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Leo Tokio Blues, la novela del japonés
Haruki Murakami que algunas amigas me recomiendan. Y empiezo a descubrir la
prosa contundente y madura de Sergio Pitol, de quien había oído hablar en México
hace ahora dos años pero en la que no había podido detenerme hasta ahora. Veo el
mar de Estepona en un día en que el calor ha dado paso a un viento ligero que
reconforta y ayuda a llevar con humor la noche y los amigos. Siempre asimilo el
buen tiempo con el mar y los libros, una trilogía imperfecta que necesita de un
vaso frío para llevar la jornada a buen puerto.
Tienen estos meses previos al verano la alfombra
de las salas de espera, la impaciencia recurrente de dejar a un lado el horario
laboral para huir a una playa desierta o a una isla perdida. Pero, como dice
Joaquín Sabina, ya no hay islas para naufragar, así que arañamos en las guías
turísticas y en las ofertas de las agencias otras posibilidades menos ambiciosas
pero también valiosas para que los sueños sigan siendo una parte importante del
equipaje estival.
Mientras consumimos los últimos meses antes de que
nos atropellen las altas temperaturas, comenzamos a diseñar nuestro itinerario
personal para esos días en que nos escabullimos de la norma y los horarios, del
tráfico urbano y de los jefes, de la declaración de la renta y otros pormenores
que no caben en el exiguo equipaje con el que subimos la montaña, o facturamos
en el avión, o volcamos sin demasiado cuidado en el vehículo propio o ajeno que
nos conducirá a otro paisaje, el paisaje onírico de las noches dejadas atrás,
pero también el paisaje real y breve de estas vacaciones que cada año
administramos son sorpresa y decisión y que a veces, también, se nos desparrama
en las ilusiones y se nos rompe como un plato que se nos escapa de las manos.
Es éste un tiempo que navega entre el pretérito y
los días venideros, como un velero sin rumbo o como un perro sin dueño que
indaga en las calles de alguna ciudad la identidad de los vecinos, los cobijos
posibles, la aventura de vivir como un perro sarnoso. También éste será el
tiempo de las mascotas abandonadas, las mismas que acariciábamos en Navidad y
que crecieron sin preguntarnos si queríamos que crecieran y si nos importaba que
crecieran. Son estos meses de mayo y junio un tiempo de reflexión, en el que la
cerveza fría nos empuja a vagar por las calles como los perros que abandonamos
en la espera de hacer más soportable las noches calientes, los sueños volátiles,
la vida misma.
Es hora ahora de abrir un libro y descubrir en sus
páginas todas las vidas que intencionadamente ignoramos, las historias que nos
conducen inevitablemente a nuestra propia historia. Leo a Murakami y veo los 20
años de Toru Watanabe pero también mis 20 años de entonces, unos años después de
que el escritor japonés escribiera la historia, la suya y un poco también la
nuestra. No es una obra perfecta pero te deja llevar por sus páginas sin darte
cuenta de que en el fondo te está metiendo en las páginas de tu propia vida. Y
de golpe alzas los ojos y sólo ves el mar de Estepona, solo de turistas y gris,
pero con la sensación emergente de que no has consumido todas las páginas del
libro que no has escrito o no quieres escribir, pero que descubres en una
historia ajena como ésta.
Llega ahora un tiempo que es como un libro que has
ignorado en su estante hasta que ahora te lo tropiezas de golpe y lo abres, y en
sus páginas ves el mar de todos los veranos, el paisaje de una juventud que se
desarrolló en el mismo mar que ahora miras desde la ventana como quien mira
parte de su vida tendida en un día nublado y gris de mayo como mero anticipo del
tiempo venidero.
Vuelves del viaje sabiendo que sólo es un tramo de
otro viaje emprendido con anterioridad, un segmento de una medida superior, una
hora cualquiera de cualquier día como éste en el que has mirado tu vida en la
vida que te muestra otro libro, y ya sólo cuentas las horas de un verano
anticipado que te obliga a esbozar itinerarios y a dibujar paisajes posibles
mientras cierras la ventana y dejas atrás toda la costa gaditana y esperas, como
hacemos cada día durante tantos días, mientras nada sucede.
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