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 EL RUIDO Y LAS NUECES

Esperándote, hermana

 ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

 (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)

lopezhidalgo@us.es

 

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

Conservo una fotografía en la que ambos esquivamos sorprendidos las olas en las playas de Málaga. Tú me agarras de la mano, y yo lloro porque ignoro este paisaje que después tantas veces he buscado, y me conduces indómito hasta el flash de la cámara. Ahora de esta fotografía recupero mi recuerdo extraviado, el momento único que ni siquiera el olvido logró romper del todo. Estamos sentados en la arena, gozosos con su humedad y con el día claro. Recuerdo tus trenzas de colegiala y tu ternura incipiente. Éramos dos hermanos pequeños que juntos adivinábamos la vida hasta que el número creció hasta cuatro y luego este número par se rompió por cualquier artilugio severo que ignoro. Ahora somos tres, pero tú no estás. Por eso desprecio los número impares y miro en otros mares la infancia extraviada y siempre encuentro tu presencia discreta, tus ojos serenos, tu voz pidiendo un consejo u ofreciendo lo que nadie entrega en estos tiempos de infortunio.

 

Vino una mala enfermedad a arrebatarnos tu presencia, pero nadie creía que fuera posible tu ausencia. Has dejado grande la casa, has dejado vacíos todos los rincones de mi alma, como si un huracán se me hubiese metido en los pulmones. Y después de tantas lágrimas, asumo que no es posible el olvido, desprecio los viajes que no fueron posibles, huyo de las ceremonias a las que ya no podrás asistir.

 

Me dicen que es posible la vida sin ti, y yo se lo digo a ellos, a tus padres y a tus hermanos, como quien mira por un telescopio un futuro sin horizonte. Pero al final, en ese punto en el que la tierra sólo es una sombra que apenas se advierte, diviso tus ojos de criatura maravillosa, y sé que debemos seguir viviendo porque ése es tu deseo. Y abro los bares y  veo tu sonrisa inquebrantable, y ando calles intransitables y sé que vas a mi lado, y busco una razón para vivir que sea convincente y ahí está tu voluntad de que así sea.

 

Una semana después de tu partida, busco el ADN de la soledad, porque esta soledad no es aquélla que yo conocía, no es aquélla en la que me escondía cuando  miraba al mundo con estupor o con ira. Ésta es una soledad menos voluble, espesa como un día de nubes grises o como una resaca que te mata sin pecado. Ésta es una soledad que no he comprado, que no quiero, que no deseo a nadie. Todavía me despierto por las noches por si quieres que te lleve al comedor, me despierto por miedo a que te me caigas de la cama, débil como estabas y con tantas ganas de vivir. Todavía es de noche, desde que te fuiste no es posible respirar sin pensar que te hago daño, sin pensar que este mazazo que nos da la vida es justo.

 

Quiero despertar mañana sabiendo que será posible otro viaje, que me llamarás para concretar la hora, que volveré a pedirte otra copa de anís dulce mientras el mar oscurece en lontananza. Quiero volver a cruzar los mismos paisajes que descubrimos juntos. Quiero volver a pensar que no me dijiste adiós porque no te has ido del todo, y a veces sospecho que la espera será larga, y por eso me siento aquí, detrás de mis libros, y busco en esta fotografía la vida que vivimos juntos cuando sólo tenía dos años o tal vez menos, cuando tú me cogías de la mano para que no me extraviara por el mundo, y al final sospecho si no debí cogerte yo la tuya para siempre, para que no te fueras. Y ahora no sé por qué te has ido cuando teníamos tantos viajes pendientes. Y te fuiste con tan poco equipaje que no sé a dónde habrás ido ahora que el verano llega. No me preguntes si hemos llegado ya a la playa, porque no sabría qué responderte. O te respondería que te espero, que no quiero partir sin ti. Y aquí estoy. Esperando. Esperándote, hermana. Esperándote como siempre, Aurora. Aunque a mí me gustaba llamarte Aurori, ya lo sabes. Manías que tiene uno.


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