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 EL RUIDO Y LAS NUECES

De vuelta a la vida

 ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

 (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)

 

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

Sin que apenas nos demos cuenta, septiembre nos cubre de nuevo con su ritmo monótono de vida recuperada. El tráfico se ha vuelto denso, los días se abrevian inevitablemente. Vuelve la vida con su desesperado desenfreno de vida repetida. Nos miramos al espejo cada mañana y a través del espejo no vemos el mar de agosto, sino el horizonte que desechamos antes de partir de vacaciones, pensando quizás no volver de momento, detener la vida más allá de donde ahora la recogemos.

 

Pero las tertulias matutinas nos advierten del cambio de tiempo, los diarios aumentan su paginación para ubicarnos en una actualidad descontextualizada respecto de nuestras propias miradas. Trae septiembre un tiempo de ayer que nunca se nos fue, pero que por unos días dejamos guardado en la cartera o en la guantera con la remota sospecha de que se nos extraviara para siempre. Pero la ciudad bulle como una olla pronto a reventar, y es imposible no mirar alrededor y desentenderse de los ciudadanos que caminan al trabajo sin esperanza. Es imposible quedarse sentado esperando que alguien llame a la puerta para decirte que puedes seguir sentado sin más.

 

Tiene septiembre la costumbre insana de matar en unos días la posibilidad remota de cambiar los días que se repiten como sueños recurrentes. Septiembre abre un plazo infinito hasta diciembre, como si fuese un interminable corredor de dudas y deudas, de despropósitos y desvaríos. De golpe nos hemos metido en la rutina triste de la ciudad, en el horario inamovible de cada día, con sus citas inaplazables y sus comidas cerradas, con sus mañanas de zozobra y sus domingos vacíos.

 

Se nos ha ido agosto como una amante arrepentida, fugitiva de aquellos momentos efímeros, sin decir adiós, sin saber si volverá para cruzar el mes de septiembre cogida a nuestras manos. Pero ya no podemos atrapar los días de ayer, porque también los días de hoy se nos van sin ser conscientes de su paso fugaz.

 

Hemos recuperado la vida de siempre como a quien le devuelven una bicicleta vieja o un cigarrillo consumido y apagado, como quien recibe una tarjeta postal de otro tiempo remoto que apenas anida en el recuerdo. Pero el cartero no llama a la puerta, ni el teléfono suena a esta hora de la noche en que los informativos nos sitúan en el huracán de la actualidad informativa.

 

Tiene septiembre un color anaranjado de melocotón congelado, de uvas de Navidad, de tránsito insoportable, de paso a nivel con guardabarrera, de aeropuerto abarrotado de turistas conocidos, de barbería sin clientes, de taberna pertrechada con guardaespaldas.

 

Septiembre es un mes para beberlo de un solo trago, sin hielo y sin compañía, y después dejarlo reposar junto al fregadero, donde se guardan los botes de lavavajillas y los tubos de insecticidas. Lo mejor posiblemente sería meterlo en la lavadora sin más y acostarse sin cenar esa noche, como quien se auto flagela en este mes inhóspito de septiembre.

 

Cada mañana, cuando despertamos, la ciudad ya bulle con su vida recuperada de monotonía fácil y perfecta. Arriba, todavía con los sueños por montera, despertamos y nos miramos en el espejo como quien no se reconoce a sí mismo, porque ya nos hemos quitado el rostro que nos ha desdibujado agosto, y sólo al fondo de la habitación adivinamos apenas imperceptible la sombra de la mujer que nunca se fue y que todavía duerme a nuestro lado.

 

Es la sensación confirmada de que la vida ha vuelto con todo su entusiasmo almacenado, con sus formas fugaces y sus aires de estatua abatida, con sus posibilidades remotas de remontar nuestro entusiasmo apagado después de estos días estivales que volaron el pesado vuelo de las gaviotas en El Puerto de Santa María, mientras la noche se caía como si fuese la ceniza de un cigarrillo encendido o las horas parcas de un verano que se nos fue poco a poco mientras perseguíamos sueños distintos frente al mar que miras en el espejo del cuarto de baño cuando el aroma intenso del café te recuerda que cruzamos el ecuador de septiembre.


 

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