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La caída de José Bono como ministro de Defensa ha
precipitado el relevo del jefe del Estado Mayor del Ejército, José Antonio
García González, y el nombramiento del general Carlos Villar para ese cargo.
Con esta medida, el Gobierno pretende reforzar la disciplina en el Ejército tras
el controvertido episodio que protagonizó el general José Mena con motivo de la
celebración de la Pascua Militar, momento que aprovechó para censurar la reforma
del Estatuto catalán. La medida no sólo ha sido acertada, sino tardía, porque
estos mandos que el Gobierno de Aznar alzó a la cúpula militar no supieron
prescindir de una ideología trasnochada que en nada concuerda con un país que ha
dicho clara, rotundamente y en muchas ocasiones hacia dónde quiere ir. Era ésta
la última medida que el Gobierno había de adoptar para que olvidemos de una vez
la anterior legislatura que a todos nos ha hecho recordar un pasado que ya
creíamos extinguido para siempre del mapa político español.
Obviamente, esta decisión llevaba aparejada otra tan
importante como la anterior, como era la destitución del teniente general del
Ejército del Aire Carlos Gómez Arruche como director general de la Guardia Civil
y el nombramiento de Joan Mesquida Ferrando. De nuevo, un civil está frente del
instituto armado, un nombramiento que la Asociación Unificada de Guardias
Civiles (AUGC) ha valorado como una buena noticia y que considera como un primer
paso imprescindible para restablecer la normalidad en la Dirección General de
este cuerpo. El hecho de que un civil haya vuelto a la jefatura de la Guardia
Civil ha sido valorado positivamente en distintos sectores sociales, incluso en
los medios de comunicación. El diario El País, no obstante, en un
editorial titulado Relevo en la Guardia
Civil, señala que este hecho ya no es relevante
por sí mismo. Pero este diario se equivoca, porque los símbolos, cuando los
cambios sociales están en marcha, contienen más significado del que podemos
observar desde afuera, tanto más, como este mismo diarios dice, cuanto que el
nombramiento de Gómez Arruche no contaba con la confianza del ministro del
Interior e incluso dentro del propio cuerpo era visto por algunos sectores “como
un infiltrado del Ejército, escasamente proclive a asumir las reivindicaciones a
favor de legalizar el derecho de asociación”. Por supuesto que así era y, en
consecuencia, su destitución era un clamor en el cuerpo y un cambio previsible y
anunciado.
Es lamentable que a estas alturas todavía algunos medios de
comunicación se nieguen a ver la realidad que vive la Guardia Civil. El propio
diario El País, durante muchos años, ha cerrado sus ojos y sus páginas a
una realidad que se hacía evidente. La evidencia hoy ha podido a la visión
parcial de algunos medios de contar sólo un trozo de la realidad, de no ver más
allá de donde le señalan sus propios dedos. Es un riesgo que un diario como éste
no debe correr más, porque las nuevas tecnologías llevan al ciudadano a
informarse con otras herramientas, ciertamente más torpes e incluso menos
fiables, pero donde hurgando podemos tropezarnos con momentos inéditos de
nuestras propias vidas.
La realidad de este instituto armado se dejó sentir el
pasado día 22 de abril en una manifestación en Madrid en la que varios miles de
guardias civiles volvieron a reivindicar la desmilitarización del cuerpo, la
modificación del Régimen Disciplinario, la regulación de un nuevo Estatuto
laboral y profesional y la homologación retributiva, estatutaria y profesional
con el resto de los cuerpos policiales. En esta manifestación, los guardias
civiles hicieron públicos algunos significativos: 17.000 guardias han sufrido
baja laboral por depresión, 400 han visto la cárcel también por motivos
laborales y el número de suicidios en el seno del instituto es alarmante.
Muchas de las
reivindicaciones antes señaladas, totalmente razonables y no desde ahora, ya las
incluyó el PSOE en su programa electoral pero hasta la fecha han quedado nada
más que en el anuncio y la promesa. Fuentes próximas a La Moncloa me dicen que
el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, quiere cumplir íntegro
su programa electoral. Haría bien y haría mejor, de una vez por todas, en
resolver la crisis interna que atraviesa la Guardia Civil desde que en este país
inauguramos la transición democrática. No se trata sólo de cumplir un programa
electoral, sino de asumir una responsabilidad que se debe materializar desde la
izquierda si queremos que este país, de una puñetera vez, cierre el aldabón de
la transición de manera definitiva. A algunos nos quedan tan pocas dudas que
volver a recordarlo resulta cansino, pero también necesario. Y no sé por qué,
pero adivino que esta vez el cambio es posible y real. Será que lo he vivido tan
de cerca durante tantos años que uno aprende que las injusticias, por muy
estereotipadas que nos las muestren y por muy arraigadas que estén en las
instituciones, nunca habitan en nosotros para siempre. Al tiempo.
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