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Estos días de lluvias estremecedoras, de tormentas
inoportunas, de noches precipitadas sobre un día inacabado, nunca vivido,
escondido bajo las nubes espesas de una pesadilla anacrónica dibujan un mes de
marzo estéril. Tenían que haber llegado los días primaverales con un sol
sofocante anunciando un verano anticipado, días sin límites, extensos en sus
horas solares como un cumpleaños feliz. Tiene este mes de marzo un clima
impropio, un botellón que los jóvenes no pudieron vivir. Tiene este mes marzo un
halo de ceremonia de interrumpida, de boda imposible, de viaje con naufragio y
sin retorno.
No es posible salir a la calle sabiendo que el día
te será advenedizo. Tienen estos días húmedos la posibilidad de inducirte a la
lectura, a la copa de coñac, a la conversación aplazada, pero tampoco es
posible. Porque no son días de invierno ni de primavera, porque es un tiempo de
nadie y para nadie, es un tiempo de tránsito, una estación de ferrocarril sin
parada programada. No es posible la queja, ni el cambio de billete, ni optar por
otro vuelo que te olvide en una isla paradisíaca. Ya no hay oportunidad de mirar
atrás, ni de deshacer el equipaje, porque los inquilinos del lugar requieren de
tu presencia, de tus posibilidades, de tu versión sesgada de la vida, de tu
mirada perdida. No te darán la oportunidad de que cojas la maleta y te pierdas
por el mismo camino por el que llegaste. Porque la maleta la han escondido.
Porque de aquí no parte ningún tren, ni hay estación de ferrocarril, ni hay
direcciones hacia ninguna parte.
Aquí estamos todos porque hemos venido, estamos
sentados a la mesa, sin hambre, preguntando el precio del menú, la hora de la
cena, sentados siempre a la espera, sin tener a quien esperar ni esperar nada de
nadie. Estamos aquí mirándonos frente a frente, pensando qué ocurrió hace ahora
dos años, pensando si hemos olvidado el pasado, si hemos olvidado el olor de la
muerte, del humo, de la carne achicharrada, el sonido de los móviles que suenan
en la mano de un cadáver. Ahora sabemos que todos veníamos en este tren, en el
otro, en aquel otro también, que cuando las mochilas estallaron comenzamos a
morir todos un poco más, sin saber por qué, sobre todo porque algunos murieron
del todo sin saberlo, sin quererlo, sin intuirlo.
Dos años después el mes de marzo nos ha traído
otro frío, otra lluvia, que no eran los de entonces. Poco ha llovido desde
entonces, poco ha llovido para que podamos archivar los recuerdos como si fueran
una estatuilla de porcelana. Cuántas personas desde entonces no sabrán que este
mes de marzo es inhóspito, que los días son cortos y las noches imposibles. Que
la memoria no se la moldea con un martillo ni con un poema ni con el propio
olvido.
No me quiero levantar todavía de este banco frío
que la lluvia moja con rabia, no quiero cruzar esa calle sin destino, no quiero
andar el mismo camino que me lleva a un 11 de marzo que ahora recordamos
divididos, justificando lo injustificable, prueba inequívoca de que el último
tren todavía no ha atravesado nuestras vidas como un huracán imprevisto,
inducido, probable.
Ahora llueve. Cuando escampe, la vida enderezará
el rumbo perdido, como si el pasado sólo fuera una mueca sin rostro.
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