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Un buen día encontré un
tornillo del tamaño de una cucaracha en un bote de mayonesa, de cuya marca ya no
tengo memoria. Recuerdo, eso sí, que escribí a la empresa y me envió al instante
a un mensajero que recogió el recipiente del crimen. Un alto ejecutivo me dijo
que se trataba de estudiar cómo el citado tornillo acabó, por algún designio del
azar dentro del bote de mayonesa. Yo sabía que, en realidad, se trataba de
eliminar el arma homicida. Dos semanas después, la empresa premió mi interés por
la salud alimenticia del ciudadano con una calculadora con publicidad de la
marca que ya no recuerdo. Le pudo ocurrir a otra persona, pero fue a mí. Y no es
casualidad. Quienes siempre hemos mirado el plato de comida con la sospecha de
encontrar algún intruso esquivando los granos de arroz o intentando desatarse de
entre los fideos o los espaguetis, estamos condenados, como el explorador en la
selva, a encontrar tesoros inauditos donde sólo había caldo de cocido.
El escritor argentino Julio
Cortázar le confesó un buen día a Ernesto González Bermejo: “Yo tenía una
pequeña neurosis, muy desagradable, que consistía en el temor de encontrar
bichos en la comida y tenía que mirar cuidadosamente cada bocado…”. De hecho,
escritores como Álvaro de Laiglesia ya anunciaba en su novela Un náufrago en
la sopa que nadie escapaba a estos recovecos del destino. No hay nada más
asqueroso que encontrar un gusano mientras muerdes la manzana, una mosca en la
sopa (que es el incidente más socorrido), un mosquito vinatero en el catavinos o
cualquier otro pequeño invertebrado colgado de las patas a la sombra de la
lechuga más fresca.
Se sabe, desde luego, que la
mosca es el auténtico enemigo del restaurante y que una sola de su especie es
capaz de doblegar la honra del cocinero más afamado. En cualquier caso, pese a
la gloria tan severa de la mosca, tampoco debemos echar en el olvido al gusano y
al ratón. José Manuel Vilabella recuerda que en la década de los cuarenta los
madrileños que viajaban a Asturias pedían queso de Cabrales con gusanos porque
creían que el queso podrido era mejor que el otro. Al propio Vilabella le
fascinaban aquellos gusanitos blancos que reptaban por el plato y, cuando nadie
le observaba, se metía uno en la boca y lo masticaba con delectación. En México
algunos de los platos más exquisitos y caros son los gusanos de Maguey y los
huevos de hormiga. Pero Vilabella detesta sobre todo a la mosca, no por lo que
come, sino por lo que defeca. Al parecer, la cagada del díptero echa a perder
quesos, jamones y embutidos.
Pero dentro de esta fauna que
se extravía en nuestra gastronomía más preciada no se encuentra la rana. Sin
embargo, una mujer holandesa ha demandado a la multinacional de origen
estadounidense de comida rápida Burger King porque se encontró una rana viva en
su ensalada. La portavoz de Burger King, Christine Frey, se explicó de esta
manera: “Lo que ocurrió es que una de nuestras clientas encontró el pasado
jueves por la tarde una rana en la ensalada, por lo que fue a nuestro director y
se la mostró. Él la vio y, por tanto, lo ocurrido es cierto”.
La joven holandesa de 23
años, de nombre Astrid Roek, luego de verificar el insólito hecho ante su propio
estupor, declaró que se trataba de “una gran cosa, una rana o un sapo”. Después
añadió: “Me detuve y grité”. Las crónicas no dicen si la mencionada rana saltó
huyendo del manjar que le había tocado en suerte. Los directivos de Burger King
respiran tranquilos porque la afectada no tiene previsto alegar daños
emocionales, de manera que ahora todas sus fuerzas están centradas en averiguar
cómo llegó la rana a la ensalada y, todavía más, cómo sobrevivió en la misma.
Las crónicas tampoco cuentan si la joven holandesa intentó besar a la rana por
si tratara de su príncipe azul. En ocasiones como ésta, no se debe escatimar
ninguna posibilidad, pues la verdad de los cuentos en un enigma que hasta ahora
nadie ha alcanzado a resolver. Y la duda, más allá de la simple sospecha, tiene
claros indicios de ser cierta, porque la literatura gastronómica nos habla de
moscas y gusanos y ratones y otros invertebrados, pero no de ranas. Y quién sabe
a estas alturas si la rana no era un ser encantado que escapó de las páginas de
un cuento y se tropezó de golpe y para su sorpresa con un bosque de lechugas
verdes. Con sólo intentarlo, la historia resultaría creíble, como de hecho le
ocurre a la propia literatura.
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