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 EL RUIDO Y LAS NUECES

Adiós a esta triste historia de la infamia

 ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

 (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)

lopezhidalgo@us.es

 

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

El anuncio del alto el fuego permanente hecho público por ETA ha levantado en nuestro país todo tipo de reacciones, pero me niego a pensar que la mayoría de los españoles no hayan visto este anuncio como el principio del fin de un conflicto que debería haberse resuelto hace ya años. Estamos ya cansados de coches bomba, de tiros en la sien, de asesinatos indiscriminados de gente inocente. No me cabe en la cabeza que haya una sola persona que no haya vislumbrado un halo de luz en este comunicado de la banda terrorista. Quiero pensar que la paz es posible, aunque el camino que ahora se inicia sea largo y pedregoso, como también lo fue la transición democrática. En el País Vasco hay una alegría contenida que hace posible la sospecha de que aquí podemos vivir sin el ruido de las armas o las bombas.

 

Pero, como ha dicho Rodríguez Zapatero, es imprescindible para ello el apoyo de todas las fuerzas políticas, sobre todo la colaboración sin condiciones del Partido Popular. Si el presidente del Gobierno logra abrir el proceso de paz en el País Vasco, habrá logrado su mayor triunfo en esta legislatura y, sobre todo, habrá logrado salvar la legislatura. Y es aquí precisamente donde Rajoy mira con duda el escenario y mide tirando y aflojando la soga del diálogo. Pero al final no debe equivocarse, porque en este barco cabemos todos, vamos todos, y si naufraga, todos beberemos agua salada.

 

Con este alto el fuego, ETA evoca lo que fuera la declaración del IRA en 1994. Después de cuarenta años de atentados indiscriminados, esta historia de la infamia se ha cobrado más de 800 muertos. Cifra a la que habrá que sumar la extorsión económica a empresarios, el vandalismo callejero, la kale borroka, el miedo que hemos mamado día tras día después de cada explosión o disparo o amenaza. Porque las palabras, de alguna manera, también matan.

 

Ahora, después de este tiempo de violencia, tres años sin víctimas mortales hacen pensar a las fuerzas políticas y nos hacen pensar a los ciudadanos que la paz es posible. Difícil, claro está. Pero sobre todo posible. Un día habrá que hablar de la entrega de las armas, habrá que hablar de los presos, habrá que hablar de reinserción, hablar que hablar del dolor de las víctimas y habrá que hablar de las propias víctimas. Pero habrá que hablar también y sobre todo para que callen las armas. Habrá que hablar para que no doblen las campanas.

 

Nadie sabe ahora si la atrocidad que supusieron los atentados del 11-M llevó a ETA a plantearse de modo efectivo el diálogo y el cese del alto el fuego permanente. Acaso la banda terrorista vio en esa magnitud de despropósitos un dolor inmenso nunca imaginado. Felipe González, José María Aznar y ahora Rodríguez Zapatero recibieron mensajes de ETA, pero nunca como ahora podemos dibujar el final del túnel. Aún no hemos empezado a andar el camino, y podemos apostar que será un largo y curvo camino. Pero posiblemente por primera vez una buena parte de los ciudadanos queremos cambiar la historia más reciente de nuestro país, queremos acabar de una vez por todas con esta triste historia de la infamia.

 

Yoyes, Buesa, Hipercor, Carrero Blanco, etcétera. Un largo etcétera. Nombres que nos recuerdan años y atentados con víctimas. Atentados celebrados por fuerzas políticas entonces clandestinas como el de Carrero Blanco cuando la dictadura hundía sus pies de barro en el mismo fango. Atentados horribles e inútiles como el de Miguel Ángel Blanco, una tarde de un domingo cualquiera que mejor será olvidar para siempre, para que el recuerdo no nos envenene la sangre ni la saliva para poder hablar sin que la bilis no se nos quede colgando como si estuviéramos moqueando inevitablemente.

 

Ahora, viendo a los tres encapuchados haciendo público el comunicado del alto el fuego permanente, queremos pensar que cualquier día diremos adiós a las máscaras, porque nadie tendrá miedo de llevar el rostro descubierto y erguido, porque nadie tendrá razones oscuras para esconder su mirada ni distorsionar su voz, porque nadie tendrá vergüenza de mostrar sus ojos y nadie mirará con miedo los ojos que tiene enfrente, porque en ellos no habrá amenazas. Por eso hay que decir adiós a esta triste historia de la infamia.


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