|

Conservo una fotografía en la
que ambos esquivamos sorprendidos las olas en las playas de Málaga. Tú me
agarras de la mano, y yo lloro porque ignoro este paisaje que después tantas
veces he buscado, y me conduces indómito hasta el flash de la cámara. Ahora de
esta fotografía recupero mi recuerdo extraviado, el momento único que ni
siquiera el olvido logró romper del todo. Estamos sentados en la arena, gozosos
con su humedad y con el día claro. Recuerdo tus trenzas de colegiala y tu
ternura incipiente. Éramos dos hermanos pequeños que juntos adivinábamos la vida
hasta que el número creció hasta cuatro y luego este número par se rompió por
cualquier artilugio severo que ignoro. Ahora somos tres, pero tú no estás. Por
eso desprecio los número impares y miro en otros mares la infancia extraviada y
siempre encuentro tu presencia discreta, tus ojos serenos, tu voz pidiendo un
consejo u ofreciendo lo que nadie entrega en estos tiempos de infortunio.
Vino una mala enfermedad a
arrebatarnos tu presencia, pero nadie creía que fuera posible tu ausencia. Has
dejado grande la casa, has dejado vacíos todos los rincones de mi alma, como si
un huracán se me hubiese metido en los pulmones. Y después de tantas lágrimas,
asumo que no es posible el olvido, desprecio los viajes que no fueron posibles,
huyo de las ceremonias a las que ya no podrás asistir.
Me dicen que es posible la
vida sin ti, y yo se lo digo a ellos, a tus padres y a tus hermanos, como quien
mira por un telescopio un futuro sin horizonte. Pero al final, en ese punto en
el que la tierra sólo es una sombra que apenas se advierte, diviso tus ojos de
criatura maravillosa, y sé que debemos seguir viviendo porque ése es tu deseo. Y
abro los bares y veo tu sonrisa inquebrantable, y ando calles intransitables y
sé que vas a mi lado, y busco una razón para vivir que sea convincente y ahí
está tu voluntad de que así sea.
Una semana después de tu
partida, busco el ADN de la soledad, porque esta soledad no es aquélla que yo
conocía, no es aquélla en la que me escondía cuando miraba al mundo con estupor
o con ira. Ésta es una soledad menos voluble, espesa como un día de nubes grises
o como una resaca que te mata sin pecado. Ésta es una soledad que no he
comprado, que no quiero, que no deseo a nadie. Todavía me despierto por las
noches por si quieres que te lleve al comedor, me despierto por miedo a que te
me caigas de la cama, débil como estabas y con tantas ganas de vivir. Todavía es
de noche, desde que te fuiste no es posible respirar sin pensar que te hago
daño, sin pensar que este mazazo que nos da la vida es justo.
Quiero
despertar mañana sabiendo que será posible otro viaje, que me llamarás para
concretar la hora, que volveré a pedirte otra copa de anís dulce mientras el mar
oscurece en lontananza. Quiero volver a cruzar los mismos paisajes que
descubrimos juntos. Quiero volver a pensar que no me dijiste adiós porque no te
has ido del todo, y a veces sospecho que la espera será larga, y por eso me
siento aquí, detrás de mis libros, y busco en esta fotografía la vida que
vivimos juntos cuando sólo tenía dos años o tal vez menos, cuando tú me cogías
de la mano para que no me extraviara por el mundo, y al final sospecho si no
debí cogerte yo la tuya para siempre, para que no te fueras. Y ahora no sé por
qué te has ido cuando teníamos tantos viajes pendientes. Y te fuiste con tan
poco equipaje que no sé a dónde habrás ido ahora que el verano llega. No me
preguntes si hemos llegado ya a la playa, porque no sabría qué responderte. O te
respondería que te espero, que no quiero partir sin ti. Y aquí estoy. Esperando.
Esperándote, hermana. Esperándote como siempre, Aurora. Aunque a mí me gustaba
llamarte Aurori, ya lo sabes. Manías que tiene uno.
ARTÍCULOS ANTERIORES
|