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Plazas de Arriba España,
avenidas del Generalísimo, pasajes del general Mola, calles de los caídos de la
División Azul, calles Héroes del Alcázar. No sólo nombres, también monumentos
con el general Franco a caballo, bustos de éste y otros militares, piedras
labradas en edificios civiles y religiosos. De pena. Recuerdos al horror, a la
venganza, a la injusticia. De todos estos disparates del pasado, el Alcázar de
Toledo es la mayor ofensa a la dignidad del ser humano, el mayor insulto a la
democracia, al pueblo, a la gente honrada. El turista, pensando que es bueno
conocer los rincones de España se adentra en las calles recoletas de Toledo, se
sumerge en la magia pictórica de El Greco, se sienta en cualquier restaurante a
degustar el faisán. Pero cuando sale de conocer el Alcázar no puede dar fe al
disparate.
Esta semana el Gobierno
decidirá sobre el polémico proceso de recuperación de la memoria histórica
iniciado en 2004. El PP, por su puesto, se opone. Sin embargo, el Gobierno
reitera que quiere aprobar el anteproyecto de ley de memoria histórica.
Obviamente, uno de los asuntos clave en este plan es el de los símbolos
franquistas. No me extraña que el PP se niegue a todo. De hecho, ya es una
cantinela que suena a canción de verano. Lo extraño y lo triste es que en ese
partido conservador nadie alce la voz, nadie opine de manera distinta a como lo
hacen sus líderes, nadie comparta el principio de que los símbolos franquistas
tendrían ya que estar todos enterrados, nadie pide que se abran las tumbas para
que cada familia entierre a sus muertos donde considere oportuno, nadie se
atreve a decir que aquella dictadura es un mal recuerdo y que estos símbolos y
estas actitudes sólo ayudan a que el olvide no sea posible, a que ninguna lápida
entierre aquel triste pasado.
Tantos años después y todavía
no sabemos dónde está enterrado García Lorca y quienes con él fueron paseados
hasta la muerte. La familia Lorca no tiene ningún derecho a negarse a
desenterrar a un poeta que es de todos, posiblemente más nuestro que de su
propia familia. Porque quienes cobran sus derechos de autor no comparten su
ideología ni su sentido de la vida, ni las causas por las que fue fusilado. Y
uno se cansa de estar siempre pidiendo perdón, de pedir permiso para cruzar la
acera del olvido. Pero el olvido ya no es posible, y por eso el Gobierno debe
asumir con decisión una ley que entierre un enfrentamiento de vergüenza.
Tantos años después y sigue
dando la impresión de que subimos el primer peldaño, de que todavía no hemos
abierto la puerta, de que es posible escribir la historia por fin dejando a los
muertos descansar de una puñetera vez.
Hablábamos del Alcázar de
Toledo, pero quién no quisiera vomitar cuando alza la vista frente al Valle de
los Caídos. Como se ha escrito respecto a este monumento y otros del mismo
símbolo, el interés cultural o histórico aconseja no destruirlo pero en lugar
bien visible se debe colocar un texto que explique qué significó la dictadura y
la represión que hizo posible alzar un edificio como éste con el trabajo de los
presos de guerra.
Uno se cansa de
la misma película, de los mismos actores, del mismo argumento. Llega agosto con
el termómetro reventando la vida, y uno se sienta a leer los nombres de estas
calles y avenidas y plazas y pasajes, y se cansa de que el olvido no sea tan
eficaz como la guerra. Y mira y cuenta los disparates que esconde el Alcázar de
Toledo y sólo puede pensar que la transición democrática no ha sido tan efectiva
como los fallecidos en aquel conflicto bélico hubiesen deseado. Y aunque
solamente fuera por eso, tenemos la obligación de ayudarlos a dormir de una vez
y para siempre en paz. Aunque les duela a quienes no tienen la conciencia
tranquila ni la capacidad inteligente de pedir perdón.
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