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 EL RUIDO Y LAS NUECES

Una rana en la ensalada

 ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

 (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)

lopezhidalgo@us.es

 

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

Un buen día encontré un tornillo del tamaño de una cucaracha en un bote de mayonesa, de cuya marca ya no tengo memoria. Recuerdo, eso sí, que escribí a la empresa y me envió al instante a un mensajero que recogió el recipiente del crimen. Un alto ejecutivo me dijo que se trataba de estudiar cómo el citado tornillo acabó, por algún designio del azar dentro del bote de mayonesa. Yo sabía que, en realidad, se trataba de eliminar el arma homicida. Dos semanas después, la empresa premió mi interés por la salud alimenticia del ciudadano con una calculadora con publicidad de la marca que ya no recuerdo. Le pudo ocurrir a otra persona, pero fue a mí. Y no es casualidad. Quienes siempre hemos mirado el plato de comida con la sospecha de encontrar algún intruso esquivando los granos de arroz o intentando desatarse de entre los fideos o los espaguetis, estamos condenados, como el explorador en la selva, a encontrar tesoros inauditos donde sólo había caldo de cocido.

 

El escritor argentino Julio Cortázar le confesó un buen día a Ernesto González Bermejo: “Yo tenía una pequeña neurosis, muy desagradable, que consistía en el temor de encontrar bichos en la comida y tenía que mirar cuidadosamente cada bocado…”. De hecho, escritores como Álvaro de Laiglesia ya anunciaba en su novela Un náufrago en la sopa que nadie escapaba a estos recovecos del destino. No hay nada más asqueroso que encontrar un gusano mientras muerdes la manzana, una mosca en la sopa (que es el incidente más socorrido), un mosquito vinatero en el catavinos o cualquier otro pequeño invertebrado colgado de las patas a la sombra de la lechuga más fresca.

 

Se sabe, desde luego, que la mosca es el auténtico enemigo del restaurante y que una sola de su especie es capaz de doblegar la honra del cocinero más afamado. En cualquier caso, pese a la gloria tan severa de la mosca, tampoco debemos echar en el olvido al gusano y al ratón. José Manuel Vilabella recuerda que en la década de los cuarenta los madrileños que viajaban a Asturias pedían queso de Cabrales con gusanos porque creían que el queso podrido era mejor que el otro. Al propio Vilabella le fascinaban aquellos gusanitos blancos que reptaban por el plato y, cuando nadie le observaba, se metía uno en la boca y lo masticaba con delectación. En México algunos de los platos más exquisitos y caros son los gusanos de Maguey y los huevos de hormiga. Pero Vilabella detesta sobre todo a la mosca, no por lo que come, sino por lo que defeca. Al parecer, la cagada del díptero echa a perder quesos, jamones y embutidos.

 

Pero dentro de esta fauna que se extravía en nuestra gastronomía más preciada no se encuentra la rana. Sin embargo, una mujer holandesa ha demandado a la multinacional de origen estadounidense de comida rápida Burger King porque se encontró una rana viva en su ensalada. La portavoz de Burger King,  Christine Frey, se explicó de esta manera: “Lo que ocurrió es que una de nuestras clientas encontró el pasado jueves por la tarde una rana en la ensalada, por lo que fue a nuestro director y se la mostró. Él la vio y, por tanto, lo ocurrido es cierto”.

 

La joven holandesa de 23 años, de nombre Astrid Roek, luego de verificar el insólito hecho ante su propio estupor, declaró que se trataba de “una gran cosa, una rana o un sapo”. Después añadió: “Me detuve y grité”. Las crónicas no dicen si la mencionada rana saltó huyendo del manjar que le había tocado en suerte. Los directivos de Burger King respiran tranquilos porque la afectada no tiene previsto alegar daños emocionales, de manera que ahora todas sus fuerzas están centradas en averiguar cómo llegó la rana a la ensalada y, todavía más, cómo sobrevivió en la misma. Las crónicas tampoco cuentan si la joven holandesa intentó besar a la rana por si tratara de su príncipe azul. En ocasiones como ésta, no se debe escatimar ninguna posibilidad, pues la verdad de los cuentos en un enigma que hasta ahora nadie ha alcanzado a resolver. Y la duda, más allá de la simple sospecha, tiene claros indicios de ser cierta, porque la literatura gastronómica nos habla de moscas y gusanos y ratones y otros invertebrados, pero no de ranas. Y quién sabe a estas alturas si la rana no era un ser encantado que escapó de las páginas de un cuento y se tropezó de golpe y para su sorpresa con un bosque de lechugas verdes. Con sólo intentarlo, la historia resultaría creíble, como de hecho le ocurre a la propia literatura.


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