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 EL RUIDO Y LAS NUECES

Adiós a los símbolos franquistas

 ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

 (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)

lopezhidalgo@us.es

 

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

Plazas de Arriba España, avenidas del Generalísimo, pasajes del general Mola, calles de los caídos de la División Azul, calles Héroes del Alcázar. No sólo nombres, también monumentos con el general Franco a caballo, bustos de éste y otros militares, piedras labradas en edificios civiles y religiosos. De pena. Recuerdos al horror, a la venganza, a la injusticia. De todos estos disparates del pasado, el Alcázar de Toledo es la mayor ofensa a la dignidad del ser humano, el mayor insulto a la democracia, al pueblo, a la gente honrada. El turista, pensando que es bueno conocer los rincones de España se adentra en las calles recoletas de Toledo, se sumerge en la magia pictórica de El Greco, se sienta en cualquier restaurante a degustar el faisán. Pero cuando sale de conocer el Alcázar no puede dar fe al disparate.

 

Esta semana el Gobierno decidirá sobre el polémico proceso de recuperación de la memoria histórica iniciado en 2004. El PP, por su puesto, se opone. Sin embargo, el Gobierno reitera que quiere aprobar el anteproyecto de ley de memoria histórica. Obviamente, uno de los asuntos clave en este plan es el de los símbolos franquistas. No me extraña que el PP se niegue a todo. De hecho, ya es una cantinela que suena a canción de verano. Lo extraño y lo triste es que en ese partido conservador nadie alce la voz, nadie opine de manera distinta a como lo hacen sus líderes, nadie comparta el principio de que los símbolos franquistas tendrían ya que estar todos enterrados, nadie pide que se abran las tumbas para que cada familia entierre a sus muertos donde considere oportuno, nadie se atreve a decir que aquella dictadura es un mal recuerdo y que estos símbolos y estas actitudes sólo ayudan a que el olvide no sea posible, a que ninguna lápida entierre aquel triste pasado.

 

Tantos años después y todavía no sabemos dónde está enterrado García Lorca y quienes con él fueron paseados hasta la muerte. La familia Lorca no tiene ningún derecho a negarse a desenterrar a un poeta que es de todos, posiblemente más nuestro que de su propia familia. Porque quienes cobran sus derechos de autor no comparten su ideología ni su sentido de la vida, ni las causas por las que fue fusilado. Y uno se cansa de estar siempre pidiendo perdón, de pedir permiso para cruzar la acera del olvido. Pero el olvido ya no es posible, y por eso el Gobierno debe asumir con decisión una ley que entierre un enfrentamiento de vergüenza.

 

Tantos años después y sigue dando la impresión de que subimos el primer peldaño, de que todavía no hemos abierto la puerta, de que es posible escribir la historia por fin dejando a los muertos descansar de una puñetera vez.

 

Hablábamos del Alcázar de Toledo, pero quién no quisiera vomitar cuando alza la vista frente al Valle de los Caídos. Como se ha escrito respecto a este monumento y otros del mismo símbolo, el interés cultural o histórico aconseja no destruirlo pero en lugar bien visible se debe colocar un texto que explique qué significó la dictadura y la represión que hizo posible alzar un edificio como éste con el trabajo de los presos de guerra.

 

Uno se cansa de la misma película, de los mismos actores, del mismo argumento. Llega agosto con el termómetro reventando la vida, y uno se sienta a leer los nombres de estas calles y avenidas y plazas y pasajes, y se cansa de que el olvido no sea tan eficaz como la guerra. Y mira y cuenta los disparates que esconde el Alcázar de Toledo y sólo puede pensar que la transición democrática no ha sido tan efectiva como los fallecidos en aquel conflicto bélico hubiesen deseado. Y aunque solamente fuera por eso, tenemos la obligación de ayudarlos a dormir de una vez y para siempre en paz. Aunque les duela a quienes no tienen la conciencia tranquila ni la capacidad inteligente de pedir perdón.


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