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Desde hace muchos años leo el
periódico entre líneas, no para encontrar la errata que se le escapó al redactor
o para deducir una doble lectura del texto. Más bien lo hago para no
sobrecogerme de la sorpresa. Después de tantos años escribiendo, leyendo y
escuchando noticias, no doy fe, en ocasiones, a cuanto ven mis ojos y escuchan
mis oídos. Es decir, me parece mentira que sea verdad lo que leo. Y no se trata
de un simple juego de palabras. Leo en los diarios y escucho en los informativos
televisados que las Tropas de Operaciones Especiales del Ejército de Estados
Unidos desplegadas en Irak han puesto en práctica técnicas de interrogatorio
prohibidas. Habrá que añadir que una vez más estas tropas han puesto en práctica
estas técnicas del horror.
Se desprende de esta
investigación del Pentágono que algunos detenidos iraquíes fueron alimentados
sólo con pan y agua durante 17 días, que fueron confinados en celdas donde no
podían tumbarse ni ponerse de pie, que fueron privados del sueño con música muy
alta o que fueron despojados de sus ropas para ducharlos con agua fría y luego
someterlos a temperaturas bajas. El documento detalla además que a un preso lo
mantuvieron desnudo “porque se orinaba sobre sus ropas continuamente”.
Este nuevo informe del horror
se conoce ya como informe Formica, porque su autor es el general Richard
Formica. Lo curioso del texto es que de él se desprenden no sólo hechos, sino
conclusiones, o más bien opiniones. Por ejemplo, del mismo se deduce que el
trato de los detenidos fue incorrecto pero no “ilegal”, como si la tortura, de
una u otra naturaleza, fuera uno de los principales artículos sobre los que se
sustenta la Constitución americana. Para colmo, se añade que este trato
incorrecto es producto de la falta de vigilancia y directrices apropiadas.
Claro, al parecer a algunos soldados hay que decirles qué tienen que hacer,
porque si no se comen a los presos y el argumento sería que los confundieron con
la cena. La guerra es la guerra, eso sí, y provoca peores paranoias.
Otra de las conclusiones del
informe del general Formica tampoco tiene desperdicio. En el mismo se dice que
en ningún caso el uso de estas técnicas de interrogatorios ilegales fuera
consecuencia de abusos deliberados. Es decir, lo hacían por puro hábito o
diversión. La guerra, ya se sabe, aburre mucho. Ya nos lo dijo Miguel Gila. El
informe, para colmo, recomienda que ningún militar sea castigado o juzgado por
estos hechos. Lo que no se dice es si el informe propone que le sean concedidas
a estos militares la medalla al torturador más eficiente. En el citado informe,
el cirujano general militar alivia nuestra moral cuando recuerda que “hacen
falta 17 días para desarrollar deficiencias en vitaminas o proteínas con una
dieta de pan y agua”. Ah, nos quedamos tranquilos, porque ignorábamos si estos
militares especializados en estos interrogatorios tan sofisticados conocían o no
estos pormenores de las desnutrición involuntaria o por cuenta ajena. Pero ya
vemos que sí.
Por cierto, también esta vez
los militares usaron perros para aterrorizar a los prisioneros, pero, por lo
visto, desistieron de esta técnica por miedo a que los mencionados presos se
comieran a los canes en un descuido de los centinelas. Estaría bueno. Con lo que
vale un perro amaestrado en estos menesteres tan siniestros.
Leemos estas noticias y
pensamos si debemos mosquearnos, cabrearnos o creérnoslas. El problema es que no
nos dan respiro y unos días antes leemos que vuelos supuestamente fletados por
la CIA trasladaron ilegalmente a personas secuestradas. Entre las muchas
historias increíbles de estos prisioneros secuestrados ha salido ahora a la luz
la del ciudadano alemán Khaled el Masri, acaecida en enero de 2004. Secuestrado
en la frontera de Serbia, le llevaron a Skopje donde estuvo retenido 23 días. El
23 de enero le trasladan a Afganistán, donde pasa cinco meses. Posteriormente es
trasladado en avión a algún lugar de los Balcanes y abandonado en una cuneta de
una carretera de Albania.
Se sabe ahora también que al
menos cuatro vuelos aterrizaron en España camino de la base-prisión de
Guantánamo entre 2003 y 2004. Hasta ahora pensábamos que la carretera era más
peligrosa que el espacio aéreo, pero viendo desde aquí la altura y velocidad que
han alcanzado algunos vuelos, habría que proponer al Gobierno que creara la
Guardia Civil del Cielo, a ver si así nos enteramos de una vez por todas de los
pájaros que sobrevuelan nuestras cabelleras y de los pajarracos que escapan a
todo control, sobre todo al tráfico de personas, aunque aterricen en nuestros
propios aeropuertos.
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