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Estudiar periodismo, ser
periodista, crear y difundir un periódico son tareas, la primera, alegre y
gozosa; la segunda, arriesgada, tortuosa y, para determinados tipos, incluso mal
vista; la tercera, por supuesto, propia de gente con dinero que se aburre en su
casa o sedienta de aventuras que con toda seguridad conducen al vacío. A pesar
de todo, algo esconderá esta profesión en sus tripas cuando la ejercen honrados
profesionales pero también redactores de saldo, escritores mal pagados,
empresarios arriesgados y otros ciudadanos de dudosa reputación.
Tiene el periodismo sino de
profesión maldita, pero al mismo tiempo el marchamo que lucen personajes
ilustres que con su pluma mueven a su pesar el timón de la vida. He conocido en
esta profesión a personajillos incapaces de alcanzar con su talento su propia
estatura, pero también me he encontrado a redactores que en pocos folios y en
pocas horas han escrito algunas de las páginas más hermosas y comprometidas del
periodismo español.
El periodismo es, sin duda,
un escenario de luces y sombras, porque sobre esas tablas cada día se dibuja la
realidad que nos alimenta, se inventa el horizonte que no existe, se interpreta
la posibilidad única de cambiar cada día. Frente al periodismo de investigación,
también encontramos las filtraciones interesadas; frente al periodismo
contrastado y verificado, las tertulias infames de quienes conocen el mundo de
cabo a rabo, y los reality show de los famosos que cuentan su vida sexual y
amorosa como a si a los demás nos importara los más mínimo. Frente a ese
periodismo casposo, también hay un periodismo elegante y bien escrito que quiere
dejar constancia de cuanto acontece a nuestro alrededor.
Antes los periodistas
aprendían el oficio en las mismas redacciones. Uno empezaba por traer el café a
los compañeros y con el tiempo se hacía dueño de su propia olivetti. Ahora, los
jóvenes periodistas lucen –lucimos- título universitario. Y sus padres se
preguntan –los nuestros también lo hacían- para qué estudiar tantos años con lo
dura que está la profesión.
Es verdad, la precariedad ha
golpeado con vara de mimbre al sector y cada día la incógnita sobre el futuro es
una herida abierta incapaz de cicatrizar.
Gabriel García Márquez ha
contado alguna vez que el periodismo es el oficio más bello del mundo. Y es
cierto. A quien se le mete en la sangre este veneno está condenado a nutrirse de
él para siempre. Un proverbio hindú lo dice con otras palabras: “Quien cabalga
un tigre no lo puede descabalgar”. Hasta hace unos años el oficio era propio de
gente adicta al café, el alcohol, la noche y la literatura. Ahora, cada día más,
se bebe leche desnatada, cerveza light, se acuestan con los lunis gratis y sólo
leen a Pérez-Reverte.
Es broma, claro está. En esta
profesión, como en otras, hay de todo. Pero en el periodismo, más que en ninguna
otra, brillan los genios por su vanidad, los jefes por sus malos modales y las
señoras por su carácter bronco y valiente. En algunas de estas redacciones, he
conocido a los amigos que ya lo fueron para siempre. Antes, las redacciones de
los diarios eran como salas de psiquiátricos en las que todos gritaban, nadie se
entendía y cuando todos callaban sólo se oía el fatigoso teclado de los
teletipos.
El caos en las redacciones es
su mejor medicina. Siempre me sorprendió como de aquella selva de papeles
desordenados y teléfonos agonizantes el resultado fueran páginas legibles que el
lector ingería sin protestar en el desayuno. Una tarde de desorden de un sábado
ya olvidado, Pepe Guzmán, un periodista histórico de El Correo de Andalucía,
se puso de pie en su mesa y gritó para que todo el mundo le escuchara: “Que yo
me entere. Aquí quién coordina la catástrofe”. La catástrofe, después de todo,
era nuestra propia vida.
Pero qué periodista cambiaría
su vida por otra. Ninguno. Y así nos va. Siempre pensé que éramos una especie a
extinguir.
Pero ahora, cuando observo
que antiguos alumnos se comprometen con esa aventura tan hermosa que es sacar un
periódico a la calle, pienso, como concluía aquella novela inmortal, que las
estirpes condenadas a cien años de soledad aún tenemos una segunda oportunidad
sobre la tierra.
Pero si los periodistas
estamos locos, más lo están aún los empresarios de periódicos, que prefieren
empobrecerse por alguna razón que desconozco, cuando hay negocios más
fructíferos y sensatos, menos esclavizados y seguros. Pero también es cierto que
un periódico no es cualquier empresa, pues en ésta se escribe cada día el pulso
de la ciudad, se da constancia del acontecer diario.
El periódico es un
chiringuito de notarios en el que se da fe de nuestra historia más reciente,
donde se anotan nuestras vidas colectivas y particulares con el arte de la
palabra, de la fotografía, de la viñeta o de la infografía.
Un periódico no es cualquier
empresa. Aquí no vendemos cenefas para los cuartos de baño ni estanterías de
pladul. Aquí vendemos historias insólitas aunque reales, construimos el perfil
de nuestros vecinos en los que ellos mismos se reconocen, aplaudimos las
decisiones acertadas, condenamos la corrupción, intentamos aliñar la palabra
escrita con algún guiño literario, nos comprometemos por poco dinero a
escribirles la historia de cada día. Incluso, si nos dejan, podemos publicar
páginas brillantes con pocos artefactos que hagan posible la armonía entre
todos.
