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 EL RUIDO Y LAS NUECES

De vallas y de muros

 ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

 (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)

 

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

Son negros, extranjeros, pobres, desgraciados. Pero les llamamos subsaharianos, porque así parece que se le disimula el color de la piel, y se le adelgaza el hambre en el estómago. Un día conocieron por la pantalla del televisor la sociedad del bienestar en una Europa que vive atrincherada en sí misma protegida por fronteras, vallas y muros y aislada por distintos mares y océanos, pero cuyas fronteras internas habían sido suprimidas para facilitar el intercambio de ciudadanos y mercancías entre los distintos países la integran.

 

Afuera, estos desheredados de Dios se apremian a asaltar el codiciado paraíso que les han descubierto los medios de comunicación. Forzados por la falta de alimentos, las redadas y las deportaciones, la proximidad del invierno, que empeora sus condiciones de vida en el bosque, y del Ramadán, que en Marruecos empezó el pasado jueves, el paulatino cierre de la vía marítima para acceder a España, las noticias sobre la elevación de la verja, el fracaso de los intentos individuales de saltarla –en los últimos doce meses han sido detenidos más de 1.500 inmigrantes que lo habían intentado-, así como el éxito parcial que tuvieron los subsaharianos en Melilla, nada los detiene. De esta manera, provistos de rudimentarias escaleras de madera o de plástico, cada día los intentos masivos de multiplican con más regularidad. Cortan la malla y, desesperados, se abalanzan con palos, piedras, e incluso mordiscos, contra los agentes de la Guardia  Civil intentando adentrarse en el mundo virtual que tantas noches soñaron mientras dormían a la intemperie en un bosque marroquí o mientras cruzaban de nuevo la frontera de Argelia después de haber sido abandonados por la policía marroquí, buscando la vida y a veces encontrando la muerte o la deportación o una vez más el comienzo de la misma aventura por sobrevivir.

 

Pero ahora la noticia de que el Gobierno reforzará las vallas en Ceuta y Melilla complica el acceso de estos seres humanos desesperados que ven en esta medida la última posibilidad de cambiar la vida. El nuevo obstáculo será una estructura metálica de dos metros de alto y dos y medio de ancho, formada por una serie de barras clavadas en el suelo y unidas por una red de cables en forma de laberinto, a fin de que sea imposible cruzarlas sin que se disparen todas las alarmas. La razón es clara: uno de los graves problemas a los que se han enfrentado guardias y militares que vigilan esta frontera es que las avalanchas de inmigrantes les pillan por sorpresa cuando ya han trepado por escaleras la primera valla. Una vez concluida, se desmantelará la concertina con cuchillas que corona la actual valla y que ha producido tantas graves lesiones a algunos inmigrantes que intentaron cruzarla. Este nuevo obstáculo si situará más allá de la actual verja exterior, donde actualmente existe una vieja alambrada de espino de un metro de altura que también será retirada.

 

Ahora nos ha tocado a nosotros, pero la historia de la humanidad está construida y dividida a base de muros, de fortalezas, de vallas y de alambradas, de islas que albergaron pabellones de reclusos para su total aislamiento –valga la redundancia- y de otras prisiones y cárceles y demás construcciones capaces de separar la vida civilizada de aquella otra que no creemos merecer para nosotros mismos pero sí para los demás. De todos ellos, el siglo XX conoció uno de los más deplorables. El muro de Berlín fue construido el 13 de agosto de 1961 por las autoridades soviéticas y de la Alemania Oriental para aislar la parte oriental de Berlín. Para Occidente fue el muro de la vergüenza; para el Este era su barrera contra el fascismo. Su caída el 9 de noviembre de 1989, 28 años después de su construcción, fue el comienzo del fin de los regímenes comunistas en Europa Oriental.

 

También aquel muro, como las vallas de Ceuta y Melilla, separaba dos mundos antagónicos. 75.000 personas fueron arrestadas por intentar cruzarlo, 200 resultaron heridas de bala, cerca de 250 fueron asesinadas y miles fueron juzgadas por ayudar a otras a cruzarlo. Pese a todo, más de 40.000 lograron escapar. También aquí el ser humano agudizó el ingenio para acceder a Occidente. Un hombre cruzó el mar Báltico con un mini submarino hasta llegar a Dinamarca. Un vehículo Isseta fue utilizado 18 veces para transportar a fugitivos que se escondían en el hueco de la calefacción y en la batería. Un coche pasó por debajo de la barra fronteriza por su pequeño tamaño. Una familia se deslizó por un cable tendido sobre el muro. Otros huyeron en un globo aerostático. Una cadena de televisión norteamericana financió a cambio de la exclusiva una espectacular fuga de 29 personas bajo tierra. Y Klaus Brüske, herido de bala, aguantó al volante de su furgoneta hasta alcanzar el otro lado del muro para salvar a sus compañeros. En 1990, los miembros de Pink Floyd se reunieron en Berlín en un concierto homenaje por la caída del muro. Su doble álbum The Wall (El Muro) marcó a toda una generación. Eran canciones que hablaban de sobreprotección, de aislamiento, de guerra y el miedo que tenemos los unos a los otros. El tema Another Brick in the Wall, Part II, una canción que criticaba el sistema educativo infantil, se erigió como uno de los himnos más destacados del grupo y una de las canciones más reconocidas en la historias de la música.

 

En nuestros días, existen otros muros. El más conflictivo posiblemente sea el que Israel está construyendo para defenderse de las amenazas externas y que Sharon define como “el muro salva vidas”, un muro cuya construcción justifica como medio para prevenir el ataque de terroristas y los asesinatos de inocentes “en su camino al trabajo, niños en su camino al colegio y familias sentadas juntas en un restaurante”. La realidad, sin embargo, presenta otras aristas. El propio Vargas Llosa, que ha viajado a la zona, entiende que la razón primordial no es la seguridad sino ganar  para Israel una parte importante de los territorios ocupados, aislar a las ciudades árabes una de otra, convirtiéndolas en guetos, y cuadrillar y fracturar Cisjordania para que el Estado que nazca allí esté condenado a la “total inopia administrativa y económica”. Escribe Vargas Llosa que, para proteger a los asentamientos de los colonos, el muro “sigue una línea zigzagueante, va y viene, se revuelve sobre sí mismo, irrumpe brutalmente en pueblos y aldeas partiéndolas en dos o tres partes, separando a las familias, a los escolares de sus colegios, a los campesinos de sus huertos, a los enfermos de sus médicos y hospitales, a los trabajadores de sus centros de trabajo, complicando y arruinando la vida de los hombres y las mujeres del común”.

 

Las vallas y los muros nos dividen a los seres humanos en el tiempo pretérito y en el presente más inmediato. En nuestras propias fronteras y en tierras aledañas o lejanas. Alambres de espino, vallas coronadas con cuchillas, muros, cámaras de video y censores, estructuras metálicas y de hormigón. Es la cara y el envés de un mundo globalizado que se resiste a compartir el tráfico de la riqueza y del bienestar, que siente miedo ante estas avalanchas de criaturas desesperadas que ven en nuestros ojos la mirada  insolidaria de una vida que quieren compartir con nosotros. Sobre todo, porque también a ellos les pertenece, aunque hayan nacido con la tez más oscura, los bolsillos vacíos y al otro costado de la tierra.


 

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