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Leo en la prensa que la
oficina de la UNICEF en Irán está enviando alrededor de 10.000 mantas y 300
tiendas de refugio a la provincia de Lorestan para proporcionar ayuda
humanitaria inmediata a los niños y familias afectadas por los recientes
terremotos en Irán. Hace unos días, y cada vez con más frecuencia, los
informativos televisados mostraban imágenes inquietantes sobre el hambre que
sufrían los niños en algún país africano. Da igual el país. Los ejemplos podrían
ser muchos y clamorosos. Veo las imágenes, como las vemos todos, a la hora de
comer o ya con una copa en la mano, y pienso, y pensamos, cómo es posible que a
estas alturas tantos niños en tantos lugares del mundo puedan morir por
inanición.
Ayer domingo, día 16 de
abril, mientras celebrábamos el Domingo de Resurrección alguien posiblemente
también celebró el día mundial contra la esclavitud infantil. Hace once años
murió asesinado Iqbal Maíz, un niño católico que luchó contra las mafias de la
esclavitud en Pakistán y que hoy es un símbolo de esta lucha contra una
situación tan injusta y deplorable. Sabemos de modo reiterativo que muchas
multinacionales fundan sus beneficios en la precariedad laboral utilizando a los
niños como trabajadores y esclavos, niños con 6 ó 7 años que se ven forzados a
trabajar con un horario superior al de las ocho horas diarias por el que nos
regimos en nuestro país y su entorno democrático.
Pero todas estas cifras
macroeconómicas, todas imágenes tan repetidas y conocidas que en nada nos son
ajenas, pero que definitivamente no están al alcance de nuestros ojos cuando
cruzamos la calle, nos llevan a desentendernos del problema, como si en nuestro
país todo fuera una bañera llena de espuma. Cuenta David Trueba que le escriben
mujeres contándole sus pavorosas experiencias profesionales. Una madre que
oculta que lo es en su empresa para no perder el trabajo. Otra que tuvo
responder en una entrevista laboral si entraba en sus planes de futuro tener
hijos. Una madre de un hijo con retraso cerebral que le contaba su odisea para
cuidar de él sola sin entregarlo a la custodia estatal. O una joven a la que
habían despedido de la Televisión Educativa
dependiente del Ministerio por pretender adecuar
su horario para dar de mamar a su recién nacido. Por no hablar de las múltiples
historias que todos hemos escuchado o que conocemos por vecinos o familiares de
padres y madres que no ven a sus hijos más que para acostarlos con un beso de
buenas noches y levantarlos para encerrarlos en el colegio o la guardería.
Pero hace sólo unos días leo
un titular que me causa estupor: “Un niño de dos años pierde dos dedos por el
supuesto maltrato de la madre”. La madre, Pilar F. A., de 32 años, fue detenida
en Sabadell por un presunto delito de “negligencia en sus obligaciones
familiares con resultado de lesiones”. El hijo, de 28 meses, presentaba
importantes quemaduras en la mano izquierda. Al parecer el deterioro de la
herida era tan grave que los médicos no tuvieron otra opción que amputarle dos
dedos. Pero, lamentablemente, no es el único caso. Hace poco más de un mes la
niña Alba, vecina de la localidad barcelonesa de Montcada i Reixac, fue
ingresada en la unidad de cuidados intensivos del hospital de Vall d’Hebron, en
Barcelona, por los malos tratos recibidos por sus progenitores. Hace algo más de
dos semanas se dio otro caso también en Montcada, cuando los médicos de este
mismo hospital detectaron restos de cocaína en la orina de un niño de un mes y
medio.
Hablamos sólo de las noticias
más recientes y de aquellas noticias que se publican en los medios de
comunicación, pero el maltrato a los menores es un hábito, desgraciadamente,
demasiado arraigado aún en nuestro país. Por supuesto, siempre hablamos de casos
excepcionales, que obviamente no se repiten en la mayoría de las familias
españolas, pero que pese a todo son ejemplos puntuales y reiterativos que se
hace necesario eliminar de nuestra vida diaria.
Susana Ramos cuenta en su
libro Mariposas cómo vivió el proceso de adopción de un niño ruso, las
secuelas que le dejaron el maltrato y el abandono, cómo bebía agua de los
charcos y desmantelaba las papeleras públicas buscando alimentos. Me contó que
un día Iván cogió una lagartija viva y se la comió ante la estupefacción de la
familia. Unos años después el niño ha cambiado, ha olvidado sus primeros años de
niño vagabundo, ha encontrado en sus padres adoptivos un nuevo modo vida que le
ha hecho olvidar la infancia truncada del ayer. Iván ha encontrado una vida,
pero muchos otros niños, aquí y allá, viven esclavizados a nuestros intereses y
a nuestro olvido. Pero a nadie sorprende lo que escribo, porque ya lo sabíamos y
porque, de algún modo, todos lo hemos vivido. Recuerdo ahora la canción de
Maná en la que se preguntaban dónde jugarán los niños. En algún lugar del
mundo, habrá que añadir a esta letra dónde jugarán los niños y si quieren jugar
después de haber trabajado doce horas diarias y si también pueden hacerlo con
dos dedos de la mano amputados.
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