Diario Bahía de Cádiz cumple
ahora dos años en la Red, donde suma 80.000 lectores y más de dos millones de
accesos mensuales. Por esta razón, lo queremos celebrar con una edición en
papel.
En septiembre del pasado año
presenté una ponencia en la V Bienal de Comunicación en México titulada
“Periodistas atrapados en la Red: rutinas de trabajo y situación laboral”, en la
que decía: “Las nuevas tecnologías de la información y la comunicación han
obligado al periodista tradicional a una forma diametralmente distinta de hacer
periodismo. Un debate social, cultural y profesional de dimensiones exorbitantes
ha surgido desde entonces: tanto es así que algunos se han atrevido a profetizar
que el periodismo tradicional y los periódicos de papel desaparecerán en las
próximas décadas. El propio Martínez Albertos ha sido pionero en esta visión
apocalíptica de la profesión en su obra El ocaso del periodismo, donde
nos advierte de que los periodistas se han extraviado en el laberinto de las
nuevas tecnologías, hasta el punto de que ha profetizado que la prensa escrita
desaparecerá antes que los libros. Incluso ha señalado fecha de caducidad: el
año 2020.”
Por supuesto que no comparto
las adivinaciones del profesor Albertos. Quiero pensar y pienso que el papel nos
sobrevivirá durante muchos años y que los lectores de prensa no disminuirán con
los años como si fuesen una sociedad secreta sino que, muy al contrario,
crecerán inevitablemente por el bien de todos.
Quiero decir al o a los
empresarios que han apostado por este proyecto que ésta será una de las páginas
más apasionantes de sus vidas. A Dany Rodway, director de este periódico, quiero
dar las gracias porque un buen día me llamó para colaborar en este diario. Él es
uno de los artífices y de los responsables de que hoy todos estemos aquí. A
quienes también fueron mis alumnos –Carlos Cabrera y Marta Martínez- para que
trabajen duro y con pasión. A quienes compartieron conmigo las páginas de
opinión –Ramón Reig, Juan Martínez, José Galindo, Víctor Córdoba. Manuel Rubio,
Mariano Cabrero, Francisco Álvaro o Carlos Alberto Cabrera-, para que sigan por
esa buena línea por la que siempre se advierte pero nunca se insulta. A los
vecinos de la Bahía de Cádiz, quiero decirles que cuiden de este medio, que
posiblemente hoy sea un velero frente a otros acorazados y otros buques insignia
de la provincia, pero que a poco, con que sólo sople un buen viento, puede
crecer de tamaño y de velocidad.
Decía antes que el periodismo
sirve para dar constancia de cuanto acontece, para saber que lo que no se
publica, sea o no cierto, no existe. Apoyándome en este principio, quiero
terminar con una anécdota que recoge Rodolfo Serrano en su último libro, Un
oficio de fracasados. Dice así: “Cuentan que cuando Moisés huía de Egipto,
perseguido por el ejército del faraón, y con todo el pueblo judío detrás, llegó
hasta las orillas del mar Rojo. Es una historia sabida. Pero el caso es que
Moisés –y eso no está en la historia- se encontró con aquella inmensidad de mar
y no supo qué hacer. Ahí tenemos a Moisés, seguido de hombres, mujeres, niños,
ancianos y sacerdotes, todos con sus impedimentas, sus ovejas, sus burros, sus
caballos, las carretas… y el ejército del faraón acercándose a buen paso.
Moisés hizo entonces lo que
todo buen dirigente hace cuando se encuentra en una situación difícil: llamó a
su jefe de prensa.
-Llamad al jefe de prensa
–dijo.
El jefe de prensa –como suele
ser también habitual- se presentó ante Moisés con la velocidad del rayo. Moisés
le dijo:
-Bueno ¿Qué hacemos? Tenemos
miles de personas, ovejas, burros, caballos, carretas aquí detenidos por el mar
Rojo y detrás de nosotros el ejército del faraón.
El jefe de prensa rápidamente
le aconsejó:
-Da un golpe con la vara en
el suelo. El mar se abrirá y pasaremos todos al otro lado. Cuando hayamos
llegado, vuelves a golpear el suelo con el bastón y el mar se cerrará y
arrastrará al faraón y a su ejército.
Moisés, que no las tenía
todas consigo, preguntó:
-Pero ¿tú crees que esto dará
resultado?
El jefe de prensa contestó
con mucha seguridad, como suele ser habitual en los jefes de prensa:
-Mira, Moisés. Yo no sé si
dará resultado. No sé si se abrirá el mar. No sé si llegaremos al otro lado. No
sé, siquiera, si ahogaremos al ejército del faraón. Pero te puedo asegurar que
vamos a ganar cuatro páginas magníficas en la Biblia. Y, al final, qué quieres,
eso es lo que importa.”
Eso es todo. Muchas gracias.
(*Discurso de Antonio López en la
presentación de DIARIO Bahía de Cádiz en papel el 14-07-2006)
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