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De él conocemos las iniciales de su nombre y sus
dos apellidos: A. L. S. Sabemos también que tenía 63 años y que era escayolista
prejubilado. Lo más grave es que también sabemos que murió el 23 de septiembre
de 2004 en la Fundación Hospital Alcorcón (Madrid). También se sabe ahora con
precisión que este hombre acudió tres veces al servicio de urgencias del centro
en sus dos últimas semanas de vida. Según se ha sabido estos días, tenía
problemas para orinar y había perdido tanta fuerza en las piernas que ya no se
podía sostener. Lo que no sabemos es cómo eran sus andares, si su mirada estaba
perdida como consecuencia de esta dolencia, si podía expresarse con perfección a
la hora de contar sus males. El caso es que los médicos no vieron en el enfermo
ninguna dolencia y optaron por ingresarle en psiquiatría ante la sospecha de que
sufriera un trastorno mental y estuviera somatizando una enfermedad que sólo
podía existir en su cabeza.
Los errores son humanos, por supuesto, y
cualquiera puede incurrir en uno nada más dar la vuelta en la esquina más
próxima. No sabemos cómo serían los lamentos de este hombre para que los médicos
pudieran confundir un tumor en el riñón con un desequilibrio mental. Es cierto
que la gravedad de algunas enfermedades nos puede llevar a ver alucinaciones, a
inventar situaciones supuestas, a soñar sueños inexistentes o a inventar falsas
vivencias. Posiblemente el dolor perturbe tanto la actitud del enfermo que la
mejor solución sea encerrarlo en un psiquiátrico para acabar de una vez con
todas con sus dolores de cabeza aunque sea un tumor en el riñón la causa de sus
delirios.
La familia, no satisfecha con el diagnóstico
médico, pidió que le practicaran la autopsia y ésta reveló que A. L. S. tenía un
tumor de 800 gramos en el riñón. Para colmo, el tumor no era maligno, pero llegó
a crecer de tal forma que le provocó la muerte. Los datos son fríos y dejan a
cualquiera helado: el peso de un riñón sano oscila entre los 135 y los 180
gramos. Al parecer, hubiese bastado con una ecografía para detectar el tumor.
Pero ante los “síntomas inespecíficos del paciente”, los sanitarios optaron,
antes de estudiar más a fondo las causas, remitir al paciente a psiquiatría.
Nadie duda de que en este mundo de hoy todos
andamos un poco locos y que a algunos incluso se les ha desprendido más de una
turca que no ha sido sustituida, pero cuesta entender cómo a un ser humano le
diagnostican que está como una cabra cuando no puede orinar ni moverse, cuando
sus familiares en ningún momento declararon que el enfermo estaba de atar, sino
más bien de intervenir en el quirófano. Tienen estos errores el presagio de la
fatalidad, la consumación del despropósito.
En esta historia de locos los psiquiatras tampoco
escapan en sus despropósitos. Al parecer, concluyeron que el enfermo padecía un
“trastorno somatomorfo”, es decir, que sus males no tenían un origen físico, y
como consecuencia consideraron que era su mente la que los estaba creando. No
sólo eso. Además, observaron en el enfermo “rasgos paranoides”, por lo que le
remitieron a los Servicios de Salud Mental. A los seis días de abandonar el
hospital, volvió a él no para ser ingresado en la unidad de Salud Mental, sino
para morir como consecuencia de un tumor en el riñón. Ahora la Comunidad de
Madrid ha admitido el error y ha indemnizado a la viuda con 102.482 euros.
Ya decía el adagio popular que no hay que
confundir la cabeza con el riñón, ni lo evidente con lo virtual, ni el dolor
físico con la enajenación mental, ni la imposibilidad de mear con la cordura. La
vida adopta a veces la estructura de un relato incongruente, el final absurdo de
un drama que aparentaba ser comedia. Todos podemos incurrir en el error, pero
hay errores de bulto y riñones de un tamaño desproporcionado que alcanzan un
tamaño de 800 gramos y que pueden conducir a la locura. Tiene a veces la vida un
final trágico sin explicación posible, y acaso ésa sea la peor de todas las
conclusiones: saber que el absurdo también mata, que el puro azar te condena a
morir de una causa que la propia naturaleza había descarado en un principio.
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