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 EL RUIDO Y LAS NUECES

Hasta pronto

 ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

 (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)

lopezhidalgo@us.es

 

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

Hace dos años, cuando este diario vio la luz, su director, Dany Rodway me escribió para que colaborara en las páginas de opinión. En aquel entonces me disculpé porque andaba de viaje en viaje conociendo mundo. El pasado mes de agosto me impuse el compromiso personal de escribir una columna semanal. Durante 51 semanas ininterrumpidas no falté a la cita. Ahora necesito abrir un obligado paréntesis. Durante estos doce meses, me he hecho eco del ruido, pero he procurado asimismo romper algunas nueces.

 

Por razones personales, creo que no fue un periodo feliz, porque alguien a quien quería se fue para siempre. No obstante, he logrado sobrevivir a este revés del desencanto con la sospecha infundada de que vale la pena vivir, de que detrás de cualquier fatídico acontecimiento cabe la esperanza de que es posible cambiar y vivir la vida.

 

Mientras tanto ha ocurrido de todo y, entre el ruido y las nueces, he intentado abrir una ventana al mundo, porque ya se sabe que la casa se queda pequeña y que una habitación con vistas se hace más llevadera. Pero sin olvidar, claro está, que en ocasiones la tormenta nos habita y hay que mirar para adentro, porque el ruido lo escuchamos afuera pero la inquietud la tenemos atrapada en el alma.

 

Éstos han sido textos escritos a primera sangre, pero no por ello despojados a veces de alguna travesura literaria que los hiciera menos indigestos. No sé por qué razones ocultas, he adivinado que no escribía para mí solo. Y así lo he podido contrastar con todos los e-mails que los lectores me han escrito. Con algunos de ellos, que después he llegado a conocer, sospecho que el conocimiento ya no se reducirá a ese primer encuentro.

 

Me voy ahora que el diario crece, ahora que no sólo viaja por la Red, sino que también ha optado por la autovía del papel impreso. En la Feria de San Fernando tuve la oportunidad de compartir unas horas con los protagonistas que harán posible esta aventura impresa. Es, desde luego, un viaje con muchas piedras en el camino, pero es un viaje apasionante y único. Espero que, a la vuelta, seamos muchos más quienes podamos compartir en estas páginas su futuro.

 

Hace ya un año viene a estas páginas con la incógnita que todo nuevo proyecto conlleva y con el propósito de enmendarme en mirar la realidad y ofrecer una lectura distinta o al menos mi propia lectura de los hechos. Hace apenas dos meses, releyendo algunos de los textos aquí publicados, comprendí que, de alguna manera, había logrado el fin que me impulsó a escribirlos. No hemos roto todas las nueces, aunque lector me escribió para decirme que cogiera el martillo con fuerza, y en ocasiones el ruido no nos dejó escuchar el lamento del mar o el silencio de la noche o el tronar de las bombas en Líbano o sencillamente no quisimos oír porque también el ser humano se cansa de escuchar con distintos estribillos siempre la misma canción.

 

Posiblemente estos textos no mueran aquí, sino que a partir de ahora encuentren otra vida más tranquila en el libro. El lector los podrá encontrar allí sin saber que fueron surgiendo por puro azar, empujados por la misma razón que lleva a cualquier ser humano a llorar o a reír, a lamentarse o a protestar, o sencillamente a contar. Rafael Alberti escribió un bello poema en el que decía: “Sin saber que un día volvería…·. Yo me voy ahora sabiendo que pronto volveré. Por eso no valen las fórmulas tradicionales del adiós, no vale decir ya nos veremos o no te olvido. Sobre todo, porque estas columnas se quedarán aquí colgadas hasta saber cuándo, quizás hasta que su vida sea papel impreso. En cierto modo, también aquí quedan parte de nuestras vidas.

 

Quisiera pensar que todo este tiempo no fue en balde, que después de tantas palabras escritas siempre queda la impresión última de que cumplieron su objetivo, de que algún lector desconocido encontró en este rincón del ruido y de las nueces su propio rincón donde poder compartir este milagro inaudito de la comunicación. Ahora que todavía silban las balas en medio mundo, acaso las palabras no se quedan mudas, acaso no sólo yo, sino también tú, lector o lectora, guardes la hermosa sospecha de que todo este tiempo no fue inútil. Y tal vez esa duda sea la mayor nuez que hayamos partido nunca, por mucho ruido que digan que se oye ahí fuera. Por eso ahora cierro las ventanas y las puertas, sabiendo que no es para siempre.

 

Hasta pronto.


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