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 EL RUIDO Y LAS NUECES

Cuidar las playas de Cádiz

 ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

 (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)

lopezhidalgo@us.es

 

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

Tienen las playas en verano un aire sensual que no escapa a la inteligencia más recta ni a la moral más intransigente. Por el contrario, estos paisajes nos transportan sin remisión a una juventud olvidada y a otros años en los que la arena y el agua formaban parte de un rito al que el cuerpo sabía abandonarse sin demasiada decisión. A veces, eran las playas desiertas cuando atardecía después de un día claro y una luz lánguida te adormecía la sesera de una nostalgia lívida. Por la noche, las caletas acogían a los grupos de jóvenes con las barbacoas y las neveras de nieve, y a la luz de la luna, o sin luna, qué más daba, iban y venían las botellas a veces vacías, a veces llenas, de cerveza recalentada o ginebra que quemaba la garganta pero que era necesaria para prolongar la noche y la fiesta.

 

Todavía hoy estas fiestas nocturnas son usuales, pero hace veinte años eran el retiro obligado para los jóvenes en los meses de verano, no sólo los fines de semana, sino cualquier noche en la que las altas temperaturas del corazón no te dejaban los nervios en paz, y nos concentrábamos en las calas desconocidas para los turistas donde nadie rompía el rugido de las olas, sino otros grupos de jóvenes que respetaban como si fuera un tratado la intimidad anhelada. En esas playas nocturnas nacieron páginas para muchos libros y sucumbieron amores predestinados a la inmortalidad. En aquellos encuentros y desencuentros quedaron momentos que el olvido no borra y que la vida cotidiana se empecina en llevar adelante como si fuese un fardo necesario para sobrevivir al dolor que no nos encontramos en los bolsillos.

 

Lo que no sabíamos entonces es que al amanecer, mientras compatibilizábamos la resaca con la jornada laboral, las playas blancas de Cádiz lucían un paisaje de latas de Coca-Cola vacías y arrugadas, restos de costillas, colillas de cigarrillos de varias marcas, botellas de cerveza, de vino, de ginebra, botellas vacías o llenas por donde pasó la embriaguez de la juventud, restos de una improvisada barbacoa, servilletas usadas, espinas de sardinas, alguna ropa interior. Quién sabe cuántas señas de identidad se perdieron en aquellos paisajes idílicos de la noche que se transmutaban en estercoleros coyunturales con las primeras luces del día.

 

Ocurría y sigue ocurriendo. Por eso ahora la Demarcación de Costas Andalucía-Atlántico, dependiente del Ministerio de Medio Ambiente, ha remitido a los ayuntamientos de Cádiz y Chiclana dos resoluciones por las que restringe la ocupación de las playas. Con esta medida, Costas prohíbe la instalación chiringuitos que ya se habían comenzado a instalar. Suspende también el entierro de la Caballa en la playa de la Caleta, una fiesta que cierra el verano en Cádiz, y las barbacoas que acompañan al torneo de fútbol del Carranza. La resolución prohíbe también actividades nocturnas en las playas donde no se podrán ubicar gradas ni palcos ni cines al aire libre, ni abrir chiringuitos por la noche. Otra resolución similar ha sido enviada al Ayuntamiento de Chiclana, en la que se deniega autorización para cuatro chiringuitos en Sancti Petri, otros dos expendedores de comida en la Barrosa, pide el desmantelamiento de parte de la escuela de vela y prohíbe además algunas terrazas del Paseo Marítimo, atracciones infantiles, gradas para espectáculos y puntos de venta ambulante y de artesanía.

 

Cada día más debemos hacer compatible la fiesta con el descanso, la farándula con el respeto al medio ambiente. Algún domingo, cuando el sueño me ha resultado reparador, paseo temprano por las calles de Sevilla en las que los botellones fueron el espectáculo nocturno para tantos jóvenes y, observando el paisaje después de la batalla, sólo queda un estercolero inmundo que los funcionarios municipales de la limpieza se afanan en disolver con las herramientas idóneas.

 

Cada festejo trae su propia alegría y sus propias basuras. Cada celebración es necesaria para no olvidar los momentos señalados de nuestra existencia fugaz. Pero después de la tormenta no suele llegar la calma, sino un pudridero de envases usados, de mal olor acumulado en las playas, en las calles, en cualquier esquina en la que meamos tantas borracheras de felicidad efímera y cuyo rastro se deja oler también por otras esquinas por donde los funcionarios municipales de la limpieza nos siguen para que podamos cruzar de nuevo por el mismo lugar y mear en la misma esquina.

 

Hasta que un día…


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