
Sin que apenas nos demos cuenta, septiembre nos
cubre de nuevo con su ritmo monótono de vida recuperada. El tráfico se ha
vuelto denso, los días se abrevian inevitablemente. Vuelve la vida con su
desesperado desenfreno de vida repetida. Nos miramos al espejo cada mañana y a
través del espejo no vemos el mar de agosto, sino el horizonte que desechamos
antes de partir de vacaciones, pensando quizás no volver de momento, detener
la vida más allá de donde ahora la recogemos.
Pero las tertulias matutinas nos advierten del
cambio de tiempo, los diarios aumentan su paginación para ubicarnos en una
actualidad descontextualizada respecto de nuestras propias miradas. Trae
septiembre un tiempo de ayer que nunca se nos fue, pero que por unos días
dejamos guardado en la cartera o en la guantera con la remota sospecha de que
se nos extraviara para siempre. Pero la ciudad bulle como una olla pronto a
reventar, y es imposible no mirar alrededor y desentenderse de los ciudadanos
que caminan al trabajo sin esperanza. Es imposible quedarse sentado esperando
que alguien llame a la puerta para decirte que puedes seguir sentado sin más.
Tiene septiembre la costumbre insana de matar en
unos días la posibilidad remota de cambiar los días que se repiten como sueños
recurrentes. Septiembre abre un plazo infinito hasta diciembre, como si fuese
un interminable corredor de dudas y deudas, de despropósitos y desvaríos. De
golpe nos hemos metido en la rutina triste de la ciudad, en el horario
inamovible de cada día, con sus citas inaplazables y sus comidas cerradas, con
sus mañanas de zozobra y sus domingos vacíos.
Se nos ha ido agosto como una amante
arrepentida, fugitiva de aquellos momentos efímeros, sin decir adiós, sin
saber si volverá para cruzar el mes de septiembre cogida a nuestras manos.
Pero ya no podemos atrapar los días de ayer, porque también los días de hoy se
nos van sin ser conscientes de su paso fugaz.
Hemos recuperado la vida de siempre como a quien
le devuelven una bicicleta vieja o un cigarrillo consumido y apagado, como
quien recibe una tarjeta postal de otro tiempo remoto que apenas anida en el
recuerdo. Pero el cartero no llama a la puerta, ni el teléfono suena a esta
hora de la noche en que los informativos nos sitúan en el huracán de la
actualidad informativa.
Tiene septiembre un color anaranjado de
melocotón congelado, de uvas de Navidad, de tránsito insoportable, de paso a
nivel con guardabarrera, de aeropuerto abarrotado de turistas conocidos, de
barbería sin clientes, de taberna pertrechada con guardaespaldas.
Septiembre es un mes para beberlo de un solo
trago, sin hielo y sin compañía, y después dejarlo reposar junto al fregadero,
donde se guardan los botes de lavavajillas y los tubos de insecticidas. Lo
mejor posiblemente sería meterlo en la lavadora sin más y acostarse sin cenar
esa noche, como quien se auto flagela en este mes inhóspito de septiembre.
Cada mañana, cuando despertamos, la ciudad ya
bulle con su vida recuperada de monotonía fácil y perfecta. Arriba, todavía
con los sueños por montera, despertamos y nos miramos en el espejo como quien
no se reconoce a sí mismo, porque ya nos hemos quitado el rostro que nos ha
desdibujado agosto, y sólo al fondo de la habitación adivinamos apenas
imperceptible la sombra de la mujer que nunca se fue y que todavía duerme a
nuestro lado.
Es la sensación confirmada de que la vida ha
vuelto con todo su entusiasmo almacenado, con sus formas fugaces y sus aires
de estatua abatida, con sus posibilidades remotas de remontar nuestro
entusiasmo apagado después de estos días estivales que volaron el pesado vuelo
de las gaviotas en El Puerto de Santa María, mientras la noche se caía como si
fuese la ceniza de un cigarrillo encendido o las horas parcas de un verano que
se nos fue poco a poco mientras perseguíamos sueños distintos frente al mar
que miras en el espejo del cuarto de baño cuando el aroma intenso del café te
recuerda que cruzamos el ecuador de septiembre.
ARTÍCULOS ANTERIORES