
La semana
pasada fue la semana del horror. El horror vive ahora también en los países
desarrollados, donde cualquier fin de semana nos sorprende a cualquiera
bebiendo un gin tonic en un pub nocturno mientras una banda de jazz te rompe
el corazón con sus lamentos insobornables. Las noches de fin de semana en
Nueva Orleans ya no son las mismas. Las calles están anegadas con muertos
flotando, testimonio sordo de un presente que ha sucumbido al desastre
natural. En The Big Easy los funerales se celebraban con bandas de
jazz, porque en Nueva Orleans la muerte siempre debió ser triste y feliz al
mismo tiempo. Pero ahora no hay bandas de jazz, sino sólo militares evacuando
una ciudad de película de una miseria real.
Se nos
acercan los tifones y los huracanes son nombres sonoros y acogedores, y nos
sorprenden con un zarpazo feroz en las retinas, con un suave empujón en el
hombre que no te adormece y no te da respiro para poder entender en todas su
dimensión esta avalancha indomable de la naturaleza. Los cadáveres se pudren
en las calles. Son miles. Seres humanos que mueren de sed como animales.
Cecile Radford, una mujer negra de 32 años, pide perdón: “Disculpe nuestro
color”. Mark Phillis, otro superviviente del caos, también está seguro de que
esto ha ocurrido por el color de su piel y por su condición económica.
Los
desheredados de la tierra vuelven, una vez más, a ser los tristes
protagonistas en estos trances. No tienen tiendas de campaña ni cobijo alguno
donde guarecerse. Y los helicópteros están de campaña en Irak o en Afganistán
abriendo el desorden en otro lugar del mundo dejado también de la mano de
Dios. También en Irak la semana pasada la mano negra del destino dejó una
hilera de muertos sin sentido. En el día sagrado musulmán, los chíies
enterraron a las más de 1.000 víctimas mortales de la estampida en un puente
de Bagdad. En los funerales, cuentan las crónicas que el dolor de los
familiares de los fallecidos en la peregrinación a la mezquita de Kadimiya se
mezclaba con la exigencia de responsabilidades por la tragedia. Una vez más,
por esos designios que todos ignoramos, al menos 964 personas fueron
contabilizadas como muertas en la avalancha del puente sobre el río Tigres.
El rumor extendido entre la multitud sobre la presencia de un terrorista
suicida cargado con explosivos fue la causa más probable de la avalancha de
los peregrinos chíies que perecieron asfixiados o aplastados o ahogados en el
cauce del río, después de que las barandillas del puente cedieran el empuje
del gentío.
Cuesta
imaginar una calle alfombrada con muertos pisoteados, cuesta descubrir a
nuestra vista una ciudad inundada en sólo unas cuantas horas, desaparecida de
la faz de la tierra en ese plazo de tiempo en que una melodía de jazz te
hincha los pulmones. Siempre caen estos seres anónimos que dejaron sin pagar
los últimos plazos de la hipoteca, sin beber el último whisky en una esquina
de Nueva Orleans o sin rezar los últimos salmos en una mezquita de Irak.
No son
muertos, sino paisajes con muertos. No son muertos de una guerra, sino una
parte del mundo puesta de golpe con sus propios muertos. No es un escenario
inventado sino real, abierto de golpe como si la tierra se abriera en dos
mitades desiguales, como siempre lo hace. Leyendo Diario del año de la
peste, el lector no escapa a la descripción inteligente y minuciosa de
Daniel Defoe de una ciudad encerrada en sí misma con la muerte en su corazón.
Como tampoco escapa la Orán que Albert Camus describe en La peste. La
literatura también está tejida con estos materiales. Antón Chéjov, por
ejemplo, viajó a la isla de Sajalín para visitar una antigua colonización
penitenciaria rusa del siglo XIX. El libro es en realidad el primer reportaje
que se ha escrito sobre prisiones y muestra un paisaje desolador cuando
describe la vida inhumana de aquellos pabellones. Tenía una respuesta para que
aquella realidad trascendiera a nuestros días: “Lamento no ser un
sentimental”.
Pero acaso
haya sido Susan Sontag quien, con una prosa limpia y poderosa, haya sabido
acercarnos más que nadie a deletrear el dolor de los demás en las fotografías
de prensa o en las imágenes de televisión. Sontag no comparte ese principio de
censura militar que evita que el lector o espectador pueda ver las imágenes
del caos. Debemos permitir, ha escrito, que las imágenes nos persigan, aunque
sólo se trate de muestras y no consigan apenas abarcar la mayor parte de la
realidad a que se refieren, porque cumplen una función esencial. En su
magistral obra Ante el dolor de los demás, deja constancia de este
pensamiento: “La frustración de no poder hacer algo relativo a lo que muestran
las imágenes quizá puede traducirse en la acusación de que es indecente
contemplarlas o de que es indecente el modo en que se difunden: acompañadas,
como bien podría ser el caso, de anuncios de emolientes, analgésicos o
todoterrenos. Si pudiéramos hacer algo al respecto de lo que muestran las
imágenes, tal vez estas cuestiones nos importarían mucho menos”.
Pero no.
Volvemos a ver las imágenes metidas en bocadillos publicitarios en una semana
cuyo broche era otro recuerdo del caos. Las madres de Beslán revivían la
semana pasada la matanza de niños con la gran ausencia de Putin. Todo Beslán
se volcó en el gimnasio de la escuela número uno, escenario de la tragedia que
tuvo lugar hace un año, cuando un grupo de terroristas tomó a más mil rehenes
en ese colegio. El infierno provocado entonces tuvo un balance que acabó en
masacre: 331 muertos –de ellos, 186 niños- y más de 700 heridos. Las escenas
desgarradoras de las madres llorando eran el anexo a otras masacres más
recientes, como las de Irak y la Nueva Orleans.
Septiembre
vino, como siempre, cambiando el ritmo de la vida. A algunos seres humanos,
sin embargo, les ha cambiado la vida para siempre, si no les tocó perderla en
cualquiera de estos giros forzosos que nos ofrece a su paso por cualquier
parte. Ya no existe lugar seguro en el mundo, si es que alguna vez lo hubo. La
muerte acecha en cada esquina mientras apuras el último vaso de gin tonic, y
ya nadie hace sonar su saxo en las noches vacías y monocordes de septiembre.
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