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 EL RUIDO Y LAS NUECES

En el ojo del huracán

 ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

 (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)

 

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

Dos días después de que el huracán Rita avanzara entre Yucatán y la isla de Cuba rumbo a las costas estadounidenses, llego a la península mejicana. En Campeche el calor es asfixiante, porque el grado de humedad es muy elevado, mucho más que en Cuba. Miro un mar gris y tranquilo. El aire está pesado y es irrespirable. Decido refugiarme en el hotel para sobrevivir a estas altas temperaturas. No obstante, interrumpo mi trayecto para guarecerme en la refresquería La sin igual. Frente a este modesto establecimiento, El Pirata Chupirul, que se da a conocer como el rey de la chaya, ofrece panuchos, yucatenes y sincro. Por la noche, en Los Portales, el viajero puede encontrar una excelente comida tradicional, que acompañará con jugos naturales de chaya y tipaya, un manjar que nadie debiera despreciar.

 

El campechano es afable y acogedor, de ahí que su patronímico se haya extendido a todo el mundo con ese significado. El campechano aprovecha cualquier momento para hablar de los huracanes, viven con ellos como si fuera una realidad insoslayable y todos, alguna vez, vivieron una historia que tienen la necesidad de contar a quienes visitamos estas tierras por primera vez. En Campeche, como en Nueva Orleáns, robaron muchos kilómetros al mar. Y el mar, cada año, sobrepasa los kilómetros arrebatados en una pugna por recuperar su estado natural. Las construcciones se han levantado para hacer frente a estos avances inusitados del mar en el Golfo de México, en cuyas plantas bajas se pueden ver los espacios vacíos donde el agua ahoga de vez en vez su espacio robado. Muchos campechanos han dotado sus garajes con elevadores, para salvaguardar sus vehículos de estos terribles impactos del mar.

 

Cada campechano cuenta su propia historia, porque prácticamente todos han sufrido el impacto de algún huracán. Cuentan que conforme avanza, cuando llega, el ruido es ensordecedor, parece como si la tierra se fuese a desmembrar en pequeños trozos, pero que ya en el ojo del huracán, en su mismo corazón, el silencio es perfecto y el cielo se ve limpio y azul. Pero eso sí, cuando sales a la superficie, ya observas sus efectos: las casas destruidas, los árboles desgajados del la tierra, los coches amontonados por doquier. El caos o el infierno están bañados por una paz inquebrantable.

 

Pero nadie se engañe. La presencia de huracanes en Yucatán genera un aumento en los niveles de recarga del agua, así como una limpieza de algunos lugares cuyo manto freático estaba contaminado. Concretamente, la Comisión Nacional del Agua (CNA) realiza estudios para conocer los efectos de los fenómenos hidrometeorológicos sobre el manto freático y subsuelo del este estado mejicano, como los casos más crecientes de Isidore y Emily.

 

Según los resultados correspondientes a Isidore, que afectó a Yucatán en septiembre de 2002, las recargas de agua se incrementaron entre 1.2 y 1.4 metros, aunque existen evidencias de que en algunas zonas llegaron a los dos metros. Además, el aumento en el nivel de agua se observó en cenotes y aguadas, incluso muchos de los pozos secos “volvieron a revivir”, situación que se pudo apreciar en 84 municipios. En cuanto al huracán Emily, poco fue el volumen que se registró, diez veces menor a Isidore, considerado “prácticamente una lluvia normal”. El Diario de Yucatán, no obstante, muestra, dos meses después de aquellas imágenes que desalentaban en el amanecer del 18 de julio el paso del huracán Emily, la recuperación de los plantíos de papaya maratol en Tizimín.

 

La Península de Yucatán se caracteriza por su suelo calcáreo, poroso y fragmentado con alta permeabilidad, lo que favorece la filtración casi instantánea del agua que cae en forma de lluvia. El gerente peninsular de la CNA señala que, según estimaciones, en el subsuelo yucateco fluyen 38.000 millones de metros cúbicos de agua y con los estudios llevados a cabo por la CNA “sólo busca conocer más sobre el nivel del agua posterior a un huracán”.

 

No sólo los ciudadanos te cuentan sus historias insospechadas sufridas por los huracanes. También la prensa narra diariamente historias tremendas vividas por los ciudadanos de esta península bañada por los mares del Golfo de Méjico y el Mar Caribe. Una de las historias más tremendas la contó Isaías Acosta. “Yo lo que quiero es dejar de recordar”, dice, cuando se le viene a la memoria las imágenes de aquel fatídico 27 de septiembre de 1955, cuando el huracán Janet devastó Chetumal, fundada como Payo Obispo. Isaías Acosta tenía entonces diez años y recuerda que los vientos empezaron a sentirse en la noche del 26 y en la madrugada del 27 “ya teníamos la lluvia y el agua encima de nosotros”. La mujer de Acosta, Manuela Cuervo, recuerda también que de la casa donde vivía con sus padres y hermanos sólo quedó el piso.

 

Su relato es estremecedor: “Vivíamos en la calle 16 de Septiembre con Othón P. Blanco y mi papá no quiso sacarnos de la casa, no sabíamos lo que era un ciclón y no salimos a resguardarnos. Los fuertes vientos derribaron mi casa y de nada sirvió que mis hermanos y yo intentáramos protegernos debajo de la mesa, pues el agua comenzó a subir. No pudimos rescatar nada. Sólo nos quedamos con la ropa que llevábamos puesta, la misma con la que estuvimos varios días, aun estando sucia. Todo lo que se vio al día siguiente es imposible olvidar. Había cadáveres de personas y animales por todos lados, casas completamente destruidas. Aún no puedo olvidar el cuerpo de un soldado tirado en el parque de los Caimanes partido por la mitad por una lámina. Todos los días recuerdo las palabras de mi difunto padre: “Demos gracias a Dios que nos perdonó la vida”.

 

Las desgracias a veces no vienen solas. Un día después del paso de Janet, cayó cerca de Seyé, en Yucatán, un avión bimotor Cessna en el que viajaban el piloto y propietario Alfonso Zahoul Ramián, el mecánico José Manuel Reyes y los pasajeros James Coldwell Fernández, Emiliano Aguilar y el fotógrafo del Diario de Yucatán Joaquín Reyes Sánchez Torrente. Habían salido para captar las imágenes del desastre que causó el ciclón en Quintana Roo. Todos murieron.

 

Mientras bebo jugo de chaya y tipaya con amigos mejicanos para sofocar el calor, leo que en Houston casi tres millones de evacuados por el huracán Rita desoyen las órdenes y regresan a casa.


 

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