todas las alarmas. La
razón es clara: uno de los graves problemas a los que se han enfrentado
guardias y militares que vigilan esta frontera es que las avalanchas de
inmigrantes les pillan por sorpresa cuando ya han trepado por escaleras la
primera valla. Una vez concluida, se desmantelará la concertina con cuchillas
que corona la actual valla y que ha producido tantas graves lesiones a algunos
inmigrantes que intentaron cruzarla. Este nuevo obstáculo si situará más allá
de la actual verja exterior, donde actualmente existe una vieja alambrada de
espino de un metro de altura que también será retirada.
Ahora nos ha tocado a
nosotros, pero la historia de la humanidad está construida y dividida a base
de muros, de fortalezas, de vallas y de alambradas, de islas que albergaron
pabellones de reclusos para su total aislamiento –valga la redundancia- y de
otras prisiones y cárceles y demás construcciones capaces de separar la vida
civilizada de aquella otra que no creemos merecer para nosotros mismos pero sí
para los demás. De todos ellos, el siglo XX conoció uno de los más
deplorables. El muro de Berlín fue construido el 13 de agosto de 1961 por las
autoridades soviéticas y de la Alemania Oriental para aislar la parte oriental
de Berlín. Para Occidente fue el muro de la vergüenza; para el Este era su
barrera contra el fascismo. Su caída el 9 de noviembre de 1989, 28 años
después de su construcción, fue el comienzo del fin de los regímenes
comunistas en Europa Oriental.
También aquel muro, como
las vallas de Ceuta y Melilla, separaba dos mundos antagónicos. 75.000
personas fueron arrestadas por intentar cruzarlo, 200 resultaron heridas de
bala, cerca de 250 fueron asesinadas y miles fueron juzgadas por ayudar a
otras a cruzarlo. Pese a todo, más de 40.000 lograron escapar. También aquí el
ser humano agudizó el ingenio para acceder a Occidente. Un hombre cruzó el mar
Báltico con un mini submarino hasta llegar a Dinamarca. Un vehículo Isseta fue
utilizado 18 veces para transportar a fugitivos que se escondían en el hueco
de la calefacción y en la batería. Un coche pasó por debajo de la barra
fronteriza por su pequeño tamaño. Una familia se deslizó por un cable tendido
sobre el muro. Otros huyeron en un globo aerostático. Una cadena de televisión
norteamericana financió a cambio de la exclusiva una espectacular fuga de 29
personas bajo tierra. Y Klaus Brüske, herido de bala, aguantó al volante de su
furgoneta hasta alcanzar el otro lado del muro para salvar a sus compañeros.
En 1990, los miembros de Pink Floyd se reunieron en Berlín en un
concierto homenaje por la caída del muro. Su doble álbum The Wall (El
Muro) marcó a toda una generación. Eran canciones que hablaban de
sobreprotección, de aislamiento, de guerra y el miedo que tenemos los unos a
los otros. El tema Another Brick in the Wall, Part II,
una canción que criticaba el sistema educativo infantil, se erigió como uno de
los himnos más destacados del grupo y una de las canciones más reconocidas en
la historias de la música.
En nuestros días, existen otros muros. El más
conflictivo posiblemente sea el que Israel está construyendo para defenderse
de las amenazas externas y que Sharon define como “el muro salva vidas”, un
muro cuya construcción justifica como medio para prevenir el ataque de
terroristas y los asesinatos de inocentes “en su camino al trabajo, niños en
su camino al colegio y familias sentadas juntas en un restaurante”. La
realidad, sin embargo, presenta otras aristas. El propio Vargas Llosa, que ha
viajado a la zona, entiende que la razón primordial no es la seguridad sino
ganar para Israel una parte importante de los territorios ocupados, aislar a
las ciudades árabes una de otra, convirtiéndolas en guetos, y cuadrillar y
fracturar Cisjordania para que el Estado que nazca allí esté condenado a la
“total inopia administrativa y económica”. Escribe Vargas Llosa que, para
proteger a los asentamientos de los colonos, el muro “sigue una línea
zigzagueante, va y viene, se revuelve sobre sí mismo, irrumpe brutalmente en
pueblos y aldeas partiéndolas en dos o tres partes, separando a las familias,
a los escolares de sus colegios, a los campesinos de sus huertos, a los
enfermos de sus médicos y hospitales, a los trabajadores de sus centros de
trabajo, complicando y arruinando la vida de los hombres y las mujeres del
común”.
Las
vallas y los muros nos dividen a los seres humanos en el tiempo pretérito y en
el presente más inmediato. En nuestras propias fronteras y en tierras aledañas
o lejanas. Alambres de espino, vallas coronadas con cuchillas, muros, cámaras
de video y censores, estructuras metálicas y de hormigón. Es la cara y el
envés de un mundo globalizado que se resiste a compartir el tráfico de la
riqueza y del bienestar, que siente miedo ante estas avalanchas de criaturas
desesperadas que ven en nuestros ojos la mirada insolidaria de una vida que
quieren compartir con nosotros. Sobre todo, porque también a ellos les
pertenece, aunque hayan nacido con la tez más oscura, los bolsillos vacíos y
al otro costado de la tierra.
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