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Hace dos años, cuando este diario vio la luz, su
director, Dany Rodway me escribió para que colaborara en las páginas de opinión.
En aquel entonces me disculpé porque andaba de viaje en viaje conociendo mundo.
El pasado mes de agosto me impuse el compromiso personal de escribir una columna
semanal. Durante 51 semanas ininterrumpidas no falté a la cita. Ahora necesito
abrir un obligado paréntesis. Durante estos doce meses, me he hecho eco del
ruido, pero he procurado asimismo romper algunas nueces.
Por razones personales, creo que no fue un periodo
feliz, porque alguien a quien quería se fue para siempre. No obstante, he
logrado sobrevivir a este revés del desencanto con la sospecha infundada de que
vale la pena vivir, de que detrás de cualquier fatídico acontecimiento cabe la
esperanza de que es posible cambiar y vivir la vida.
Mientras tanto ha ocurrido de todo y, entre el
ruido y las nueces, he intentado abrir una ventana al mundo, porque ya se sabe
que la casa se queda pequeña y que una habitación con vistas se hace más
llevadera. Pero sin olvidar, claro está, que en ocasiones la tormenta nos habita
y hay que mirar para adentro, porque el ruido lo escuchamos afuera pero la
inquietud la tenemos atrapada en el alma.
Éstos han sido textos escritos a primera sangre,
pero no por ello despojados a veces de alguna travesura literaria que los
hiciera menos indigestos. No sé por qué razones ocultas, he adivinado que no
escribía para mí solo. Y así lo he podido contrastar con todos los e-mails que
los lectores me han escrito. Con algunos de ellos, que después he llegado a
conocer, sospecho que el conocimiento ya no se reducirá a ese primer encuentro.
Me voy ahora que el diario crece, ahora que no
sólo viaja por la Red, sino que también ha optado por la autovía del papel
impreso. En la Feria de San Fernando tuve la oportunidad de compartir unas horas
con los protagonistas que harán posible esta aventura impresa. Es, desde luego,
un viaje con muchas piedras en el camino, pero es un viaje apasionante y único.
Espero que, a la vuelta, seamos muchos más quienes podamos compartir en estas
páginas su futuro.
Hace ya un año viene a estas páginas con la
incógnita que todo nuevo proyecto conlleva y con el propósito de enmendarme en
mirar la realidad y ofrecer una lectura distinta o al menos mi propia lectura de
los hechos. Hace apenas dos meses, releyendo algunos de los textos aquí
publicados, comprendí que, de alguna manera, había logrado el fin que me impulsó
a escribirlos. No hemos roto todas las nueces, aunque lector me escribió para
decirme que cogiera el martillo con fuerza, y en ocasiones el ruido no nos dejó
escuchar el lamento del mar o el silencio de la noche o el tronar de las bombas
en Líbano o sencillamente no quisimos oír porque también el ser humano se cansa
de escuchar con distintos estribillos siempre la misma canción.
Posiblemente estos textos no mueran aquí, sino que
a partir de ahora encuentren otra vida más tranquila en el libro. El lector los
podrá encontrar allí sin saber que fueron surgiendo por puro azar, empujados por
la misma razón que lleva a cualquier ser humano a llorar o a reír, a lamentarse
o a protestar, o sencillamente a contar. Rafael Alberti escribió un bello poema
en el que decía: “Sin saber que un día volvería…·. Yo me voy ahora sabiendo que
pronto volveré. Por eso no valen las fórmulas tradicionales del adiós, no vale
decir ya nos veremos o no te olvido. Sobre todo, porque estas columnas se
quedarán aquí colgadas hasta saber cuándo, quizás hasta que su vida sea papel
impreso. En cierto modo, también aquí quedan parte de nuestras vidas.
Quisiera pensar que todo este tiempo no fue en
balde, que después de tantas palabras escritas siempre queda la impresión última
de que cumplieron su objetivo, de que algún lector desconocido encontró en este
rincón del ruido y de las nueces su propio rincón donde poder compartir este
milagro inaudito de la comunicación. Ahora que todavía silban las balas en medio
mundo, acaso las palabras no se quedan mudas, acaso no sólo yo, sino también tú,
lector o lectora, guardes la hermosa sospecha de que todo este tiempo no fue
inútil. Y tal vez esa duda sea la mayor nuez que hayamos partido nunca, por
mucho ruido que digan que se oye ahí fuera. Por eso ahora cierro las ventanas y
las puertas, sabiendo que no es para siempre.
Hasta pronto.
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